Carta al director de VilaWeb

En este artículo Joan Ramon Resina se despide de su colaboración en VilaWeb después de casi diez años de escribir en el diario

Stanford, 16 de noviembre de 2025

Señor director,

Confieso que estaba tentado de escribir “Monsieur le directeur” en la dirección, porque me ha venido a la cabeza su admiración por Albert Camus y la influencia que en su diario tiene el ejemplo de ‘Combat’. Sólo que esta vez usted se encuentra en la posición de Jean-Paul Sartre como fundador y alma de la publicación que dirige. Ni que decir tiene que el paralelismo es estrictamente formal. No tengo ni la vanidad de compararme con el autor de ‘El hombre rebelde’ ni la ingenuidad de compararle con el editor de ‘Les Temps Modernes’. Sin embargo, con la respuesta que me ha hecho llegar mediante la editorial de VilaWeb, me ha recordado el gesto de Sartre hacia su viejo amigo, cuando Camus cometió la indiscreción de publicar un ensayo que impugnaba la variante marxista del existencialismo propagada por la revista. Con su respuesta ha hecho aflorar, y me obliga a hacerlo a mí también, la falta de sintonía que algunos lectores ya habían observado, pero que quedaba tácita con buen criterio por un lado y por otro. Pero, habiendo decidido hacerse solidario de un ultraje, me aboca a decir, como Martín Lutero en la ocasión que recordaba hace poco: “No puedo hacer otra cosa; ¡esta es mi postura!”.

Habría podido empezar esta carta con las palabras de Camus: “Voy a tomar pretexto del artículo que bajo un título irónico me ha consagrado su revista para someter a sus lectores algunas observaciones sobre el método intelectual y la actitud de que es testigo este artículo”. Camus se refería a la recensión hostil que un miembro del equipo editorial de ‘Les Temps Modernes’, Francis Jeanson, había hecho de su libro. Detrás de ese escritor de segunda fila se escondía Sartre, y Camus, obviando el intermediario, respondía directamente al responsable. Permítanme pues que yo también destierre las formalidades e ignore la comunicación de la editora de su diario informándome de que la decisión de validar el dicterio de un lector la había tomado todo el equipo directivo. Si yo tomo pretexto de este hecho para someter a sus lectores algunas observaciones sobre el método intelectual y la actitud que revela esta comunicación, es porque usted ha tomado pretexto del exabrupto de un lector para hacerme saber cuál es el encaje de mi colaboración en el diario.

En su decálogo editorial existe una norma de decoro para los comentarios con la obligación de basar la crítica, cualquier crítica, en argumentos. La semana pasada alerté de un “comentario” que me tildaba de islamófobo sin apariencia alguna de argumentación. Por poco objetivo que sea, cualquier lector convendrá que la intención del comentario no es interpretable. Ni abría espacio de debate alguno ni tenía otra voluntad que desacreditar a la persona. Porque sí, gratuitamente. Usted ha determinado que el comentario se ajustaba a la deontología del diario y de esta forma se pone al nivel del infamador. 

Me propuso magnánimamente, es cierto, discutir sobre el significado de la palabra “islamófobo”. Señor director, me perdonará que no acepte discutir sobre el sexo de los ángeles. Sartre también quiso hacer juegos de manos semánticos para acusar a Camus de terrorista, precisamente cuando éste acababa de condenar la violencia que Sartre defendía en nombre de la dialéctica de la historia. Terrorista, islamófobo… La terminología importa menos que la intención de desanimar para ganar el debate. Cada época delimita el terreno de liza de acuerdo con la cultura dominante, y Sartre jugaba, como usted, la carta progresista cuando acusaba a Camus de escorarse a la derecha. El pecado, mortal en el ambiente parisino de los años cincuenta, era haberse distanciado del marxismo, lo que convertía a Camus en un paria en los cenáculos de la izquierda bienpensante. Hoy el marxismo ha sido relevado por la corrección política. Este catecismo pleno de generalidades es la cobertura ideológica de una izquierda huérfana de doctrina y sumida en contradicciones.

Camus reprochaba a Sartre que su hombre de paja era incapaz de ver la frontera entre una persona de derechas y un crítico del marxismo dogmático. Ahora la incapacidad de distinguir entre la crítica de la teocracia y la política de la extrema derecha se ha convertido en un rasgo del progresismo que se cree legitimado para lanzar excomuniones democráticas. Sartre, en su cruzada contra el burgués, se comprometía defendiendo la Unión Soviética cuando ya era imposible ignorar el Gulag. A veces, leyendo sus editoriales me he preguntado si no sufre una fijación similar haciendo de la alcaldesa de Ripoll un ogro mientras cierra los ojos ante la carga política de una religión que aspira a imponer sus jerarquías (especialmente la de género) y sus costumbres, si es necesario con violencia. 

Así como Camus recordaba a Sartre que él no compartía cama con la derecha francesa, me veo obligado a llamarle la atención sobre el error de dedicarme el calificativo de islamófobo hoy asociado a la extrema derecha y el neofascismo. Por pulcritud intelectual y juego limpio democrático, me parece inexcusable recordarle que el rasgo más identificador y condición necesaria del fascismo es el recurso a la violencia. Si la distancia física y la escasez de información directa no me inducen a engaño, yo diría que hasta ahora Aliança Catalana ha sido más objeto de violencia que sujeto. Ocurre que la actitud anti es el reverso de la moneda. Tesis y antítesis son la cara y la cruz de la polarización.

Que la religión islámica entre en las instituciones y reorganice la vida de la colectividad debería preocupar a quien ha vivido bajo el nacionalcatolicismo, una síntesis relativamente inocua comparada con la de los países donde ha triunfado la revolución islámica. La aprensión puede parecer exagerada, pues las sociedades generalmente se transforman a un ritmo más lento que el de la vida humana. Pero, como es evidente con el calentamiento del planeta, negar el cambio no consigue más que aumentar el riesgo. Pronto hará veinte que años Walter Laqueur, uno de los historiadores más eminentes sobre la Europa de posguerra, advirtió del futuro musulmán de Europa en ‘The Last Days of Europe. Epitaph for an Old Continent’. Desde la publicación del libro se han islamizado barrios enteros de las principales ciudades de Europa y como subproducto de esta transformación se han perpetrado asesinatos y atentados, algunos tan espectaculares como los de París, Madrid, Barcelona o Bruselas. No cabe duda, y es falaz pretender lo contrario, que la gran mayoría de los residentes musulmanes en Europa viven pacíficamente, pero también es verdad que muchos viven en ella sin voluntad de integrarse. La continua afluencia y la natalidad superior a la de los autóctonos transforma el paisaje urbano y también el rural de áreas cada vez más extensas. August Compte, el padre de la sociología moderna, dijo que la demografía es el destino. Ignorar esta obviedad en un país con uno de los índices de natalidad más bajos del mundo y donde los habitantes de raíz autóctona son ya minoría es una inconsciencia que sólo se explica por el doctrinarismo.

A principios del siglo, Xavier Rubert de Ventós criticaba que alguien quisiera la fuerza de trabajo de los inmigrantes pero no su ADN. Ningún país está obligado a aceptar inmigrantes, pero por coherencia si importa trabajadores no puede rechazar su herencia biológica. El racismo nunca es admisible, pues la humanidad es común a todos. Pero en ningún sitio está escrito que con la fuerza de trabajo también se tengan que asumir las costumbres, la idiosincrasia y los prejuicios de quienes cambian de país por voluntad propia.

Una lectura honesta de mi artículo podría dar pie a tacharme de ateo o de racionalista, es decir, de antirreligioso, algo que no soy en el sentido literal del prefijo. Criticaba la agresividad histórica del cristianismo con igual vehemencia que la del islam. Si no mencionaba el judaísmo es porque no es una fe proselitista, pero puede incluirse en la crítica en la medida en que en la antigüedad y también actualmente religión y Estado confluyen en la política de Israel. Esto mismo vale para otras creencias, como el budismo, el hinduismo o el sijismo. En este punto vale la pena leer el libro de Mark Juergensmeyer ‘Terror in the Mind of God’. En mi artículo decía que si los musulmanes de Occidente se comportaran con la misma indiferencia que los católicos hacia las prescripciones canónicas y los dogmas de fe, no habría motivo para inquietarse. En cuanto a la doctrina agresiva que se imparte en muchas mezquitas, encuentro su diario bastante deficitario en información. En VilaWeb, más que el razonamiento inductivo a partir de la información disponible, frecuenta el procedimiento deductivo con citas y opiniones elegidas para autorizar la tesis bendecida de antemano. Echo de menos, por ejemplo, una reflexión sobre el aviso de Amin Maalouf sobre el peligro de un islam resentido por el triunfo histórico de Occidente, o las conclusiones del historiador de Oriente Medio Bernard Lewis. Y en un plano más personal, las reflexiones de Irshad Manji por una reforma del islam que por ahora no parecen haber abierto mucho camino. O las denuncias de Ayaan Hirsi Ali, refugiada somalí y ex-diputada en el parlamento neerlandés, de donde tuvo que huir amenazada de muerte por haber colaborado en el documental ‘Sumisión’ con Theo van Gogh, el cual fue asesinado en represalia por la película. Trasladada a Estados Unidos, creó la Fundación AHA para apoyar a los apóstatas del islam y combatir la mutilación genital, que sufrió en su persona, los matrimonios forzados y en general para defender las libertades occidentales del extremismo islámico. No hace falta decir que ha sido tildada de islamófoba.

No quisiera abusar de su paciencia ni de la de los lectores. Me despido recordando con agradecimiento que la primera vez que me publicó un artículo me dijo que era un honor para usted. En justa correspondencia, le aseguro que para mí ha sido un honor colaborar con su diario, no tanto por lo que he podido decir con más o menos acierto siguiendo el hilo de los acontecimientos, pues la relevancia de los temas periodísticos es extremadamente efímera, como por haber podido decirlo procurando no abusar de la prolijidad académica pero sin descuidar la exigencia formal. Acabo confiando en que, haciendo honor a la condescendencia que ha tenido no censurando mis artículos, tal y como me recordaba antes, tampoco tendrá ningún inconveniente en publicar esta carta.

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