Los pronósticos de algunas encuestas de opinión sobre el crecimiento electoral de Aliança Catalana, más allá del valor que tengan a tantos meses vista, merecen algunas consideraciones provisionales. Aviso que en este artículo no me propongo entrar a valorar ese partido, su discurso o sus líderes. Me interesa, en cambio, el fenómeno político de esta impactante aparición en la escena política catalana, desafiando los esfuerzos que han realizado la mayoría de medios de comunicación para minimizarla y demonizarla, y qué consecuencias puede tener en el mapa parlamentario.
En otras ocasiones ya he explicado mi opinión sobre lo difícil que es conocer las razones que llevan a alguien a votar a un partido o a un líder determinado. Los analistas suelen suponer que el voto refleja una identificación inequívoca con el ideario del partido que se ha votado. No lo veo así. El voto se decide por la suma de factores muy diversos, difíciles de averiguar y con frecuencia contradictorios. Primero, porque el propio votante no siempre es consciente de lo que le ha llevado a hacerlo. Luego, porque las preguntas de las encuestas siguen un guión convencional y caduco incapaz de detectar las nuevas complejidades. Un ejemplo: si en las elecciones al Parlamento de 2015 la CUP conseguía 337.794 votos –un 8,21%–, ¿había que creer que había más de trescientos mil votantes anticapitalistas, antisistema de extrema izquierda en Cataluña? ¿Y si lo eran, por qué dos años después, en un contexto de dura represión post referéndum, ya sólo quedaban 195.246, representando un 4,46% de los votos?
Lo mismo podría decirse de Ciudadanos. El crecimiento exponencial en diciembre de 2017 –sí, con ayuda asistida– que les dio la victoria con 1.109.732 votos, el 25,35%, y 36 diputados, viniendo de la nada, ¿era por una adhesión a su programa político? Como su posterior desaparición avala, se trataba de un voto reactivo españolista, que el independentismo no supo ver venir. Asustados ante el empuje del independentismo, consideraron que el PSC y otras fuerzas nacionalistas españolas no les ofrecían las mismas garantías
Pues bien: creo que el voto a Aliança Catalana solo tiene en parte que ver con sus discursos más polémicos, como la crítica frontal a la religión islámica o la denuncia de los desmanes migratorios. Más bien, veo otros factores que le proporcionan un voto digamos transitorio y muy coyuntural. Si más adelante se consolida, ya veremos. Pero yo destacaría otras circunstancias. Una, Aliança recoge el voto independentista desencantado o directamente cabreado con los partidos del proceso. Según el CEO, en las elecciones de 2024 quienes venían de la abstención y del voto en blanco o nulo de 2021, ya eran un 25 por ciento del total de su voto.
En segundo lugar, Aliança Catalana es la que tiene entre sus votantes los mayores niveles de insatisfacción con la política. Es fácil suponer que existe un voto antipolítico, cansado de la retórica confusa y poco inteligible de los partidos. Terceramente, existe la cuestión de la competencia por los recursos públicos y los abusos impositivos en un marco evidente de deterioro de los servicios públicos, y que explica buena parte de los recelos contra la inmigración. Esto también puede estar relacionado con que Alianza tiene el voto más joven, el que está más a la intemperie de expectativas personales. Y todavía hay otro hecho interesante: es cierto que suele calificarse Alianza de extrema derecha. Sin embargo, su electorado se sitúa en un 5,8 en una escala de 0 a 10 (10, más a la derecha), mientras que la media catalana es del 4,2. No hay tanta distancia. Es obvio, pues, que su electorado no se considera extrema derecha.
Si Aliança Catalana en 2028 se planta en el Parlament con veinticinco diputados y un 15 por ciento del voto, este mapa político clásico de ambos ejes, el nacional y el ideológico, que explicaba los desacuerdos y posibles alianzas, quedará desmenuzado por un tercer eje que todavía no tiene nombre ni sabemos cómo alterará la partida.
Ya he advertido que en estas líneas que no diría nada de Aliança Catalana sino de sus hipotéticos votantes. Los datos estadísticos son poco de fiar porque todavía están sometidos a errores muestrales grandes. Pero creo que es necesario desligar la interpretación simple que confunde Aliança Catalana con quien la vota. Como en toda Europa, el malestar político ha dado cabida a propuestas conservadoras y radicales, y Cataluña no podía quedar al margen. Sin embargo, queda la incógnita de si Silvia Orriols acabará siendo una desaparecida Arrimadas, o si será una futura Marine Le Pen.
EL PUNT-AVUI







