Impresionó la imaginación inglesa sin tener ninguno de los atributos británicos. Barroco, inflamado, retórico, escritor de insufribles novelas de caballeros y princesas, único primer ministro judío del Reino Unido, 1874/1880, anglicano de religión, conservador, viudo y amigo de la reina Victoria, también viuda, de quien tuvo toda la confianza. Cuando murió, ella le envió “las flores que él quería”. Sin éxitos políticos notables: la conquista de Chipre y de las islas Fiji y el control de Suez por la compra de las acciones de la sociedad explotadora del canal en dificultades económicas, impulsor de la guerra de invasión de Afganistán (algún día se ‘deberá investigar por qué todos los imperios: Reino Unido, URSS, EEUU… invaden Afganistán) para “proteger” la India, entonces una única nación con Pakistán, con nulo resultado económico y fracaso militar… ha pasado a la historia, en el cenit del Imperio Británico, como un gran político que posiblemente no fue.
El pragmatismo británico le acabó dando la espalda y lo sustituyó por Gladstone, un político liberal preocupado más por la sociedad que por el imperio, con voluntad de utilizar la política para resolver los problemas de la gente más que para acumular poder, imagen y gloria… Era Disraeli un hombre listo, astuto, tenaz, culto, con ambición política, sarcástico, luchador, que a través de una larga vida -fue primer ministro con 70 años-, llegó a ser por un corto período -la democracia inglesa obliga a la alternancia- el hombre más poderoso de Occidente…
Se casó con una mujer rica, doce años mayor que él, que le permitió dedicarse a la política con pasión y ambición y sin los problemas derivados del dinero. Tenía voluntad de ser y formas de aristócrata, consiguió que la reina le hiciera lord, único primer ministro en la historia del Reino Unido ennoblecido por la corona, y se compró una propiedad y un castillo para redondear su entrada en la aristocracia que tanto había soñado y admirado a través de sus novelas y de sus amistades.
Nunca tuvo aprecio alguno por la clase media y trabajadora, pero sus leyes de salud y de trabajo mejoraron sus condiciones de vida. Pasa como con sus novelas, los protagonistas no son reales, son personajes increíbles y hasta ridículos por lo que hacen y dicen y son los personajes secundarios los que reflejan la fuerza y la realidad de las personas reales de la sociedad de la época. Para Disraeli lo accesorio es real y lo principal, ilusión y apariencia.
Es posible que este carácter sea una muestra de su inteligencia y la razón de la prudencia que siempre rodeó su política.
No fue la voluntad del estadista la que le llevó a trascender la proximidad de la política, sino su concepción del mundo y del poder reflejado en imagen, presencia y prestigio que en definitiva representaban poco. Coetáneo de Bismark, estuvo lejos de su visión política, y sin la inconsistencia y la volatilidad de Napoleón III, no aprovechó lo suficiente la fuerza del imperio porque, siguiendo la tradición británica, prefirió mantener el equilibrio de poder en el continente y dedicar aquel a aumentar el comercio y las rentas de las colonias.
De joven ingresó en un grupo de aristócratas terratenientes del Partido Conservador, la Joven Inglaterra, que pretendían defender la mejor gestión y la mayor estabilidad que esta clase aristocrática aportaría a la política. El éxito en el Parlamento, su oratoria y retórica fue siempre aguda y brillante, le llevan, sin experiencia económica, a ser nombrado canciller del Exchequer, ministro de Economía y Hacienda, en 1856, en el gobierno de lord Derby. Impulsa el libre comercio y se opone con acierto a las leyes proteccionistas. El fracaso en la aprobación del presupuesto de 1868 le hace primer ministro por unos meses, pero no es hasta 1874, después de una gran victoria conservadora, cuando llega su momento político.
La comparación del Reino Unido y España en el siglo XIX es abrumadora: la democracia y el autoritarismo, unos conservadores prudentes y tolerantes y unos caciques que llegan a reintroducir la Inquisición, la confrontación política de las ideas y la de la fuerza y la guerra, el mantenimiento de un imperio bien administrado y progresivamente liberado del control de la metrópoli y uno retenido por la fuerza hasta su repentina independencia…
Ha pasado un siglo, España ha mejorado pero todavía le falta camino por recorrer. ¿Por qué le cuesta tanto aprender las lecciones de la historia?
EL PUNT – AVUI







