Pocos analistas nos resistimos a comparar lo ocurrido estos días en Ceuta con la histórica ‘Marcha Verde’ de 1975, cuando Marruecos ocupó ilegalmente el Sáhara entonces español mediante una operación híbrida, a medio camino entre civil y militar. Entonces, el rey Hasan II —efectivamente Marruecos es ‘de facto’ una monarquía absoluta— aprovechó el momento de debilidad de una España abocada a un cambio de régimen, con Franco intubado y un sucesor tan incompetente como aparentaba, para expandirse colonialmente en pleno contexto de descolonización. También supo aprovechar, naturalmente, la relación privilegiada con Estados Unidos que tenía la sartén por el mango de un ejército español dependiente del armamento estadounidense, de sus municiones y de los repuestos de una maquinaria militar recauchutada de la Segunda Guerra Mundial, lo que hacía insostenible cualquier resistencia. Había, además, entre los altos mandos, el temor justificado por lo ocurrido el año anterior en Portugal, donde jóvenes oficiales y sus soldados, hartos de morir en las guerras coloniales africanas, decidieron prescindir de la dictadura y, por la vía de la revolución o del golpe de Estado, acabar con el régimen salazarista sin Salazar.
Ahora la situación parece muy distinta. O quizás no tanto. Los ingredientes comunes han consistido en repetir la estrategia exitosa de una invasión civil, aunque esta vez sólo en forma de ensayo general. Ceder el control de las fronteras a un país a cambio de tratos de favor comporta siempre la tentación de la extorsión periódica para renegociar condiciones más favorables. Es lo que hace desde hace años Turquía con Alemania: la deslocalización del control fronterizo a cambio de dinero y tratos de favor… hasta que quieren más dinero y abren un rato la frontera para recordar quién tiene el control. Quizá sea por eso que la Unión Europea decidió, hace pocos meses, cambiar de estrategia y preparar mecanismos con capacidad de deportación a terceros países, más o menos como hace Australia desde hace años, con un éxito notable, o como ya practicaba Estados Unidos mucho antes de Trump. Que España se desmarcara de esta nueva política en aras de una presunta superioridad moral, ha tenido como consecuencia el castigo esperable: anuncios de restricciones y suspensiones del espacio Schengen, más como propaganda oportunista que como resultado tangible —Meloni ha fracasado en las deportaciones a Albania, y y castigar a España es más teatro que efectividad. Sin embargo, un aviso es un aviso, y en esta crisis Pedro Sánchez se ha quedado completamente solo frente a unos enemigos demasiado poderosos.
Estos días se han dicho muchas cosas. La mayor parte, verosímiles, con diferentes grados de exageración. Están, como bajo continuo, las tensiones con Marruecos, el principal adversario geopolítico de España, marcado por unas relaciones secularmente conflictivas y una animadversión general mutua, más o menos disfrazada de tópicos y de falsas buenas palabras a ambos lados. Lo que ha cambiado es que el reino de Marruecos se ha convertido en una superpotencia africana, disputando el liderazgo del continente con Suráfrica, con un incremento muy sustancial de la renta per cápita, una amplia modernización y una demografía que, si bien registra una caída de las tasas de fertilidad, implica todavía una sobrepoblación de gente joven. Mucha de esa juventud vive convencida del mito europeo como tierra de promisión, de sexo fácil, de oportunidades económicas y de un espíritu de “pagafantas”, poblado por gente vieja y calzonazos, donde a todo recién llegado se le otorgan subsidios para respirar. Y es en esta creciente potencia de Marruecos, que construye estadios de fútbol a raudales para un mundial en el que aspira a disputar la final en Madrid, donde se estaría gestando una especie de “minitrampa” de Tucídides: es decir, la percepción de la inevitabilidad de un conflicto bélico con un competidor que se ve en ascenso ante un rival. Existen otros ingredientes, aparte de la inmigración como factor de desestabilización de Europa en general y de España en particular. Están los trapicheos diplomáticos, con el espionaje de Pegasus de por medio —donde el principal escándalo es que no se investigue o que no trascienda nada—, el reconocimiento de la anexión colonial del Sáhara por Rabat —dejando abandonadas a cientos de miles de personas con DNI español—, la eterna cuestión de Ceuta y y Melilla, o la caótica dinámica de aproximaciones y distanciamientos con Argelia. También hay que tener en cuenta una explicación que circula y que contiene elementos de verosimilitud: la venganza de Trump y de Netanyahu por los alineamientos diplomáticos de Madrid, o la asimétrica relación entre monarquías. De la época en que una de las pocas revistas que entraba en casa, durante mi adolescencia, recuerdo las veces que Felipe y Mohammed, hermanados por lo del “uve palito”, pasaban vacaciones juntos. No se habla demasiado, ni tampoco de sus relaciones personales y políticas, que hoy tendrían un interés periodístico de primera magnitud.
En cualquier caso, lo que explica una respuesta tan tímida y casi imperceptible por parte de España es que, en caso de un hipotético —y desgraciadamente probable— conflicto bélico con Marruecos, España tiene las de perder. Los marroquíes cuentan con cerca de 200.000 efectivos, más una reserva de 150.000, frente a los 130.000 de España; disponen de una superioridad en carros de combate —unos 560 frente a 320—, en artillería —500 frente a 96— y en lanzacohetes. Habría que ver qué pasaría con los drones, que son el factor decisivo en el actual conflicto en Ucrania, y donde Marruecos seguro debe disponer de material chino, estadounidense y probablemente israelí, a raíz de los acuerdos de Abraham. En cambio, España tiene superioridad aérea -150 aeronaves frente a 70- y una clara superioridad naval. El problema es que todo esto es sobre el papel y que, con una gran dependencia española del armamento estadounidense, podría darse el caso de que Washington, como ocurrió en 1975, hiciera inoperativa buena parte de la maquinaria militar española, o que el apoyo de Israel provocara una debacle militar española mediante la guerra electrónica. Sin embargo, aquí la gran diferencia es de carácter moral. Marruecos se ve a sí mismo como una potencia emergente, capaz de ponerse a prueba, mientras que España es un país profundamente dividido y polarizado, cuya moral de combate podría recordar la “extraña derrota” de la que habló Marc Bloch sobre el pánico francés que hundió al ejército y la sociedad en mayo de 1940 (1).
El principal error cometido por Pedro Sánchez ha sido la masiva regularización de inmigrantes. El presidente y sus aliados políticos no han sido capaces de entender que la cuestión migratoria se ha dado la vuelta como un calcetín en la opinión pública europea -y también en la española, donde seis de cada diez entrevistados consideran que existe un exceso de inmigrantes. El fracaso de una parte importante de los procesos migratorios de las últimas décadas ha provocado que, desde las fuerzas nacional-populistas emergentes hasta los socialdemócratas daneses o los laboristas británicos, se haya corregido la política de fronteras abiertas. Ya sea porque los europeos han llegado a la conclusión de que la saturación demográfica ha contribuido a empeorar sus economías y la seguridad, ya sea por las tensiones sociales y las incertidumbres de futuro sobre el papel que pueda desempeñar la revolución de la IA en el mercado laboral, lo cierto es que este debate podría generar graves problemas internos a medio y corto plazo. La regularización de entre medio millón y un millón de extranjeros ha sido un error de cálculo que ha preocupado a las cancillerías europeas, que han reaccionado con un aislamiento diplomático que sumerge a España en la fragilidad y la vulnerabilidad.
Si bien Pedro Sánchez es conocido por su legendaria capacidad de supervivencia y oportunismo, aquí se ha despistado por completo. ¿El espionaje de Pegasus a él ya su gobierno —parece increíble la falta de respuesta sobre el asunto— puede haberlo paralizado? En cualquier caso, lo que hubiera sido pertinente habría sido un consejo de ministros de emergencia en la propia Ceuta, y una cierta escalada del conflicto a partir de represalias “blandas”: suspensión de algunos tratados comerciales, paralización de los camiones marroquíes en el puerto de Algeciras, revocación de algunos permisos de residencia o de credenciales diplomáticas… Y nada de eso ha pasado, lo que contrasta con la represión contra catalanes independentistas o contra mallorquines que protestan contra el turismo. El exceso de prudencia será interpretado por Rabat como debilidad, y por la mayoría de la sociedad española, como cobardía. Y esto no implicará rebajar la temperatura del conflicto, sino que atizará nuevas operaciones de guerra híbrida. Una guerra híbrida que, como ocurre cada vez que celebran el aniversario de la monarquía alauí, libera a delincuentes peligrosos de las cárceles marroquíes que, en pocos días, circulan sin problema por Europa, como saben todas las policías.
Cuesta creer que el asalto híbrido en la ciudad fuera una sorpresa, o que hubiera errores de inteligencia. No sería descartable que quien debía vigilar dejara hacer para desestabilizar a un gobierno que tiene todos los poderes fácticos sublevados y rabiosos, especialmente cuando las sentencias europeas sobre el proceso obligarán a España a tener que tragar a un siempre imprevisible president Puigdemont paseándose por Girona. La desestabilización también implica dejar en evidencia los restos del naufragio Podemos-Sumar, con sus mantras en torno a la crisis migratoria, el “abramos fronteras” y todas aquellas consignas que han desacreditado un espacio político y que pueden dejarlo fuera de juego, como mínimo, durante una década. Las imágenes repetidas por las redes, y más por los propios informativos, han desvelado una especie de miedo ancestral respecto a un espacio civilizacional con el que se ha mantenido una historia cargada de conflictos, desconfianzas y odios. Y no hace falta recurrir a lo que ya explican los estudios demoscópicos, según los cuales el rechazo a la inmigración acerca derecha e izquierda; basta escuchar las sobremesas, cuando personas que toda la vida han votado a partidos progresistas han ido cambiando silenciosamente sus posicionamientos sobre la cuestión.
Las imágenes son duras. No sólo por la tragedia humana, tanto en lo que se refiere a los muertos que ha causado esta extraña estampida como por el dolor que hay detrás, sino por la escenificación del choque de civilizaciones que anticipaba Huntington —o incluso por lo que recuerda sospechosamente las ficciones de Renaud Camus que han alimentado las teorías el “Gran Reemplazo” (2). Crisis como estas, como ya ocurrió también en 2015 en una Alemania que vive un terremoto político, han activado una especie de amígdala cerebral colectiva que nos recuerda nuestra condición primitiva y tribal, en una época en la que, con el cambio de siglo, nos hemos ido desprendiendo de las ideologías para asumir las políticas como identidades. Este tipo de revivales de marchas verdes nos dibujan un horizonte bastante negro.
(1) https://horomicos.wordpress.com/wp-content/uploads/2018/10/bloch_extrana_derrota_1940.pdf
(2) https://es.wikipedia.org/wiki/El_gran_reemplazo
MIRALL










