Después de casi un año en el que, en Oriente Próximo, el centro de atención mediática y el foco generador de imágenes de violencia y muerte era Siria, este otoño ha vuelto a situar la cuestión israelo-palestina en medio de la agenda informativa regional y, en buena parte, global.
Y esto ha sido por varios motivos. Por un lado, por la decisión del primer ministro Netanyahu de adelantar las elecciones parlamentarias israelíes al próximo 22 de enero. Por el otro, por la crisis bélica de mediados de noviembre entre Israel y las milicias islamistas que dominan Gaza. E incluso por la votación de la Asamblea General de las Naciones Unidas que otorgó a Palestina la condición de estado observador no miembro de la ONU. Y -sin desdeñar otros hechos relevantes, como la visita del emir de Qatar en Gaza o el anuncio de retirada del premier hebreo y actual ministro de defensa, Ehud Barak-, también por la ruidosa e inédita presencia en la franja mediterránea, el fin de semana pasado, de Khaled Meixaal en la conmemoración del 25 aniversario de Hamás, el movimiento político-militar del que es el líder máximo.
De todos estos acontecimientos, lo que ha sido enfatizado como más histórico y trascendental fue el reconocimiento por parte de la ONU de la estatalidad palestina. Y era histórico de veras, porque la petición formulada por el presidente Mahmud Abbas, y aprobada por la Asamblea General el 29 de noviembre, representa que la Autoridad Nacional Palestina (ANP) acepta por fin -con 65 años de retraso- aquella Otra resolución de las Naciones Unidas, la 181, que en 1947 aprobó el reparto territorial de la Palestina administrada todavía por los británicos en dos estados, uno judío y otro árabe. El principio de la partición, rechazado entonces y durante las décadas posteriores por el conjunto del mundo árabe-musulmán y por el liderazgo palestino, es ahora reivindicado por la ANP como la base jurídica que debe permitir poner fin a la ocupación israelí de Cisjordania y Gaza.
Porque (conviene subrayarlo) el texto que se aprobó en Nueva York hace un par de semanas propugna un estado palestino independiente, soberano y democrático “con las fronteras definidas antes del 1967”, y apuesta por una solución de dos estados (Israel y Palestina) “conviviendo en condiciones de paz y seguridad”. Siendo así, ¿cómo se explica que votaran a favor Irán (partidario público y notorio de la destrucción de Israel), sus socios libanés, sirio o venezolano y otros regímenes que no reconocen el Estado judío? ¿Acaso Ahmadineyad y compañía han renunciado repentinamente a extirpar el “tumor sionista”? Y el entusiasmo de Hezbolá y de Hamás, ¿significa que estos grupos renuncian a hacer la guerra contra Israel y, en adelante, piensan utilizar sólo los procedimientos diplomáticos?
La respuesta es evidente: si Teherán o Damasco votaron la resolución de la ONU, si las calles de Beirut y de Gaza la celebraron, es porque vieron una derrota política de Israel en la arena internacional y, sobre todo, un nuevo factor de deslegitimación propagandística y moral del enemigo sionista. Ni los clérigos iraníes ni los islamistas armados de Hamás -terroristas, según la Unión Europea- se han sentido nada comprometidos por las referencias de la ONU a los “dos estados” ni a las fronteras anteriores a 1967.
Si hubiera habido alguna prueba, la proporcionó el sábado 8 de diciembre Khaled Meixaal, el número uno de Hamás, devuelto fugazmente del exilio para celebrar en Gaza las bodas de plata del Movimiento Islámico de Resistencia. Después de ver desfilar ante él niños de 6 o 7 años vestidos de guerrilleros suicidas -promesa simbólica de dos o tres décadas más de atentados antiisraelíes-, Meixaal se comprometió ante la multitud que le escuchaba a “liberar toda Palestina”, y precisó: “Palestina es nuestra desde el río [Jordán] hasta el mar [Mediterráneo], desde el norte hasta el sur, y de ella no cederemos ni un centímetro. […] Palestina ha sido y es árabe e islámica. [… ] Antes o después, la tierra de Palestina será nuestra, y nunca será de los sionistas”. Así pues, el éxito en Nueva York está muy bien, pero no modifica en nada ni la estrategia ni la táctica de Hamás: la erradicación de Israel por medio de la yihad. A pesar del talonario de cheques del emir de Qatar, la evolución moderada de los islamistas que controlan Gaza no se ve por ninguna parte.
Ciertamente, el gobierno de Bibi Netanyahu tiene una gran responsabilidad en los últimos dos años de parálisis del proceso de paz con la ANP, ciertamente, la expansión de los asentamientos judíos en Cisjordania dinamita aquel proceso, y es inaceptable responder al voto del Asamblea General de la ONU con la autorización de miles de nuevas viviendas en territorio ocupado. Ahora, si dentro de cinco semanas los israelíes -ojalá no renueven la mayoría a la derecha nacionalista más o menos extrema-, para entenderlo será útil recordar las palabras citadas de Khaled Meixaal. Porque ninguna sociedad amenazada de aniquilación física suele votar palomas, pacifistas y conciliadores.








