La Argentina es un país fascinante abocado al desastre. Ahora mismo corre una metáfora: van en un coche a toda velocidad, con las puertas trabadas, conducido por principiantes y bordeando un abismo. Si este es el diagnóstico, lo peor es constatar que la clase media no espera nada del futuro. Por allí planea una resignación densa, inmutable. Toca una crisis profunda cada diez años, que quiere decir que los sueños siempre tienen fecha de caducidad, pero más que sueños ahora ya son meros cálculos de supervivencia. Aguantar el sostén personal es un reto para expertos: el resto claudica y se deja arrastrar aguas abajo. Y sin embargo el viajero, después de preguntar aquí y allá, después de leer los excelentes periódicos locales, puede sacar algunas conclusiones que, mal que bien, son lecciones contra el populismo, tentador como es con sus recetas fáciles.
La primera advertencia: dejar de pagar la deuda no es inocuo. Argentina, como se sabe, tiene un conflicto abierto con los llamados fondos buitres. Tras el corralito -que empobreció de repente a la población-, el país se declaró en quiebra, pero con los años renegoció el 90% de la deuda y se comprometió a pagar sólo una parte, lo que hizo. El 10% restante no entró en el acuerdo y se vendió a estos fondos especulativos, que ahora reclaman el cobro, avalados por el juez estadounidense Griess. No pagar tiene estas cosas: que tu deuda, convertida en pura basura, vaya a manos de quien puede esperar el momento para exigir su pago. Ahora mismo, por ejemplo, China, que es el gran inversor del Tercer Mundo, pide que Argentina esté en buenas relaciones con el FMI para poner 4.000 millones de dólares en la construcción de una presa en el norte. Quiero decir que no es fácil moverse fuera de los mercados y los mercados tienen reglas. Al margen de que no es moral negar la deuda cuando los mismos ciudadanos aplaudían felices el gasto que se financiaba con aquella deuda.
Como Argentina está fuera de los mercados, se financia emitiendo dinero, una posibilidad que en la Unión Europea no existe. Esto crea una inflación desmesurada, que obliga a renegociar condiciones de trabajo cada pocos meses, lo que a su vez da un poder infinito a los sindicatos. La cesta de la compra se ha encarecido un 50% en un año. El gobierno, para aliviar la situación, incrementó las dotaciones sociales -a fondo perdido- o el subsidio de los suministros, mientras los servicios públicos, estrangulados, se van deteriorando indefectiblemente. Y eso genera más déficit. Con una economía tan tambaleante, mucho trabajo ha pasado al circuito negro: por ejemplo, me encontré con que, en la casa donde me alojaba, iba el peluquero a teñir al ama, porque es más barato que ir a la peluquería. Y los ejemplos podrían multiplicarse.
De modo que estamos ante un país ficticio. La narrativa (el relato) del gobierno es que todo va bien, que no hay que tocar nada y que se está viviendo una “década ganada”, una construcción sólida. Esto es desmentido por todos los analistas, que hacen una detallada explicación de los males presentes y futuros, pero los dos discursos no se tocan. La parte de la población -majoritària- que apoya al peronismo no quiere oír hablar de derrotismo. A cambio, la televisión refleja el ensimismamiento del gobierno, girando en torno a la inseguridad y recreándose en un género que podríamos llamar ‘sangre en la acera’, es decir, sucesos. El mundo, que es percibido como enemigo, no existe. En el fondo, lo que está diciendo esta televisión es que en Argentina no gobiernan las élites: gobierna una extraña casta de militancia peronista y sindical. Empresarios, profesionales, incluso gente de izquierdas, son excluidos del poder. Y los que lo ejercen sólo tienen una ambición: enriquecerse y perpetuarse. Un panorama, como se ve, estrictamente venezolano, el único gobierno amigo de Cristina Kirchner.
Podría seguir, pero no es necesario. Sólo apunto dos conclusiones. La primera, que la política y la realidad son un binomio inseparable y es la conciencia ciudadana el único factor que las mantiene unidas. El populismo se basa precisamente en hacer pasar por realidad lo que es un caramelo envenenado, un somnífero. La segunda conclusión es que la profusión de política social no hace más sana una sociedad -ni siquiera más cohesionada-, si no hay un modelo económico sostenible y un gobierno con ideas y horizonte. La quiebra argentina también es la falta de un discurso progresista que no sabe encontrar su lugar en medio del peronismo. Por cierto, sin mucho eco, 300 personas encontraron fuerzas para construir una V catalana, alegre y animada.
ARA








