Xavier Sala i Martín
Crisis (37): Grecia ‘all in’
Hace tiempo que al Gobierno de Grecia nadie le concede créditos en condiciones razonables porque es insolvente y sólo los colegas del euro le prestan. Lógicamente, los países amigos quieren recuperar el dinero (que es de sus contribuyentes) y, por tanto, le exigen planes de austeridad y reformas que garanticen que lo va a poder devolver. Estos planes no han sacado al país de la crisis y han acabado por cansar a los ciudadanos. En las elecciones de la semana pasada, muchos votaron a partidos que proponen no pagar las deudas y rechazar las ayudas europeas. Los elegidos no han podido formar un gobierno que garantice la devolución del dinero amigo. La pregunta es: ¿cómo reaccionará Angela Merkel ante este plantón? ¿Dejará de ayudar a Grecia y la abandonará a su suerte?
Si la eurozona decidiera cortar las ayudas pasarían dos cosas. Primera, Grecia se quedaría sin euros, cosa que llevaría a algunos bancos a la quiebra. La gente, al ver que el sistema financiero es insolvente, correría al banco a buscar sus euros. Pero este no tendría suficiente para todos, ya que el grifo del Banco Central Europeo se habría cerrado. Se produciría un pánico y, para controlarlo, el Gobierno crearía un corralito como el argentino del 2001 que impediría que la gente pudiera sacar su propio dinero del banco. Eso generaría caos y malestar.
La segunda cosa que pasaría es que el Gobierno no podría gastar más de lo que ingresa y se vería obligado a reducir su déficit desde el 10% del PIB que tiene ahora, no ya al 5% que le exige Europa, sino al 0%. ¡Y eso en 24 horas! Los recortes, pues, serían mucho más profundos, y eso empeoraría la crisis. El consumo, la inversión y el PIB sufrirían caídas del 30%. Ante la imposibilidad de pagar, el Gobierno se sacaría de la manga unos pagarés para liquidar salarios y proveedores. Eso es lo que hicieron algunas regiones argentinas unos meses antes de la gran crisis del 2001: emitieron unos bonos llamados patacones. En Grecia se podrían llamar gretacones.
La gente empezaría a usar esos gretacones para comprar y, ante la escasez de euros, se convertirían de facto en la moneda griega. Serían la semilla del nuevo dracma. Pero como nadie se fiaría de que el Gobierno pagara el valor prometido al portador de gretacones, todo el mundo se los quitaría de encima con descuentos importantes. Es decir, el funcionario que recibiera un gretacón de 100 euros iría a la tienda pero la carnicera no le daría carne por valor de 100 euros sino, digamos, 30, ya que ella se quedaría con un papelito con alta probabilidad de no ser cobrado nunca. El poder adquisitivo de los gretacones, y por ende de los salarios, caería un 70% y los trabajadores se empobrecerían. Aquellos que pudieran escaparse, emigrarían inmediatamente.
Para salvar la situación, el Gobierno griego intentaría salir del euro e introducir un nuevo dracma. Es posible que ya esté imprimiendo dracmas secretamente en algún país extranjero (como hizo Eslovaquia seis meses antes de separarse de Chequia) y que los acabe introduciendo por sorpresa un fin de semana de estos. Si se hiciera, se obligaría a que todos los contratos en euros se pasaran a dracmas. A la gente, cuyos ahorros en euros habrían estado secuestrados por el corralito durante semanas, se les devolverían en forma de dracmas…, pero a un valor muy inferior. Perderían el 50%, 60% o 70% de sus ahorros. La nueva moneda se seguiría depreciando.
La depreciación del dracma podría no ser mala. De hecho, algunos la ven como la única esperanza de salir del agujero: si el dracma se abaratara, también lo harían las exportaciones y el turismo griegos, por lo que muchos preferirían pasar a comprar productos griegos y a hacer turismo en Grecia (en lugar de España), y eso permitiría empezar la recuperación. Eso también es lo que pasó en Argentina. Pero el resultado podría no ser tan positivo, ya que si el Gobierno no consiguiera reducir su déficit, seguiría imprimiendo dracmas para pagar salarios y proveedores. Eso dispararía la inflación hasta el 70%, 100% o, como pasó en la propia Grecia en 1944, hasta el 8.500.000.000%. Por tanto, el abandono del euro podría ser beneficioso para Grecia (aunque, todo sea dicho de paso, después de una crisis de proporciones bíblicas), pero podría ser un desastre cósmico que devolviera a Grecia a la época de su gran hiperinflación. No hay nada seguro.
Si el no aceptar las condiciones de la eurozona puede tener unas consecuencias tan devastadoras para los griegos, ¿por qué se la juegan? Una posibilidad es que sepan que los costes para ellos serían graves, pero que serían todavía peores para el resto de la eurozona. Y es que una vez se diera la señal de que el euro se puede romper, el pánico y la especulación podrían invadir países como Portugal, Italia, España e incluso Francia, donde la gente pensaría que les puede pasar lo que a los griegos. Eso quebraría bancos, generaría corralitos, pobreza, emigración y un cataclismo económico se cernería sobre Europa. De hecho, el pánico ya ha empezado y mucha gente se pregunta adónde debe llevar sus ahorros.
En este sentido, da la impresión de que los griegos están jugando una partida de póquer de alto riesgo con Merkel. Después de subir las apuestas hasta niveles estratosféricos, es el turno de la canciller alemana: debe decidir si ve la apuesta de los griegos y les caza el farol, o tira las cartas y les sigue dando ayudas sin condiciones. Y es que los griegos acaban de poner todas las fichas sobre la mesa. Los griegos acaban de hacer un all in.
Lluís Foix
Los vigilantes venidos de fuera
Lo peor es esa indiferencia a la verdad que se observa en tantas instancias que deciden
El lenguaje de la crisis ha acuñado nuevos términos y conceptos que camuflan la realidad o la hacen comprensible sólo para unos pocos. La ficción se ha apoderado del debate en el que las cifras no cuentan tanto como las predicciones o los vaticinios. La realidad se desprecia si no se adecua al discurso conveniente en cada momento y circunstancia.
Resulta que las muchas auditorías que han aprobado las cuentas de tantos bancos y cajas fusionados o engullidos por la crisis no decían la verdad. Mucho tendrían que responder los auditores que dieron por buenos balances que no eran ciertos.
Es lamentable que el Banco de España no cumpliera con su obligación de velar por la salud financiera de los bancos y cajas españoles. El desprestigio de la máxima institución monetaria es tal que en Europa no se creen al ministro Luis de Guindos y le obligan a entregar dos auditorías sobre el estado de nuestra banca con la máxima urgencia. Una condición imprescindible es que los auditores tienen que ser independientes y con matriz de multinacional no española.
Lo peor es esa indiferencia a la verdad que se observa en todas partes y que es especialmente peligrosa cuando se convierte en engaño político. La compañía Enron, una empresa norteamericana distribuidora de energía, tuvo una rápida expansión y beneficios sustanciales. De repente, en octubre de 2001, la compañía declaró pérdidas millonarias y su cotización en bolsa saltó por los aires. La empresa auditora, Arthur Andersen, había redactado informes favorables a cambio de dinero para poder así tapar las pérdidas. En el juicio sobre el caso muchos auditores y ejecutivos de las dos empresas acabaron en la cárcel.
Algo parecido ocurrió en 2008 con la agencia de calificación de riesgos que emitió días antes que Lehman Brothers gozaba de buena saluda. Si ha ocurrido en Estados Unidos, bien podría haber ocurrido en los países europeos, también en España, que ahora están mirando con horror que pueden acercarse al árbol en el que cuelga la soga para un posible ahorcado.
No podemos vivir de verdades oficiales si son engaños solemnes. Desde las cúpulas políticas y financieras europeas hasta los gobiernos de los estados miembros se debe exigir un compromiso con la realidad y una batalla contra la ficción en los temas de dimensión pública. Es peor no saber lo que te ocurre que fabricar hipótesis sobre lo que te puede ocurrir.
Iría bien aquella advertencia de Tucídides y de otros autores clásicos que ponen entre las principales razones por las que se hunden los grandes imperios el orgullo, la arrogancia y la confianza excesiva que viene a ser el engreimiento. Añadiría que la ficción en los temas contables, concretos y medibles es una irresponsabilidad en la que hemos caído todos sin tomarnos la molestia de vigilar al vigilante.
Agustí Colomines
Crecer ¿para què?
“Crecimiento es un concepto general y tenemos que hablar sobre su contenido”. Esto es lo que le espetó Angela Merkel al dar la bienvenida en Alemania al flamante presidente francés Francois Hollande. También pudo expresarse de la misma manera un altermundista como Arcadi Oliveres. Y es que prometer medidas de crecimiento y no decir cuáles es una trampa. Claro que siempre nos queda el recurso de devolver al estatismo y seguir las recetas del Paul Krugman o de nuestro Vicenç Navarro: aumentar el gasto público hasta límites insospechados y resolver la cuestión del paro con la convocatoria de nuevas plazas de funcionarios. Es decir, una receta que, de hecho, no va encaminada a promover el crecimiento sino que es un parche que hundiría aún más economías públicas como la nuestra, que tiene que hacer frente a muchos gastos y, en cambio, tiene pocos ingresos. La situación de la Generalitat de Cataluña es dramática y cada día es más evidente que la única solución es disponer de una capacidad recaudatoria -y si fuera necesario, de endeudamiento- que no tenemos. Sin dinero no puede haber políticas de estímulo a la economía ni se asegura la plena continuidad del estado del bienestar, que es la joya de la corona del catalanismo político desde la época de Valentí Almirall y Prat de la Riba.
¿Crecer para qué? Esta era la pregunta que se hacía el otro día Stefano Puddu en una tertulia convocada por el Instituto Catalán Internacional por la Paz (ICIP). Y su respuesta se parecía bastante al rigorismo que ha implantado Merkel con medidas de austeridad extremas. Ya sé que al señor Puddu la comparación le parecerá ofensiva, pero entre su manera de defender que hay que dejar atrás los modelos de crecimiento que estimulan un cada vez más insostenible consumo de bienes y de energías y la austeridad de Merkel hay más coincidencias de lo que parece. Si el crecimiento desbocado del siglo XX ha llevado a la situación actual, quizás es necesario que antes de repetir el mantra de que saldremos de la crisis con medidas de crecimiento nos planteamos las preguntas correctas: qué crecimiento y qué medidas hay que tomar. Y es que esta crisis económica es múltiple y a mi modesto entender, sistémica, porque afecta al sistema financiero, a la deuda pública y, como ocurre en nuestro caso, a las formas de autogobernarse. Si Grecia vive con desesperación la crisis económica y la irresponsabilidad de los partidos políticos, la situación de Cataluña es más angustiosa: nos jugamos la supervivencia como nación política y hay quien se dedica a tocar la flauta.







