Un año más Donostia vivirá la noche conmemorativas de su santo patrón, San Sebastián, con una celebración que, al menos desde 1871, tiene un contenido artístico muy representativo en dos aspectos: el musical, con marchas y polkas y el escenográfico en forma de concierto y kalegira.
La Plaza de la Constitución recobra una de sus funciones principales: congregar a la población entorno a la fiesta, donde el urbanismo enmarcado de excelente arquitectura presta un encuadre bellísimo. Como tal constituye una extraordinaria escenografía en la que el orden, composición de integrantes y jerarquías musicales poseen una indudable estética. Protagoniza el acto la Sociedad Gaztelubide con su Tambor Mayor al frente de un conjunto de gastadores, tambores, barriles y músicos junto con miembros de otras sociedades. El acto tiene también un importante componente de transmisión, especialmente por televisión, que posibilita su disfrute desde otros lugares centrándose la conmemoración en la Plaza.
Las diversas formas de contemplación, tomas de televisión o desde las balconadas permiten apreciar perspectivas que apenas se ven desde el nivel de la plaza y es aquí donde se pone de manifiesto una alteración que desde hace ya demasiados años produce irritación por su inoportunidad y torpeza. Se trata de los locutores, cámaras, fotógrafos y otros individuos al servicio de la noticia que entrometiéndose absurdamente en la plataforma-escenario de la actuación rompen el orden establecido, destrozan toda la composición, incordian a los intérpretes, incluso aparecen en las imágenes creando un absoluto desconcierto cromático y funcional y no aportan absolutamente nada. Existen otras formas más sensibles y respetuosas de grabación.
Hace ya también muchos años que esta provocación formal debería haber sido prohibida. A nadie se le ocurriría entrometerse en medio de un concierto, una ópera, una procesión religiosa o en un desfile de cualquier tipo para grabar o hacer una entrevista en una pausa. Por todo ello es necesario que el propio director, Juan Mari Abad responsable máximo de la actuación, si posee una elemental autoestima del sentido de la fiesta y de la calidad de la representación, controle todos los detalles de lo que sucede en ese espacio escénico para que la interpretación se realice con absoluto rigor y calidad formal, suprimiendo radicalmente tan absurda profanación prohibiendo la presencia de estos distorsionadores.
Por dignidad cultural y etnográfica no puede admitirse más esta incomprensible degradación que reitero desde hace ya muchos años Debe exigirse que se respete por fin y para siempre la imprescindible integridad absoluta del aspecto representativo de la Danborrada, desalojando a todos estos elementos perturbadores, y si fuese necesario incluso paralizando la actuación. No es un festejo hecho para la televisión. Es inconcebible la nula sensibilidad escénica de ETB
Danborrada es, como otras fiestas, ritos y celebraciones de Euskal Herria, un acto socio cultural que rememora un acontecimiento histórico de enorme relevancia ciudadana por lo que constituye una tradición. Como tal conmemoración social integrante de la tradición popular vasca adquiere el rango de patrimonio etnográfico inmaterial con una serie de valores que se consideran básicos para su calificación como fiesta cultural de interés nacional.







