¿Nos sentimos orgullosos de ser catalanes? Ahora mismo, en plena euforia autonomista, ¿nos sentimos más o menos que cuando íbamos de cara a la independencia? Por otra parte, si tuviéramos la alternativa, ¿nos quedaríamos a vivir en los Països Catalans, o huiríamos de ellos? ¿Y quién es el que preferiría marcharse teniendo en cuenta la edad, el sexo y el lugar de nacimiento? No lo sabemos. Las encuestas de las que disponemos no nos lo dicen.
En cambio, sí sé cuál es la realidad estadounidense. Soy seguidor atento de los datos que suele publicar el servicio USAFacts (https://usafacts.org/) que provee de información objetiva sobre la realidad de ese país y su administración pública. Su objetivo es hacer más accesibles y comprensibles los datos gubernamentales y a fe de dios que lo consigue. Y también sigo con atención los datos de opinión que publica regularmente Gallup (https://news.gallup.com/home.aspx). Y es de esa segunda fuente de donde tengo respuestas para el caso estadounidense.
Y los datos son impresionantes. Si en 2001, con G.W. Bush de presidente, había un 91 por ciento de estadounidenses que se sentían orgullosos de serlo, este 2025, con D. Trump, la cifra ha descendido hasta el 58 por ciento. Un tercio menos. Y agarrémonos: un 40 por ciento de las mujeres por debajo de los 45 años querrían marcharse de Estados Unidos de forma permanente. Los hombres, la mitad, un 19%. Podríamos entrar en más detalles, pero no es el caso. No pretendo hablar de aquella sociedad tan compleja y al mismo tiempo admirable, sino hacerme preguntas, a falta de respuestas, sobre nuestra sociedad.
Y es que las dos cuestiones que he mencionado, con otras muchas que se podrían hacer, nos dirían cosas muy relevantes de nuestro país. Hablo de la fortaleza del vínculo social y del sentimiento de pertenencia. Y la respuesta a este tipo de preguntas nos explicarían mejor cosas como el porqué de las ahora asombrosas expectativas electorales de los partidos. O también por qué la lengua catalana ha dejado de ser, para una mayoría de la población, un elemento positivo de identificación social. Hasta el punto de un abandono de la lengua no sólo entre la cifra de población inmigrada a la que le puede ser indiferente, sino también entre muchos hijos de familias catalanoparlantes que, fuera de casa, se pasan sistemáticamente al español como lengua habitual.
Entonces, ¿nos sentimos orgullosos de ser catalanes? Sabíamos que uno de los elementos más nocivos para la fortaleza de nuestra nación es el sentimiento de autoodio. Un autoodio que, como es lógico, los aparatos del Estado español no paran de alimentar y premiar, incluso cuando llevan el nombre de diarios hechos aquí, y es elogiado por instituciones tan propias como la presidencia del govern de la Generalitat. Últimamente lo hemos visto en el premio ‘Català de l’Any’ (Javier Cercas). El autoodio lleva a muchos catalanes a sentir vergüenza de serlo, o a pedir disculpas al sentirse acomplejadamente provincianos. Un alto cargo del Ayuntamiento de Barcelona lo decía hace poco así de claro, considerando provinciano querer traducirlo todo –¡traducir!– al catalán. De modo que sería de una gran utilidad saber dónde están las actuales razones del autoodio, quién está más expuesto al mismo, y cómo esto acaba haciendo perder el orgullo de pertenecer a nuestra nación.
Pero si una cosa es un sentimiento como el de pertenencia, ¿qué se puede decir de las ganas de huir del país de forma definitiva? Suele lamentarse mucho la pérdida del talento científico y artístico. Pero los que se marchan, ¿también lo lamentan?, ¿o lo hacen decididamente porque ya no confían en el futuro del propio país? Es lógico que si más adelante tienen el riesgo de perder el trabajo que han buscado en el extranjero, traten de volver. Pero qué hacen de forma más forzada: ¿al haber marchado o el tener que volver? Y, en un país como el nuestro, con unas tasas de inmigración extranjera y española tan altas, ¿qué responderían la mayoría de mujeres menores de 45 años? ¿que quieren irse de forma permanente?, ¿o que tienen ganas de arraigar aquí, ellas y sus hijos? Una vez más, estas respuestas podrían ayudar a comprender algunos fenómenos que a algunos nos pueden parecer inexplicables a primera vista y de forma intuitiva, pero que tienen su fundamento en esta pérdida del vínculo nacional.
Sin poder cuantificarlo, es obvio que nuestra nación a medio hacer, ahora mismo, no tiene la capacidad de atraer que había tenido incluso en tiempos más adversos. Y, aunque sea una intuición, dudo que un proyecto de sumisión autonomista como el actual pueda sacarnos del pozo cuando, precisamente, lo que pretende es acabar de hundirnos en él.
EL PUNT-AVUI










