El día 22 de abril, hacia las 5 de la tarde, escuché, con atención y emoción crecientes, uno de los más impresionantes discursos políticos que recuerdo (los prodigios de la red permiten cosas como ésta).
Soy seguidor perpetuo, desde hace más de medio siglo, de las circunvoluciones menudo impenetrables de la política italiana, desde el tiempo de Fanfani, Moro, Berlinguer o Andreotti, hasta Alessandra Mussolini o los lamentables -por razones diversas- líderes actuales, Berlusconi, Bersani, Bossi, o el muy peligroso Beppe Grillo (del que quizá hablaré algún día: seguramente, cada democracia tiene los enemigos que se merece), y he seguido atentamente, por tanto, las peripecias de las últimas semanas y meses.
Que, de momento, han concluido con la reelección de este señor venerable y dignísimo que, ya cerca de los noventa años, ha tenido que cargar, penosamente, con los efectos de la ineptitud de los demás. Seguí, pues, el discurso que pronunció en Montecitorio, después del juramento, y lo leí al día siguiente transcrito en La Repubblica y el Corriere della Sera. Escuchado, con aquella voz firme y clarísima en un hombre de tantos años, era un discurso emocionante. Leído, es un discurso lleno de verdad, de justicia y de razón. Aquí tienen una muestra, en traducción improvisada. Afirma el presidente, sin rodeos: “Todo lo que ha pasado aquí los días anteriores ha representado el punto de llegada de una larga serie de omisiones, de mal funcionamiento, de cierres y de irresponsabilidades”.
Propongo una rápida síntesis, una reseña sumaria. En los últimos años, no se han dado soluciones satisfactorias a las exigencias fundamentadas y a las demandas severas de reforma de las instituciones y de renovación de la política y de los partidos -que se han combinado con una aguda crisis financiera, con una pesada recesión y con un creciente malestar social-: han acabado prevaleciendo las posiciones contrapuestas, las lentitudes y las dudas sobre las soluciones a aplicar, los cálculos de conveniencia, los tacticismos y las instrumentalizaciones. Es esto lo que ha condenado a la esterilidad o a salidas minimalistas a los enfrentamientos entre las fuerzas políticas y a los debates en el Parlamento.
Aquel poco de corrección o de innovación que se conseguía introducir en el sentido de la reducción de los costes de la política, de la transparencia y de la moralidad en la vida pública ha sido, por tanto, fácilmente ignorado o infravalorado y la insatisfacción y la protesta hacia la política, los partidos y el Parlamento, han sido (con facilidad, pero también con mucha ligereza) alimentadas y agigantados por campañas de opinión demoledoras, por representaciones unilaterales e indiscriminadas en sentido destructivo del mundo de los políticos, de las organizaciones y de las instituciones en que se mueven.
Atención: “esta última advertencia que he sentido que debía expresar no debe inducir a ninguna autoindulgencia, no digo ya a los corresponsables de la difusión de la corrupción en las diferentes esferas de la política y de la administración, sino tampoco a los responsables de tanta nulidad efectiva en el campo de las reformas”. Ningún político europeo con un cargo tan alto como el de un jefe de Estado había dicho, hace muchos años, palabras como éstas. Y continúa, ahora dirigiéndose a los seguidores de Grillo y de las “5 Estrellas”: “Aprecio el esfuerzo con que el movimiento ampliamente premiado por el cuerpo electoral como nuevo actor político-parlamentario ha mostrado que se quería implicar en la Cámara de Diputados y en el Senado, ganando allí el peso y la influencia que le corresponde: este es el camino de una dialéctica democrática fecunda, aunque áspera, y no el camino aventurero y desviado de la contraposición entre la plaza pública y el Parlamento.
Por otra parte, tampoco se puede mantener y dar fruto una contraposición entre la red y aquellas formas de organización política que históricamente, y desde mucho más de un siglo y en todas partes, son los partidos. La red proporciona accesos preciosos en la política, posibilidades individuales de expresión y de intervención política, y también estímulos a la agregación y a la manifestación de consensos o disensos. Pero no hay representación realmente democrática y eficaz para la formación de las decisiones públicas sin la mediación de partidos capaces de renovarse o de movimientos políticos organizados, todos los cuales, y en todo caso, vinculados por el imperativo constitucional del ‘método democrático’.”.
Como aquí no tengo espacio para hacerlo, el lector sacará muy fácilmente sus conclusiones y aplicaciones. En cuanto a nuestros dirigentes políticos, incluidos los aspirantes a líderes carismáticos, estoy seguro de que este discurso les interesa poco: a unos, la primera parte; a otros, la segunda.







