Borrar la memoria

Àngel Guimerà, autor dramático y poeta, no es tan conocido como patriota con una clara conciencia nacional de Països Catalans, patriotismo que empapa poemas, himnos y conferencias. Se le atribuye esta frase: “La lengua y la memoria son los botines más preciados a la hora de someter a un pueblo”. En 1895 dio el discurso inaugural del Ateneo Barcelonés en catalán, hecho que escandalizó no al pueblo, catalanohablante, sino a las élites económicas de la capital que ya habían hecho dimisión lingüística de clase. Y dijo: “Cuando un pueblo ha perdido la memoria, ha perdido la conciencia de sí mismo”. Lengua nacional y memoria colectiva son dos puntales básicos en la identidad de un pueblo. Y tanto una como otra son factores estrictamente culturales, no reservados sólo a los autóctonos, sino abiertos a la incorporación de nuevos miembros a la comunidad del “nosotros”. Una lengua se puede aprender, con independencia del color de la piel o el origen geográfico de los hablantes, y, en una nueva cultura, puedes incorporarte, sobre todo si se facilita el camino para hacerlo con normalidad. Por eso, en nuestro país y en todos los países en situación de opresión nacional, las fuerzas coloniales, imperialistas, opresoras persiguen la lengua y pretenden borrar la memoria de los oprimidos o colonizados.

Después de la batalla de Almansa (1707) Felipe V ordenó: “Picad todos los escudos del Reino que hay en las murallas, para que un día olviden que fueron valencianos y libres”. Más claro, agua. Los opresores siempre tienen claro su papel, más que los oprimidos, porque si lo tuvieran habrían reaccionado y dejado de serlo. La afirmación del Borbón de turno afecta, en primer lugar, a la identidad y, después, también a la condición de pueblo libre. Cuando la memoria de esta doble condición se pierde, borra o manipula, es más fácil perpetuar la opresión nacional. Por el contrario, un pueblo que fue libre y sabe cuál es su identidad colectiva, un pueblo con memoria nacional, puede querer volver a ser lo que fue. La proximidad del 25 de abril, oficialmente Día de las Cortes Valencianas, que las Cortes actuales con mayoría españolista y de ultraderecha no han querido celebrar, es un magnífico ejemplo de cómo los colonizadores tienen claro que, borrada la memoria, marginada la lengua y sin conciencia nacional, somos simples provincias y por eso hay que borrarlo todo. El objetivo de la derecha española, a menudo con el silencio cómplice y cobarde de la autodenominada izquierda española, es hacer desaparecer tanto la lengua catalana como la memoria colectiva de la comunidad humana que la tiene como propia. De ahí la decisión reciente de las autoridades aragonesas contra el catalán en la Franja. Suelen hacerlo con el falso argumento de la “imposición”, como si la lengua propia de un territorio pudiera imponerse allí donde hace siglos que las familias la hablan cada día del mundo, escondiendo así que la de verdad impuesta es otra. ¿Alguien se atrevería a hablar de imposición del francés en Francia, del español en España o del alemán en Alemania? Combatir el nombre de la lengua también es combatir su unidad y la historia común y compartida que representa.

Es muy significativo que la persecución, la minorización y la marginación diaria del catalán en todo el territorio no haya hecho levantar nunca la voz de protesta, no ya de las asociaciones que tienen la cara de presentarse como bilingüistas sin serlo, ya que sólo luchan por la supremacía del español, sino tampoco de los partidos que se llaman y se creen progresistas como el PSOE, Sumar, Podemos y sus marcas blancas catalanas sin excepción alguna. Su credibilidad es inexistente y la sinceridad de sus planteamientos oficiales tiene la duración del agua en una cesta de mimbre. Una de las primeras prioridades de la alianza PP-Vox ha sido, en el País Valenciano y en las Islas Baleares, eliminar las leyes de memoria histórica que habían promovido gobiernos progresistas anteriores. Ellos saben muy bien lo que se hacen. Porque la memoria lo recoge todo: los días gloriosos y las horas adversas y los opresores no quieren que recordemos ni lo uno ni lo otro. Ahora más que nunca es bueno tener presente aquella reflexión del checo Milan Kundera: “Para borrar los pueblos se empieza por privarlos de su memoria. Desprecian tus libros, tu cultura, tu historia. Alguien escribe otros, les da otra cultura, se inventa otra historia Y después, la gente empieza a olvidar, poco a poco, lo que son y lo que fueron. Y los de alrededor todavía lo olvidarán más rápido”. No podemos permitir que esto nos ocurra a nosotros, porque sin memoria y sin lengua no somos nada, tan sólo unas simples provincias de España y Francia.

EL PUNT-AVUI