El debate sobre los diez millones, o el miedo a pensarnos libremente

Oriol Junqueras proclamó ayer en una entrevista en el diario ‘La Vanguardia’ que en Cataluña no cabemos diez millones de personas. El titular me llamó la atención –francamente, me sorprendió mucho– porque creo que es revelador de un problema mucho más profundo que cualquier debate demográfico. Creo que es un indicador preocupante que hemos perdido la capacidad de imaginar el país que podríamos ser, de imaginarlo sin corsés; lo que desde el independentismo hicimos abiertamente en la década pasada.

Y digo esto porque cuando aceptamos discutir “cuánta gente cabe” –como si Cataluña fuera un contenedor mecánico con una capacidad fija establecida–, ya hemos capitulado respecto al derecho de pensar en el futuro. Un dato es suficiente para demostrar lo absurdo del debate: Baden-Württemberg –que Jordi Pujol ponía como ejemplo a seguir, en una época en la que no nos daba miedo pensar– con sólo un 10% más de territorio que el Principado, acoge once millones de habitantes, es el principal motor económico del país, tiene un PIB ‘per cápita’ muy superior al del resto de Alemania, la segunda tasa de paro más baja y en algunas de sus ciudades la mayor calidad de vida de Europa. La diferencia no es el espacio –los kilómetros cuadrados. La diferencia es si tenemos o no la capacidad, la soberanía, para planificar lo que queremos ser y somos capaces de hacerlo.

La extrema derecha –el mismo domingo Vox colgaba pancartas en catalán por Girona hablando de pretendidas invasiones– impone a nuestra sociedad un marco de saturación, colapso y crisis demográfica que poca gente se atreve a discutir. Y es muy triste y preocupante constatar que los demócratas, en lugar de cuestionarnos este marco y desvelar cuáles son sus intereses ocultos, nos metemos de lleno a debatir con sus consignas y parámetros. Es como si los holandeses, en vez de construir ‘pólders’ y nuevas ciudades, hubieran aceptado resignadamente que “no cabían” en su territorio original y se hubiesen autolimitado ya de entrada, sin discutir nada. Sólo porque alguien se lo dice.

Si esta tendencia continúa y no rectificamos a tiempo, hay que ser conscientes de que estaremos frente a una autocastración intelectual que temo que tendrá consecuencias nefastas. Porque si asumimos que el Principado debe ser eternamente lo que el Estado español ha decidido que sea –una región mal conectada, con infraestructuras deficientes, con una concentración absurda en Barcelona, volcada al turismo y la economía de la precariedad–, no sólo renunciamos a cualquier forma de planificación territorial, sino que renunciamos a la posibilidad misma de pensarnos como país.

No nos engañemos: tras esta obsesión sobre cuánta gente cabe en Cataluña lo que se esconde es la renuncia a imaginar qué haríamos con ella, qué haremos con la independencia, una vez seamos independientes. Y la constatación es muy dolorosa: parece que hemos interiorizado tanto nuestra subordinación que incluso cuando podemos imaginar el futuro –cuánta gente cabría en nuestro país, por ejemplo– va y resulta que lo hacemos dentro de los límites que nos han impuesto desde fuera.

En este debate, como en cualquier otro que haga referencia al futuro de nuestra nación, la verdadera cobardía –estoy muy convencido de eso– es no atrevernos a pensar qué podríamos hacer si tuviésemos las herramientas para ello. El punto lamentable es aceptar, sin siquiera discusión, que nuestro destino será para siempre el de una autonomía intrascendente, encerrada en la obsesión de discutir eternamente problemas mal planteados mientras aparcamos o disimulamos que el problema real –el único y verdadero problema real que tiene este país– es la incapacidad de decidir.

El debate sustancial –y, en mi opinión, el más necesario– es si tenemos o no tenemos el valor intelectual de imaginar unos Països Catalans que no se preguntan cuánta gente cabe, sino que se preguntan qué hacer para que viva bien toda la gente que vive en ellos. Porque mientras no superemos ese miedo de pensar a lo grande, de pensarnos a lo grande, seguiremos siendo prisioneros de un marco mental que nos condena a la irrelevancia.

Los Países Bajos han demostrado que con una red ferroviaria que convierte el territorio en una sola ciudad distribuida puedes vivir a 60 kilómetros del trabajo y llegar en 30 minutos. Y que esto descomprime a las ciudades, equilibra el territorio, mantiene los pulmones verdes, reduce los precios de la vivienda y mejora la calidad de vida. Flandes –que, con menos de la mitad del territorio del Principado, tiene 6,5 millones de habitantes y una economía vibrante– mantiene al neerlandés como lengua hegemónica pese a contar con cerca de un 30% de la población proveniente de la inmigración reciente. El Västra Götaland sueco, el gran Manchester inglés y el Tirol austríaco nos han enseñado que se puede crecer rápida y ordenadamente sin romper el equilibrio y la cohesión. Y la pregunta entonces es ¿cómo es que no hay nadie interesado en estudiar estos ejemplos y mirar si podemos aprender? ¿Por qué aceptamos que desde un extremo del arco político nos secuestran el país y nos ponen a todos con los ojos mirando a medio centímetro de la pared?

Lo resumiré en una sola frase, que sé que es algo lapidaria: la primera independencia que necesitamos es la del pensamiento, la de pensarnos nosotros mismos sin condicionantes, miedos, ni corsés. Porque sin esta libertad, todas las demás –todas las que necesitamos– serán simplemente imposibles.

VILAWEB