Cuitas con el Visorrey

Unos 88 virreinatos tuvo que soportar el reino de Navarra tras la invasión de Castilla. Fueron investidos con tal dignidad gentes de todo pelaje: nobles y militares españoles de alcurnia, obispos, generales franceses… Incluso algún navarro. Es el caso de Francisco Espoz y Mina, un liberal español o quizás más español que liberal. Eran tiempos en que lo de español, centralista y liberal se amalgamaban.

La estabilidad de un Virrey era harto versátil. Muchos no permanecían en el cargo más de un año e incluso los hubo de meses. Esto, en numerosas ocasiones, suponía un incordio que exacerbaba a los navarros. Pongamos por caso la protesta que la diputación envía al rey, por la ausencia del Virrey , con fecha 1-III-1730.

Las Cortes, además de ser un organismo legislativo, trataban los agravios o contrafueros que la corona infligía al pueblo navarro. La corona siempre se mostró remisa en el reparo de los agravios. Los concedía el propio virrey y el propio rey en los casos más excepcionales. Era la parte más laboriosa de las sesiones de cortes, habitualmente presididas por el “Visorrey”. Siempre tratando de menguar la soberanía de las cortes y discutiendo la capacidad legislativa de la asamblea del Reino.

Era atribución del rey o de su “alter ego” el virrey convocar las Cortes. Los estados propugnaban la convocatoria anual, algo que dada la inestabilidad del personaje, o su poco interés, llegó a demorarse varios años. Eran entre otros los comportamientos de la realeza que tanto encorajinaban a nuestros síndicos.

En el ínterin, era el regente el sustituto natural del virrey, y sin duda habitualmente era a quien más tocaba bregar contra la tenacidad de las instituciones navarras en defensa de su soberanía.

Las relaciones de las Cortes navarras con el virrey en general eran correctas. Los estados navarros no dejaron de desempeñar con exquisita minuciosidad sus altas funciones legislativas y fiscales. Eran conscientes de la voracidad castellana y española, siempre dispuesta a utilizar el menor resquicio para quebrar la soberanía de nuestro ordenamiento.

Con el tiempo se fue acentuando el tono de las protestas y reivindicaciones frente a la creciente marea centralizadora del pensamiento político absolutista.

Lo propio se puede decir de las relaciones de los otros herrialdes de Basconia con sus corregidores y con la monarquía castellana. Aunque su dependencia de Castilla fue anterior a la de Navarra, tanto alaveses, gipuzkoanos como vizcaínos gozaban de un sistema foral parejo en soberanía y en atribuciones al navarro. Ni siquiera los turbulentos años de banderías consiguieron debilitarlo.

El concepto y sobre todo la defensa de la soberanía era algo más que un puro atavismo… Era la conciencia de un pueblo pequeño, siempre amenazado por peligrosos y ambiciosos vecinos. La defensa hasta la muerte del fuero se percibía como la única garantía de cohesión y de pervivencia.

Procuraba utilizarse una metodología pactista, interpretando que la legislación responde a un pacto entre el monarca y sus súbditos. Nada puede cambiarse sin el concurso de ambos.

Nuestros antepasados -se puede apreciar ampliamente en los lemas de la carlistada- entendieron que su existencia como pueblo estaba profundamente ligada a la observancia y mantenimiento del fuero.

En este estado de cosas, trasladamos a estas líneas con carácter ilustrativo algunas de las normas y “reparos de agravios” que, bajo juramento de acatamiento por parte del “visorey”, pasaban a engrosar el “corpus legislativo”:

“Que los agravios sean reparados en el Reino; que se den los oficios a los naturales; que los navarros no sean juzgados sino por los naturales del reino; que no haya comisarios pesquisidores con poder de decidir;…no se hagan mercedes a extranjeros;…cédulas en agravio de las leyes del reino sean obedecidas pero no cumplidas; no dar mandamientos judiciales sin adiamiento (fecha); inmunidad de los procuradores a cortes; que no se vendan oficios de justicia ni hacienda; que las pesquisas secretas, sean ordenadas por los tribunales, que las cortes se celebren anualmente; que la Nómina se haga en el Reino; no se saque moneda de plata ni de oro del reino; cuarteles y alcabalas que han de pagar los clérigos; que gente de guerra no sean alcaldes ni jurados en los pueblos; que los vicarios gnerales del obispado no entren a cortes si no son del reino: que los naturales del reino no sean sacados fuera para causas civiles y criminales y que se guarden las leyes del reino para que los naturales sean juzgados en los tribunales del Reino: que no se manden remisiva de los jueces para Castilla; que los familiares de la inquisición puedan ser castigados en caso de cometer excesos sin ampararse en los privilegios inquisitoriales” (Actas de 1513, 14, 15, 18…. 58).

Son algunos de los conceptos que menudean en las actas, a los que habría que añadir otros, como por ej., los referentes a la exacción de quintas; estos bastante recurrentes.

Es un hecho la desconfianza que existía en los navarros hacia la monarquía. Tenían motivos suficientes para permanecer vigilantes ante una institución, que no perdía ripio para atentar contra nuestra soberanía.

Este celo y esta vigilancia permitieron mantener unas instituciones soberanas hasta la “traición de Vergara”.

Hoy sería un sueño poder gozar de unos órganos legislativos no sometidos a ninguna otra instancia superior. Disponer de un cuerpo judicial propio y soberano, sin el sometimiento a tribunales supremos, audiencias nacionales y otras imposiciones del “imperio”. Organizar nuestro propio ordenamiento territorial -el hidrográfico, hoy tan vital-. Elegir libremente a nuestros gobernantes sin la intervención de Madrid o de cualquier Pepiño de turno, etc.

Si el pueblo navarro conociera a fondo su historia, su cultura y su significado, uno cree que las cosas, tiempo ha, habrían cambiado. Seguro que nuestros mayores no habrían tolerado que Castilla, valga el ejemplo, nos instalara un campo de tiro como el de las Bardenas. Tampoco habrían permitido ahogar unos valles tan sorprendentes, como el de Arce.

La pérdida de nuestra autoestima nos lleva a pasar por alto semejantes agresiones a muestra soberanía. Tal parece que todo nuestro navarrismo estriba en los biorritmos de Osasuna; ¡eso sí nos pone a los navarros!

El hecho es que desde que Castilla comenzó a meter las narices en Basconia todo hasta nuestros días ha sido una carrera de conflictos. También es cierto que muchos vascos han medrado y medran sirviendo en el bando de los que crearon el conflicto. Porque no fuimos los vascos quienes lo creamos. Fue Castilla -ahí está la historia- quien desde siempre los ha generado: Cataluña, latinoamérica, Portugal, Basconia…

No existe pues conflicto vasco. Es España quien con sus ejércitos, con sus jueces, con sus constituciones cerradas o poco democráticas, siempre encaminadas a cercenar las libertades vascas, creó este, de momento, permanente conflicto.

El problema es que nuestras actuales instituciones ya no se enfrentan al “visorrey” de turno. Ya no denuncian agravios, más bien compadrean cuando no se encaman con él. La autoestima de muchos viejos vascones -caso de que todavía se sientan como tales- está bajo las cenizas de la ignorancia, del olvido o de la sumisión.