En los años ochenta leí un libro inencontrable: las Memorias de Víctor Serge, seudónimo de Víctor Lvòvitx Kibàltxitx (1890-1947), traducidas al castellano y editadas en 1973 en México (“Memorias de un revolucionario”). ¿Cómo era posible que una obra de esta envergadura fuera casi desconocida entre nosotros, incluso entre quienes veníamos de las catacumbas insurgentes y estábamos al tanto de tantas otras cosas interesantes que nos habían escamoteado? La razón: Víctor Serge no había sido secuestrado sólo por el franquismo, sino también por el estalinismo y por todos los que habían supeditado su conciencia al canon del comunismo gobernante. Todo ello había hecho de Víctor Serge un desconocido y un apestado, como había sucedido también con sus amigos catalanes del POUM.
De hecho, la redención de los poumistas no tuvo lugar hasta 1992, con el estreno de la magnífica Operación Nikolai, de Dolors Genovés, producida por TV3, donde se ponía en claro el secuestro y asesinato de Andreu Nin a manos de la NKVD soviética, amparada en la campaña infamante de los comunistas sumisos. Contribuiría también, pronto, la película Tierra y libertad, de Ken Loach (1995), sobre la 29 División del frente de Aragón, formada por el POUM, encabezada por Josep Rovira, en la que había formado George Orwell y que sería disuelta sin contemplaciones. Recuerdo la emoción con que los viejos poumistas (muchos de ellos incorporados al proceso de unidad del socialismo catalán) vivieron el final definitivo de la calumnia. Recuerdo la satisfacción serena de María Manonelles (viuda de Josep Rovira), los ojos azules y brillantes de Manuel Alberich y el entusiasmo exultante de Wilebaldo Solano, que viajaría a varias universidades europeas y recibiría un vibrante reconocimiento retrospectivo. Gente extraordinaria, de la que aprendimos, no el “compromiso” que se basa en la fe ciega, sino el compromiso que se debe a la propia conciencia y que no transige con ningún diktat. Gente de mirada clara y valiente, siempre irreverente con los poderes, emancipada de todos los absolutos.
Cuando, en 1939, con la retirada, los poumistas llegaban a la frontera francesa, se encontraron a Víctor Serge, que los esperaba con una red de acogida a punto. Víctor Serge, entre nosotros, ha tenido que esperar hasta ahora mismo. Por fin, sus Memorias han sido reeditadas por la editorial Veintisiete Letras y, al menos en castellano, se pueden encontrar en nuestras librerías. Para muchos serán una auténtica revelación. Es la vida de la Europa revolucionaria de la primera mitad del siglo XX, con su abigarrada antropología, con todos sus sueños y generosidades, con sus derivas más abyectas. Y sobre todo con el antídoto contra estas últimas: la convicción de que “la corrupción de lo mejor es lo que hay de peor”, que ningún fin, por alto que sea, justifica cualquier medio y que hay que unir a todo compromiso una conciencia individual rigurosa e irreductible.
Desfilan la Rusia zarista, el movimiento obrero belga, los anarquistas de París, la Barcelona de 1917 y la amistad con el Noi del Sucre, la Rusia de los soviets y la amistad con Lenin y Trotsky, la amistad con Andreu Nin, los espartakistas alemanes, el gulag estalinista, la huida de Europa perseguido por los nazis, el exilio mexicano… Cataluña tiene una deuda con Víctor Serge, que es una deuda consigo misma: la traducción al catalán, al menos, de sus Memorias y también de su novela ‘El nacimiento de nuestra fuerza’, que transcurre en Barcelona y que su protagonista -Darío- es el Noi del Sucre.
El Punt Avui








