DESDE la llegada de Patxi López a Ajuria Enea, incluso desde antes, el tema de la identidad ha estado presente en sus discursos de forma constante y hasta obsesiva. El líder socialista ha defendido a capa y espada que su proyecto político está basado en la resolución de los problemas cotidianos en contraposición a lo que él ha ido denominando “debates identitarios que dividen” como si la gestión de los temas del día a día y el sentido de la pertenencia fueran términos contrapuestos. La libertad de ser y expresar la identidad de forma libre e individual es otro de los tótems más utilizados por López en sus discursos cuando esa premisa es toda una obviedad ya que forma parte de la esencia misma de una sociedad desarrollada y democrática. Pero hasta ahí llega el discurso de López en cuanto a su marco de referencia vital como si, en su opinión, una suerte de ingravidez convirtiera a las personas en seres ajenos al tiempo y al espacio en el que viven; seres de la nada. Pero, ¿a qué identidad se refiere el lehendakari cuando habla de “identidades que dividen”? Es la gran cuestión de la que no hay respuesta. Y es que si la identidad es el problema y hay que cuestionarla hasta convertirla en un ejercicio individual, igualmente deberían tener cabida quienes optaran por no ejercer la pertenencia, por ejemplo, a una identidad que consideraran ajena. Póngase en caso de la española. ¿Aceptaría entonces López reconocer que no se desea ni se quiere ejercer la identidad española? Estas cuestiones, aunque complejas en su abordaje, y planteadas desde la premisa-trampa de que la necesidad de aspirar a una no-identidad es lo óptimo para el futuro de Euskadi, representan la gran base ideológica en la que se sustenta este Gobierno. Y que da como resultado proyectos como el Contrato Ciudadano de las Culturas donde su destinatario, es decir, la sociedad vasca y la cultura vasca, brillan por su ausencia. En una suerte de ofensa hacia las personas y colectivos que han formado parte -desde su pluralidad ideológica y de disciplinas- de las decisiones estratégicas adoptadas hasta ahora, la consejera de Cultura Blanca Urgell llegó a decir ayer que “Euskadi no puede ser una especie de parque temático de la cultura vasca”. Una afirmación que quizá haga gracia pero que no es nada inocente en su objetivo de minusvalorar la tarea creativa de un sector como el cultural que, bajo estas premisas, se aleja aún más de un PSE que nunca ha sabido conectar con él.







