Si la crisis del “modelo Barcelona” ha acabado poniendo al descubierto las debilidades de toda la sociedad, como afirmaba Miquel Puig el pasado sábado, es porque, a pesar de los liftings y la fotogenia mediterránea, su “estructura profunda” era el modelo desarrollista de los 60, adornado, esta vez, de retórica cosmoizquierdosa. En la base del “boom” estaban, otra vez, la construcción y la hostelería, impulsadas ahora también por la inmigración masiva de personal poco cualificado, imprescindible -decían los entendidos- para asegurar las pensiones de los autóctonos. ¿Resultado? Un paro del 25% que afecta especialmente a este colectivo, la dilapidación de empleos de valor añadido y el éxodo de jóvenes preparados para insertarse en una economía basada en la producción y el conocimiento. Ninguna otra ciudad ha vivido tanto tiempo de la fantasía olímpica, olvidando que el dinero no es un valor en sí mismo sino la medida común de los valores, la vara que nos permite poner en diálogo el esfuerzo y las necesidades. Como un abono mal aplicado, el flujo de capital financiero ha quemado escrúpulos de todo tipo, o sea las raíces de la vida social, y el reflujo descubre un desierto de cemento, vidas arruinadas e instituciones podridas. Pero la política no es lo único que está carcomido. El urbanismo y la arquitectura son un desastre irreparable. Un puñado de iconos firmados disimulan cientos de miles de cajas de dormir comercializadas a precios de fantasía que han acabado estrangulando a muchas familias, pero han servido para blanquear millones y financiar las fiestas mayores, públicas y privadas, de algunos políticos municipales. Todo lo que abarcaba el modelo se ha vuelto indigerible: un comercio de precios extractivos y servicio al cliente vejatorio; transportes públicos abandonados al vandalismo y encarecidos en consonancia, una ciudad vieja tomada por el turismo de camiseta y helado. Y más vale callar sobre la enseñanza, que es la madre del cordero, junto con la mal llamada cultura del ocio. Nada de esto es efecto de la crisis, en todo caso es un síntoma y complica la salida.
Se ha dicho que la crisis podría ser una oportunidad para las humanidades. Lo dudo. La gangrena viene de lejos. Cuando me fui a Estados Unidos hace la fruslería de treinta y siete años, un empresario enriquecido por la burbuja inmobiliaria de los primeros años setenta censuró que malgastase una beca (que no era precisamente catalana o española) para estudiar “letras”. Dudo que en este sentido el empresariado haya cambiado mucho desde entonces. Y no es que las carreras de “letras” no deban justificarse, pero ciertamente no con criterios importados de otras esferas. Para decirlo muy esquemáticamente: si se le hubiera sometido a la ley de la oferta y la demanda, ¿alguien cree que la cultura antigua habría sobrevivido la Edad Media y estallado en el humanismo del Renacimiento? ¿Y cómo habría revenido el racionalismo en Occidente si la filosofía se hubiera colgado del gusto popular? ¿Habrían emergido la duda sistemática cartesiana y el principio de Pascal si estos filósofos hubieran sido presionados por cuotas de productividad o criterios de lucro? La filosofía crítica, que abrió la puerta a los avances científicos posteriores, ¿se habría articulado sin la disciplina interior de un hombre sedentario como Kant? ¿Y cómo se habría incorporado a la cultura del inconsciente, abandonado hasta entonces a las patologías histéricas, sin la pasión temeraria de un joven doctor judío en la Viena católica y antisemita de principios del siglo XX? No hablo de obras concretas, sino de las condiciones de posibilidad de advenimientos posteriores, incluyendo los de semiciencias como la economía o las mal llamadas ciencias empresariales. Pero si la filosofía es una ciencia de los límites del conocimiento, sería un error aislarla como disciplina más práctica y, por tanto, más respetable, que el resto de las humanidades. La filología, en tanto que ciencia del lenguaje, es una forma de conocimiento aún más radical, y la literatura, entendida como análisis discursivo del lenguaje que se repliega sobre sí mismo, es una disciplina compleja, que convendría no devaluar con el prejuicio de un modelo matemático universal del conocimiento, que en realidad sólo es aplicable a un orbe mental considerablemente restringido.
¿Producirá la crisis del actual modelo de crecimiento una catarsis y una renovación? Si la importancia del inconsciente en las humanidades -más que en la psicología académica- es que nos pone sobre la pista de un espacio ignorado por los modelos adquiridos y nos alerta de que siempre hay que ir más lejos de los conocimientos establecidos, el hecho convierte a las humanidades en el terreno ideal para adecuar el pensamiento a esta apertura infinita. Como me decía otro empresario -económicamente astuto pero personalmente grosero- para quien trabajé como profesor primerizo en una infecta academia privada de Barcelona: el problema con la literatura, Resina, es que no se acaba nunca.






