Conmemorar la historia, recordar el presente

El pasado 27 de enero fue el 81 aniversario de la liberación de Auschwitz-Birkenau. La fecha ha sido designada Día Internacional en Memoria del Holocausto por las Naciones Unidas. Muchos países y también, naturalmente, la Asamblea General de Naciones Unidas la han conmemorado. En Estados Unidos la Casa Blanca publicó una declaración formularia, comprometiéndose a que “la libertad, la justicia y la dignidad de la persona humana prevalezcan siempre sobre las fuerzas del mal, la tiranía y la opresión”. Este compromiso siempre oportuno podía parecer un ejercicio de cinismo cuatro días después de que agentes federales de ICE (Inmigration and Customs Enforcement) asesinaran a Alex Pretti en las calles de Minneapolis. Pretti era la segunda víctima mortal en pocos días de esta policía que Trump ha desplegado en varias ciudades con la misión de detener a personas sospechosas de haber inmigrado ilegalmente a Estados Unidos, y reprimir las protestas suscitadas por el atropello de los derechos civiles y constitucionales por parte de los agentes.

Otro sentido y otra dimensión tiene esa fecha en Israel y en Alemania, los pueblos protagonistas del horror histórico y en consecuencia los más comprometidos en recordarla, por razones diametralmente opuestas. El día 28 los diputados del Bundestag escuchaban devotamente, muchos de ellos conmovidos, las palabras de la superviviente Tova Friedman sobre el repunte del antisemitismo y la necesidad de recordar la historia.

En Cataluña la efeméride ha pasado prácticamente desapercibida, al menos en la prensa. Apenas ha tenido eco más allá de los actos oficiales en el Parlament, en el Ayuntamiento de Barcelona y algún acto escaso, en Lleida por ejemplo. No es sólo porque el franquismo logró el milagro de simular neutralidad a toro pasado e incluso presumiendo de haber salvado vidas judías por el hecho de dejarles pasar en tránsito hacia Portugal con cuentagotas. Tampoco es solo porque el prestigio de la causa judía ha sufrido un serio batacazo a raíz de la guerra de Gaza, agravada por un estado de opinión decantado por editorialistas exaltados, que en algún caso llegan a equiparar los musulmanes de hoy con los judíos de los años treinta y cuarenta. Ni es solo el abuso de la historia por periodistas que la reducen a una panoplia de recursos para apuntalar sus prejuicios. Quizás haya algo de todo esto, pero el drama, no del olvido sino de la descontextualización y automatización de fragmentos del pasado, radica sobre todo en que, como advertía la escritora Iris Murdoch, la historia, entendida como disciplina académica y como interés y respeto por el pasado, no es sólo una flor reciente, sino una flor muy frágil, amenazada por la tecnología, los estados totalitarios y ciertos aspectos iconoclásticos del pensamiento moderno. Y aún habría que añadir que también se ve amenazada, esta flor estacional, por la iconolatría del pensamiento y del no pensamiento modernos.

Antes de finales del siglo XX y principios del XXI nunca se había instalado en Occidente un culto de la memoria tan prolífico, si no es en la historia de la Iglesia, donde el florilegio de mártires y la mística del santoral dominaron el calendario durante siglos. Ni siquiera la proliferación de monumentos y tumbas al soldado desconocido tras la Primera Guerra Mundial había llegado a constituir en prescripción moral rigurosa el deber de recordar. Ni se había puesto la memoria al servicio de una industria ‘kitsch’ en todo similar a las vidas de santos que llenaban bibliotecas y pinacotecas entre la edad media y el siglo XVII. Basta con mirar el catálogo de Netflix para hacerse una idea de la explosión de la oferta en este género “histórico”. Todo lo que tiene que ver con el nazismo, y en particular con la caza y exterminio de judíos, se ha convertido no sólo en un lugar de memoria, en el sentido que Pierre Nora dio a este término en contraposición al de historia documentada, sino el símbolo por excelencia de la memoria y, por tanto, el sustituto de ésta.

Hay una diferencia decisiva entre conocer y quedar atascado en la historia, o mejor dicho, en la idolatría de la historia. Convertir el Holocausto en un fenómeno irrepresentable, casi metahistórico, y sin embargo hacer su eje de la representación de la modernidad equivale a arrancarlo de la secuencia histórica y elevarlo a la condición de acontecimiento trascendente. Hacer su paradigma del mal radical implica acordar para el pueblo judío la condición de víctima inconmensurable, deshistorizarlo y casi deshumanizarlo en su singularidad. El Holodomor, con un número similar de víctimas torturadas hasta la muerte mediante el hambre decretada administrativamente, palidece en su comparación. Hasta 2006, el exterminio en masa de ucranianos por Stalin no ha sido considerado un genocidio y todavía no universalmente. Quizás porque le falta el aspecto racial o porque no tiene detrás una dimensión teológica y mediática equiparable, o porque la brutalidad de Stalin, a diferencia de la de Hitler, quedó matizada a efectos de propaganda por el triunfo de la Unión Soviética.

El caso es que ritualizar la memoria no sólo ayuda a conservarla, sino que la vuelve conservadora y en este sentido la inutiliza para inocular el presente contra “las fuerzas del mal, la tiranía y la opresión”, que no son sobrenaturales sino perfectamente naturales, repetitivas y casi cotidianas. Hannah Arendt lo entendió perfectamente cuando, resaltando la mediocridad de Adolf Eichmann, habló de la ‘banalidad del mal’, lo que irritó a mucha gente que quería ver en él la personificación del mal absoluto. Salvo el proceso transformador de la historia, las conmemoraciones acompañadas de la exhortación a recordar, a recordar unas mismas imágenes icónicas y con los mismos efectos estipulados, pueden celebrarse en paralelo con los hechos crudos que se producen fuera de la memoria y antes de ser historia, porque son la historia no procesada del presente. Los criminales bombardeos de una Franja de Gaza completamente derruida, continuados durante el cínico “alto el fuego”; la penuria impuesta a la población; la expropiación violenta de los palestinos de Jerusalén Este y de Cisjordania; pero también el martirio diario de la población de Ucrania; los crímenes contra la humanidad en determinados países islámicos; las guerras civiles africanas con masacres de pueblos enteros; o, por qué no, el atentado contra el estado de derecho en Estados Unidos, donde el absolutismo instalado en las tres ramas del gobierno y la tiranía personal de un presidente sin límites a su capricho se meten con todo el mundo que se atreva a oponer resistencia por escasa y simbólica que sea. De estos hechos, los editorialistas y los tertulianos catalanes hablan bastante, pues ideológicamente son habas contadas, pero lo que dicen parece transcrito de un teletipo. Como dice Michel Houellebecq de los opinadores franceses en una de sus demoledoras novelas, la angustiosa uniformidad de sus indignaciones y de sus entusiasmos son perfectamente previsibles. “Los editorialistas y los grandes testigos desfilaban como inútiles marionetas europeas, los cretinos sucedían a los cretinos, congratulándose de la pertenencia y de la moralidad de sus opiniones”. 

La historia era otra cosa: un relato interpretativo vacilante, lleno de incógnitas y de valoraciones provisionales, interinas; un esfuerzo de alcanzar la verdad del pasado, que por ser verdad ya era moral, sin necesidad de inyectar en los hechos una moral preformada de mil usos.

Considerar el presente a la luz de la historia no significa resucitar los fantasmas del pasado y proyectarlos en los actores actuales. La historia ayuda a veces a comprender mediante analogías, nunca con identidades. Y quien es prisionero de un paradigma inmovilizado en el tiempo ve pasar la realidad como un filme de dibujos animados proyectado en un bucle sin fin.   

EL MÓN