Arnaud Miranda: “La neorreacción puede ser más importante que el trumpismo para el futuro”

Arnaud Miranda explica las ideas y el programa político de la autollamada “Ilustración oscura”, muy influyente en el segundo mandato de Trump

Arnaud Miranda (Clermont-Ferrand, 1997) es doctor en Teoría Política asociado al Centro de Investigaciones Políticas de Sciences Po. Cuando encajamos la mano en una sala de CIDOB, me impresiona su juventud y pienso que debe haber una relación triste entre el hecho de pertenecer a la generación Z y que su interés sea el concepto de decadencia en el pensamiento contemporáneo. Lo que jamás hubiera imaginado Miranda es que los filósofos oscuros que hace años que lee se desplazarían de la marginalidad hasta el centro de la administración Trump gracias a algunos multimillonarios de Silicon Valley. ‘En La ilustración oscura’, Miranda hace un mapa claro y sistemático de una corriente liderada por intelectuales como Curtis Yarvin y Nick Land que se han autodenominado «Ilustración oscura» o «neoreacción», defensores de ideas a la vez antiguas e hipermodernas como derrocar la democracia.

-¿Qué diferencia a los reaccionarios de los conservadores?

-Es necesario distinguir entre estas familias de derechas. El conservadurismo está basado en la idea de conservar, en la estabilidad política. Se trata de preservar valores tradicionales en un marco no necesariamente ideal. Aunque no sea demócrata convencido, cuando un conservador vive en democracia intenta defender valores sin subvertir a la democracia. En cambio, el reaccionario considera que es demasiado tarde para preservar los valores tradicionales y es necesario cargarse el marco político. El fascismo italiano o el nazismo son ejemplos reaccionarios porque refundaron el orden político.

-Si las corrientes reaccionarias han fluido enterradas desde la derrota del fascismo, ¿qué hace que ahora afloren?

-La diferencia más determinante es la que existe entre el contexto de Sillicon Valley y el mundo en el que aparece el fascismo europeo clásico. El pensamiento neorreaccionario tiene dos elementos novedosos. Una visión positiva de la técnica que va mucho más lejos que la del fascismo: la idea ahora es acelerar la innovación, hasta el punto de defender el transhumanismo. Y el otro elemento es la herencia de la tradición libertariana. El resultado es que la neorreacción no quiere reconstruir un sistema tradicional, como las antiguas extremas derechas, sino fundar un estado-empresa de inspiración libertariana. 

-El trumpismo nace con el nacionalpopulismo de Steve Bannon, que reivindica la masa empobrecida. ¿Por qué los intelectuales de la corte del segundo mandato defienden ideas explícitamente elitistas?

-Efectivamente, la neorreacción es explícitamente elitista. Pero en el fascismo, sobre todo en el nazismo, ya existía una mezcla entre facciones aristocráticas y de otros populistas. Es una ambigüedad que confronta cualquier movimiento de masas de extrema derecha. Como dices, el trumpismo se construye sobre una base nacionalpopulista que Steve Bannon fabrica domesticando y adaptando ideas del supremacismo blanco de Richard Spencer; esto es el alto-right. Y el nacionalpopulismo es mucho más fácil de explicar que la neorreacción: la idea es que hay un pueblo sano que ha sido traicionado por las élites y que se encuentra amenazado por un pueblo extranjero, y es necesario dar voz a este agravio. Esto es la base del trumpismo, pero durante el primer mandato de Trump vemos que esta corriente se demuestra incapaz de gobernar la política americana, Bannon es expulsado de la administración Trump a las pocas semanas y enseguida se instalan en el poder los conservadores más tradicionales. El alto-right culmina en el ataque al capitolio, que demuestra un fracaso para estructurar el poder.

-Esto abre el espacio a la neorreacción que describes, que no se corresponde ni con el antiguo conservadurismo, ni con un populismo que fracasa cuando debe gobernar. 

-Hay varios actores, el más influyente es Peter Thiel, que intentan renovar la base ideológica del trumpismo tras las limitaciones del primer mandato, y movilizan dos corrientes que ya existían a finales de 2010: el postliberalismo católico, que evoluciona de movimiento conservador a movimiento reaccionario, y los neoreaccionarios, que son los que estudio. Hemos pasado del nacionalpopulismo al elitismo neorreaccionario por una necesidad práctica: es necesaria una ideología capaz de gobernar cuando la derecha llega al poder. En cuanto a la estrategia, los autores neorreaccionarios teorizan lo que Curtis Yarvin llama «pasivismo», en oposición al activismo, que consiste en evitar el activismo público y dedicarse a elaborar ideas y redes discretas de una contraelite, esperando una crisis u ocasión propicia para sustituir el orden democrático sin activar. El tema no es convencer a las masas de que se sumen a las ideas, sino que una élite intelectual cohesionada pueda cargarse aspectos y actores clave del antiguo sistema. No sólo el discurso es elitista, también lo es la estrategia de conquista.

-¿Y cómo puede persuadir a la mayoría un movimiento deliberadamente antidemocrático y elitista? Cuando escribe ‘El príncipe’, Maquiavelo sabe que sólo le leerá la corte, pero esa gente lo pone todo en Internet.

-No debemos imaginar Internet como un espacio horizontal y libre. Una de las principales luchas de Yarvin es reestructurar Internet para convertirlo en un espacio feudal. En Internet no todo es accesible, y existen comunidades elegidas. Estas ideas se desarrollaron en blogs y foros oscuros. A partir de 2014, cuando Twitter estalla como canal de discusión política, hace que la difusión de estas ideas entre las masas sea menos estructurada y que el componente elitista parezca diluido. Sin embargo, con el paso de Twitter a X, el elitismo se hace más explícito. Y también contribuye el auge de los boletines como ‘Substack’, que recuperan el ambiente parcelado del Internet de los blogs. Si estudias la composición de los lectores de estos artículos no es nada popular. Los principales destinatarios son ingenieros de Silicon Valley.

-Empiezo preguntándote por Land, que es menos conocido que Yarvin, pero tú lo has estudiado mucho. 

-La gracia de Land es que viene de la izquierda. Es lector de Marx, Deleuze y Bataille. En los noventa, Land concibe el capitalismo como proceso de autodestrucción que se acabará superando a sí mismo, que es una idea que ya está presente en Marx. Como pensador de izquierdas, su idea no es frenar al capitalismo, sino liberar su potencial disruptivo. El aceleracionismo de izquierdas, del que Land es pionero, dice que el objetivo debe ser producir un futuro nuevo que aumente la potencialidad humana desencadenando la multiplicidad y la diferencia. Y esto ocurre por la destrucción de la política como la conocemos. Pero Land lo va reinterpretando hacia la derecha cuando se despide de la universidad y comienza a trabajar de periodista en Shanghai. Las ciudades asiáticas le fascinan, encuentra un motor del capitalismo, y él justamente busca la forma política que menos frenará el desarrollo capitalista. Entonces rechaza a la izquierda, porque la encuentra conservadora. Se interesa por el libertarianismo, que limitaría la fuerza del Estado, pero también lo encuentra demasiado utópico y, por tanto, ineficaz. Y finalmente llega a los blogs de Yarvin en los que encuentra la estrategia más plausible para llevar el libertarianismo al poder y conseguir el objetivo de cargarse los frenos estatales que contienen el poder revolucionario del capitalismo. En la neorreacción que propone Yarvin, Land encuentra un medio para acelerar la llegada del futuro. Hay que entender que Land, aparte de filósofo, es también autor de ciencia ficción, y él quiere ver la llegada del futuro con sus propios ojos.

-¿De qué le sirve a un movimiento político este componente literario de la ciencia ficción: no es simple pornografía filosófica?

-Ésta es una cuestión que me fascina. Hay que entender que Land llega a la neorreacción desde una lectura muy heterodoxa de filósofos de izquierdas, y que muchas figuras del mundo de la tecnología de Silicon Valley llegan a la neorreacción a través de Land. Para los tecnólogos, la ciencia ficción es muy importante. Marc Andreessen , uno de los milmillonarios y fundador de uno de los fondos de capital riesgo más influyente de Silicon Valley, también comienza definiéndose como aceleracionista, y también quiere proyectarse hacia el futuro transhumanista. Dicho esto, la tradición de leer en paralelo la ficción y la política tiene un pedigrí muy antiguo en la historia del pensamiento político. Existe una tradición misológica, de odio a la razón, que cree debe haber una relación terrorista entre el pensamiento y la literatura, que en la filosofía francesa ha sido muy importante: Sartre, Blanchot, Bataille. Cuando Land juega con esto, lo hace muy consciente puesto de que ocupan estas ideas en la historia del pensamiento. En cambio, Yarvin u otros neorreaccionarios son más laxos y autodidactas.

-Yarvin es la figura central de la neorreacción, que J.D. Vance admira y que ha asesorado directamente a la segunda administración Trump. ¿Cómo puede un libertariano acabar defendiendo que la monarquía garantizará la mejor libertad que la democracia?

-Esto es más fácil de contar. La idea fundamental de la neorreacción es que existe una desigualdad fundamental entre los individuos. Y los libertarianos creen también que su filosofía sólo puede ser comprendida por individuos racionales, con un coeficiente intelectual elevado y al que la mayoría de la población no llega. Para ellos, la democracia es una máquina para producir consentimiento entre la población menos inteligente comprándola con medidas de justicia social. Por eso la democracia es su peor enemigo. Un libro muy importante de esta transformación es ‘Democracy, a god that failed’, donde ya está explícito que, para los libertarianos, lo ideal es suprimir el Estado del todo, pero si hay que elegir entre democracia y monarquía, escogen monarquía. Ahora bien, cuando hablan de monarquía, los neorreaccionarios no quieren defender a los reyes medievales, sino el hecho de que debe haber una autoridad absolutamente soberana que garantice la seguridad y al mismo tiempo limite el alcance del Estado. Más que la idea de monarquía, que utilizan para provocar, yo creo que el concepto clave es el de Estado-empresa. Para los neorreaccionarios, el Estado no es más que una empresa. Y la mejor forma de organizar una empresa es la que ha tenido éxito en Silicon Valley: con un CEO que tenga todos los poderes.

-Cierta izquierda radical contemporánea coincide con un argumento de Yarvin: reivindicar a Roosevelt como el ejemplo de un presidente que aprovechó la concentración del poder ejecutivo sin frentes burocráticos para impulsar el New Deal, una de las reformas igualitarias más exitosas del siglo XX. ¿Tú cómo crees que es necesario resolver esta tensión?

-Yarvin recupera a Roosevelt como un panfleto. Lo llama «el último dictador». Y justamente quiere impedir que la izquierda recupere esa figura. Yo creo que el reto para defender la democracia es no ceder a la presión por la eficacia. Por eso creo que el lenguaje político es fundamental. Aceptar el marco de la eficacia hace imposible defender a la democracia en sus propios criterios. Mi libro quiere mostrar que el trumpismo no es unitario, que hay contradicciones muy fuertes en su interior. Y, justamente, el marco de la eficacia es un espejo que desvela las contradicciones entre los tecnólogos, los conservadores cristianos, los populistas, etcétera. Para lo que no tengo respuesta es para la crisis del liberalismo. Ahora mismo la gran novedad del tiempo es que estamos ante un capitalismo explícitamente antiliberal, la idea de Peter Thiel que dice que ya no cree en un capitalismo de la competencia. Y el reto por resistir estas ideas desde posiciones democráticas nos lleva a preguntarnos qué hacer del liberalismo. En el pasado, los demócratas habían hecho una crítica legítima del liberalismo, como señalar los aspectos problemáticos de la globalización descontrolada. Pero ahora que los grandes capitalistas critican el liberalismo frontalmente, creo que hay que replantearnos cómo preservar algo del liberalismo, a pesar de que se le puedan hacer legítimas críticas. La izquierda criticó los abusos del liberalismo con mucha razón, pero el liberalismo tal y como aparece en la Ilustración contiene elementos clave para defender la democracia. Lo cierto es que yo no sé resolver esa tensión.

-Sabemos reconocer visual y ambientalmente cómo gana el fascismo. ¿Cómo sabremos que el neorreaccionarismo va ganando?

Las ideas no hacen al mundo. El éxito de la neorreacción ilustra un fenómeno político real: la alianza entre las cabezas de las tecnológicas y los movimientos de extrema derecha. Esto puede llamarse iliberalismo tecnológico, y yo creo que hay que estar atento a este elemento porque la neorreacción puede sobrevivir al trumpismo y ser mucho más determinante para el futuro. Creo que el futuro que imagina la neorreacción lo veremos si incrementa la simbiosis entre las grandes tecnológicas y los gobiernos que intentan deshacer los controles burocráticos y los frenos democráticos. Palantir y Elon Musk tienen cada vez una importancia más desmedida en las líneas que toma la política industrial americana. El capitalismo iliberal no sólo quiere conquistar mercados, sino privatizar el gobierno. Y esto es muy distinto al neoliberalismo que hemos conocido desde los años 80. Ya no hay colaboración entre Estado y sector privado, ahora el objetivo es que las empresas coopten del todo al Estado. Esto lo muestra muy bien Quinn Slobodian en su libro sobre el ‘Muskismo’, que es un nuevo modelo político e industrial distinto del fordismo. El éxito de la neorreacción es un testimonio de estas transformaciones.

-Todo esto que estamos discutiendo es muy americano. A los europeos, que no tenemos empresas ni poder tecnológico comparables, ¿cómo nos afecta todo esto?

-Éste es justamente el problema que tienen las extremas derechas europeas. Giorgia Meloni quiso casarse con el trumpismo, pero el imperialismo americano le ha obligado a dar marcha atrás. Lo mismo ha ocurrido con la extrema derecha francesa. Esta grieta afectará a las extremas derechas en los próximos años, porque no puedes estar a favor de la desregulación tecnológica y de la soberanía europea al mismo tiempo, es una contradicción fundamental.

-En la última página del libro pones esta citación de Camus: “el demócrata es modesto, reconoce parte de su ignorancia, acepta en parte el carácter aventurero de su esfuerzo y que no todo le es dado. Y a partir de ese reconocimiento, sabe que tiene necesidad de consultar a los demás, de complementar lo que sabe con lo que ellos saben”.

-Más allá de todas las amenazas a la democracia, creo que la voluntad radical de la neorreacción es destruir la política. Es la fantasía de un mundo en el que el hecho político haya desaparecido. Y, a pesar de todas las divergencias que puede haber en un marco democrático, desde un conservador a un radical de izquierdas, me parece fundamental la idea de que podemos imaginar la posibilidad de cambiar de opinión a pesar del conflicto político. Esto que Camus nos hace ver tan bien cuando habla de modestia. Y esto no significa ser tolerante con ideas inaceptables ni renunciar a las convicciones, sino que cuando entras en la esfera pública, te haces preguntas que te llevan a cuestionarte ciertas cosas. Para mí esto es un principio antropológico fundamental que espero que la mayoría de los lectores comparta, y es clave para luchar contra las ideas de la neorreacción.

NÚVOL

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