Desde que comenzó el actual proceso soberanista en Cataluña, el PP local, Ciudadanos y, más ampliamente, el conjunto del unionismo conjugan con entusiasmo el verbo desmitificar. Hay que desmontar -dicen- la tramoya de mitos históricos (la soberanía catalana anterior a 1714, el Once de Septiembre, el carácter punitivo del Decreto de Nueva Planta…) sobre la que se levanta el discurso, el relato nacionalista catalán.
Bueno, pues que lo hagan. Que contrapongan al rigor de los estudios de un Joaquim Albareda, de un Agustí Alcoberro, de un Albert Garcia Espuche, de otras investigaciones igual de fundamentadas, que demuestren que la resistencia de Barcelona en 1713-1714 obedecía sólo a arcaicos motivos dinásticos, que Felipe V fue un benefactor de Cataluña o que la destrucción del barrio de la Ribera (la ciudad del Born) fue para los barceloneses un empujón modernizador… Mientras esperamos, sin embargo, nos permitirán extender la tarea de desmitificación a otros capítulos del pasado colectivo, capítulos menos lejanos en el tiempo que 1714, y con una incidencia mayor sobre el escenario político presente.
Por ejemplo, la transición posfranquista. Aunque el mes de junio pasado, en una conferencia en el Club Siglo XXI, José María Aznar insistía en que “esa gran obra colectiva […] no fué una tarea fácil, no estaba escrita, no era inevitable”, pero que fue “una gran obra política: y así debemos reconocerlo”. El fervor de Aznar es lógico: todos los defensores de la intangibilidad del actual marco jurídico español, todos los talibanes de la Constitución de 1978, invocan como fuente de legitimidad el carácter modélico, ideal, envidiable, inmaculado de la Transición. Y añaden que, cómo una experiencia así resulta irrepetible, debemos continuar encerrados en la jaula legal construida hace 35 años, porque salir de ella representaría caer en las tinieblas exteriores.
Sin embargo, la Transición ejemplar constituye un mito, o una suma de mitos. Uno de ellos es el de la Transición consensuada entre las dos Españas, entre los continuadores inmediatos del franquismo y la oposición democrática. La realidad es que no hubo ningún consenso: el proceso que conduciría a las elecciones del 15-J de 1977 y en la Constitución del año siguiente fue una imposición flagrante del sector reformista del franquismo, vigilado por los aparatos de Estado de la dictadura; una imposición que la mayor parte de una ciudadanía políticamente temerosa y desinformada validó, mientras la oposición apenas podía introducir algunos matices. ¿O acaso los artículos 2 y 8 de la carta magna fueron propuestos por socialistas, comunistas o nacionalistas catalanes y vascos?
Otra leyenda es la de la Transición pacífica, pero ésta acaba de ser desmontada por la hispanista francesa Sophie Baby con su estudio ‘Le mythe de la transition pacifique. Violence et politique en Espagne’ (El mito de la transición pacífica. Violencia y política en España, 1975-1982), publicado en Madrid por la Casa de Velázquez a finales del año pasado.
El libro aporta datos espectaculares. A lo largo del septenio analizado, se produjeron en España más de 3.200 actos violentos de naturaleza política, con un balance superior a los 700 muertos, el doble de los registrados en la coetánea Italia de las Brigadas Rojas y los Años de Plomo. Ciertamente, más de la mitad de estas víctimas (376) fueron responsabilidad de ETA. Pero la extrema derecha protagonizó 890 acciones y causó 67 muertos, más que los imputables al Grapo, si bien los crímenes fascistas a menudo quedaron sumergidos en el anonimato y la impunidad. Y las fuerzas policiales ellas solas mataron a 178 personas, desde los manifestantes de Vitoria en 1976 hasta los jóvenes del caso Almería en 1981 o del caso Trebujena en 1982. Un aspecto, éste de la violencia policial, que queda completamente ausente de las visiones canónicas sobre la Transición, como si no hubiera existido.
Interesantísimo en la medida en que ilumina y disecciona con detalle la cara más oscura de la Transición, el trabajo que comento resulta también aleccionador para la historia misma de esta investigación y de su difusión. La profesora Baby -actualmente, docente en la Universidad de Borgoña- ha relatado que cuando, durante sus estancias en Madrid, tenía que explicar el objeto de sus pesquisas, las respuestas eran del tipo: “¿Violencia durante la Transición? ¡Si no hubo violencia! Bueno, en todo caso, la aberración terrorista vasca…”
Defendido como tesis doctoral en 2006 en la Universidad de París 1, el monumental trabajo de Sophie Baby se pasó seis años sin encontrar entre los editores españoles nadie interesado en darlo a conocer, no fuera que marca la imagen mirífica de la transición. Sólo la Casa de Velázquez -es decir, el gobierno de París- hizo posible, en diciembre pasado, la publicación del libro. En una edición cuidadísima de más de 500 páginas, pero en lengua francesa, con un precio que dobla el habitual de un libro de sus características y con una distribución muy diferente de si la hubiera publicado -pongo por caso- un sello del Grupo Planeta.
¡Ay, estos fervientes desmitificadores…, pero sólo los mitos de los demás!
Joan B. Culla
ARA








