De unos años a esta parte la filósofa alemana, y “judía por obligación”, una de las escasas mujeres que asoman tímidamente por las historias de la disciplina sea dicho al pasar, parece haberse convertido en una pensadora clásica, en el campo de la filosofía política, además de una filósofa de moda; salvando las distancias que se hayan de salvar, me recuerda aquella casi necesidad, que hace unos años hacía que cualquier filósofo que se preciase, o que estuviese empeñado en la realización de la tesis doctoral, de citar al “comunicativo” Jürgen Habermas. Pues bien, hoy en día, -más en concreto desde los 80, culminando la fama que venía propulsada desde el famoso juicio a Eichmann en Jerusalem y sus crónicas- parece de buen gusto pasar por las referencias a la autora de la esencial obra sobre los Orígenes del totalitarismo (1951). Sobre su obra mucho se ha escrito, y hablo de memoria (Paolo Flores d´Arcais, Roberto Esposito, Elena Martinez Rubio, Fina Birulés, Martín Jay, Eric J. Hobsbwam, Alain Brossat, Jean-François Lyotard, Arno Münster, Fred Poché, Anne-Marie Roviello, Anna Marsó, André Enegrén, Miguel Abensour…) y más se le ha citado todavía, y sobre su vida no se han escatimado obras: ahí está la canónica de Young-Bruehl, la de Julia Kristeva, la de Laure Adler, la de Volfang Heuer o la de Alois Prinz…y nada digamos en lo que hace a sus amoríos con el maestro Martín Heidegger (Catherine Clément, Elzbieta Ettinger)… Ahora su figura salta a las pantallas, de la mano de Margarethe von Trotta, y sabido es, al menos desde que aquel lo dijese, que una imagen vale más que mil palabras: es decir, al menos el nombre de Hannah Arendt (1906-1975) va a traspasar las fronteras de los pagos académicos, o afines, para darse a conocer al gran público, o al menos a más gran número de gente. Según veo por ahí, y leo a la propia directora del filme, la cinta pivota sobre el juicio a Eichmann y las lecciones que de él extraía la pensadora acerca de la “banalidad del mal”, y la polémica y tergiversaciones que tal visión provocó, con lo que queda claro que la mirada sobre la ensayista Arendt es absolutamente parcial o escorada ya que aun teniendo una innegable importancia dicha obra, y los hechos que la provocaron, decir “Hannah Arendt” es mucho más que eso, pues las polémicas acompañaron su quehacer antes y después de tal episodio. Pero mientras la película llega a las salas de Pirineos abajo (según leo todavía no tiene fecha de estreno ¡bendita piel de toro!), acerquémonos a la pensadora del “vivir juntos”.
“No pertenezco al círculo de los filósofos, mi oficio… es la teoría política… Hace ya bastante tiempo que definitivamente he tomado vacaciones de la filosofía… Podría hablar del 27 de febrero de 1933…; tal fecha fue para mí un choque inmediato y es a partir de ese momento que me sentí responsable… Pero se trataba de un asunto político y no personal… Desde entonces, lo que era en general política se ha convertido en un destino personal”. Con esta claridad se expresaba la pensadora en su Tradición oculta, libro en el que rastreaba la figura del judío como “paria”; ella que afirmaba defenderse como judía cuando era atacada como tal, hubo de defenderse mucho en aquellos “tiempos oscuros” que le tocaron vivir.
Las circunstancias le forzaron a derivar en su quehacer hacia el ámbito de la política, como el modo de “vivir en sociedad”, pero en su obra se mantuvo lejos de las categorizaciones tradicionales y de los encasillamientos habituales entre derecha e izquierda, pues ella trataba de escapar de tales cuadrículas, y sabido es que con tales equilibrios las pedradas llegan de todos los costados: “conservadora” para algunos, “ideóloga de la guerra fría” para los de más allá, o desde otro ángulo, “internacionalista trotskista”, “luxemburguista” (por su admiración a Rosa Luxemburgo) o “consejista” ( por sus encendidos elogios a los consejos obreros de la Hungría de 1956), sin obviar que hasta fue tildada de “anti-semita”; cada cual barriendo para su casa -perece cumplirse a rajatabla aquello que dijese el otro de que “todo es interpretación”- de modo que ciertos ideólogos de la derecha yanki se aprovecharon algunos de sus textos, al tiempo que algunos de los rebeldes de mayo del 68 también la convirtieron en lectura devota.
Su obra de 1951 sobre el “totalitarismo” supuso el punto de inflexión de su obra que hasta entonces había avanzado por los pagos académicos (con una tesis sobre san Agustín dirigida por Karl Jaspers). A partir de entonces, dos fueron sus preocupaciones esenciales: por una parte -como ya queda dicho- una reflexión sobre la historia judía, y por otra, la elaboración de una teoría del espacio público y de la libertad. Esta división puede complementarse con dos momentos: el europeo y el americano, en el primero de ellos volcada en la lucha contra la opresión y en el segundo intentando definir el cuadro de la libertad recién adquirida al otro lado del charco.
Esta “vida mutilada” es aplicable al “paria” como prefiguración de los súbditos de los regímenes totalitarios, al darse en tales un rapto del espacio público por parte del poder, excluyendo así cualquier forma de interrelación entre ciudadanos y cualquier expresión de pluralismo. El libro pasó a engrosar de inmediato el Index librorum prohibitorum de la izquierda bajo dominio estalinista en aquellos tiempos, y su autora considerada como abanderada del anticomunismo más rancio, aspecto que era agrandado por sus ambiguas relaciones con el Congreso por la libertad de la cultura, a pesar de que ella distinguía entre “antiguos comunistas” y los que habían devenido Cold War Warriors; y a pesar también de que sus ensayos suponían una crítica radical al comportamiento imperialista de Occidente. En la obra los límites asomaban por el lado de no establecer comparaciones entre los que ella designaba como “totalitarismo” sino simplemente yuxtaponerlos.
La polémica no abandonaba a la profesora ya que al poco invitada por una publicación estadounidense asistió al juicio que contra Eichmann se celebró en Jerusalem y su calificación de “banal” refiriéndose al acusado, fue tomada como un intento de banalización de la Shoá lo que le valió una cascada de críticas cerriles que no escatimaron el calificativo de “nazi” y que le supuso la ruptura con antiguos amigos como Scholem que le acusó de “falta de corazón” y de “ausencia de amor al pueblo judío”.
La tarea de repensar una serie de conceptos que parecían gastados por el uso (“acción”, “libertad”, “pluralidad”, “vida”…) también provocaron incomprensiones muy en especial en la distinción que establecía entre la revolución americana y la francesa (pueden verse sus posturas en sus obras La condición humana, de 1958, y Sobre la revolución de 1963), alabando la primera pues era, por decirlo así puramente política, mientras que el fracaso de la segunda era debido al intento de introducir reivindicaciones sociales en el proyecto emancipatorio. Esta distancia, juzgada por algunos como cuasi-angelical, parecía una defensa cerrada de los valores republicanos, en abstracto, presentes en su país de acogida, los USA, y un desprecio a los intentos de crear sociedades más justas e igualitarias…
Con lo dicho podría valer para comprender el singular status de esta mujer que pensaba a la intemperie y que intentaba escapar de las dicotomías entre derecha e izquierda, entre ser considerada marxista o liberal, progresista o conservadora, tratando de ampararse bajo el cobijo de la tradición republicana, fundada sobre una visión de la política como participación y como virtud cívica y acción apuntando al bien común.
Una obra en permanente búsqueda de una “nueva filosofía política” que escapase de los especialistas para calar en los ciudadanos y que ayudase a estos a “vivir juntos”; un pensamiento que abre puertas a “pensar lo que hacemos”, y que supone una invitación a discutir sus puntos débiles…, el de esta judía, exiliada, mujer, filósofa, ensayista sagaz, espíritu libertario e insumiso que atendía al nombre de Hanah Arendt.
http://www.noticiasdegipuzkoa.com/2013/05/28/opinion/tribuna-abierta/actualidad-de-hannah-arendt






