De regreso al autonomismo sociológico

Los 50 años de la muerte del dictador han llevado al primer plano el recuerdo de las luchas antifranquistas más directas, con sus héroes y víctimas. De modo que a las nuevas generaciones –y a los desmemoriados– les puede haber quedado la impresión de que la mayoría de la sociedad catalana –y española– era antifranquista. Y no es verdad. Lo que fue mayoritario fue lo que se llamaba “franquismo sociológico”. Es lo que permitió que el dictador siguiera matando, con cinco ejecuciones dos meses antes de morir en cama. Es lo que toleró dócilmente el restablecimiento de una monarquía históricamente corrupta, y ante la que hace cincuenta años que se inclinan y hacen genuflexiones. Y también fue el apoyo popular lo que hizo posible lo que algunos todavía alaban como modélico: una Transición sin ruptura con el régimen anterior que ha permitido venerar a franquistas conspicuos –Adolfo Suárez allí, Juan Antonio Samaranch aquí–, sin que nunca nadie haya tenido que pasar por los tribunales.

La resistencia antifranquista fue mucho más allá de los héroes y víctimas que han tenido el apoyo público de las organizaciones que han hecho memoria. Porque… ¿es que no era lucha antifranquista la aparición de las revistas infantiles ‘Cavall Fort’ o ‘Tretzevents’? ¿Y es que no lo era lo que hicieron tantos ciudadanos en el anonimato, incluidos curas como el de la última novela de Núria Cadenes, ‘Cavall Fort o Tretzevents? ¿Y es que no lo era lo que hicieron tantos ciudadanos en el anonimato, incluidos curas como el de la última novela de Núria Cadenes, ‘Qui salva una vida’? Pero sea por miedo, sea por resignación, fue el franquismo social mayoritario quien aguantó al dictador hasta la muerte. Y al no haber tenido que rendir cuentas, permaneció un franquismo social y un franquismo institucional letárgico, tanto en la calle como en las estructuras del Estado: poco o muy mortecina en un cierto periodismo, en las estructuras judiciales y también en muchos niveles del alto funcionariado. Cuando han tocado a rebato, sin embargo, ha revivido: se le han visto las orejas y cumple sus viejos compromisos con el proyecto nacional de la dictadura.

Aparte de no olvidarlo nunca, creo que podemos aprender de todo ello una lección para nuestro post proceso independentista. Cómo escribí en ‘El camino de la independencia’ (2010), el proceso nos despertaba de aquel sueño postfranquista que había hecho creer a muchos catalanes que no había otro camino que el del autonomismo constitucional. Permitía abandonar el “Ya me gustaría, pero no es posible” de cuando se hablaba de independencia. Una tenaza mental, por supuesto, extendida por la mayoría de partidos catalanistas y nacionalistas y por sus líderes, que no querían riesgos. Sin embargo, durante una docena de años incluso los que nunca habían pensado en la independencia la vieron posible. Si lo quieren, se extendía un cierto “independentismo sociológico”, sin gran solidez teórica pero emocionalmente despierto.

Sin embargo, la derrota del Proceso ya no es tanto la victoria de la represión policial, judicial y política como sobre todo la capacidad de retornar a los catalanes al redil del autonomismo social, “sociológico”, si lo quieren. Es decir, de volver al “Ya me gustaría, pero no es posible”, ahora con el añadido de “…tal y como se ha visto”. Y de esconderse en la indiferencia, haciéndose el despistado. Por mucho que se diga, con buena intención, que ningún independentista ha dejado de serlo, sí que hay que decir que el país está lleno de viejos independentistas reinstalados en el actual autonomismo sociológico. De modo que, si alguna habilidad hay que reconocer al presidente Salvador Illa, no es que sea, como le gusta decir, un buen gestor del país –eso está por ver–, sino que es el gran domador de las aspiraciones soberanistas, que ha conseguido que una mayoría de catalanes se vaya acomodando resignadamente –y unos cuantos, con un indisimulado entusiasmo- a la naturaleza colonial del autonomismo.

Como ocurría con el franquismo, la cuestión es que de los modos de conformidad o aquiescencia política de las mayorías sociales no hay que esperar una adhesión explícita, fundamentada y consciente. El franquismo sociológico no estaba hecho necesariamente de franquistas. Ni la independencia pudo consolidarse sin un sólido independentismo sociológico de perfil bajo. Tampoco el autonomismo sociológico necesita de autonomistas de corazón. Basta con que se resignen y se encojan de hombros diciendo: “Es lo que hay”. Es la fuerza que tiene el ‘statu quo’: la parte ganadora puede simular que es “todo el mundo”, y la vencida aparece como excéntrica, conflictiva e irritante.

Sabemos que la niebla espesa de la sumisión, de la docilidad y de la renuncia siempre es la más difícil de difundir y vencer. Sin embargo, hay quienes tenemos presente a Joan Fuster: “No aceptes la derrota hasta que sepas que acabarás ganando”.

ARA