El 6 de junio de 1875, hace cien cincuenta años, nacía en Lübeck Thomas Mann, quien, en 1929, recibiría el Nobel de literatura. Sin embargo, en tierra de Kant, se ha considerado su estilo demasiado “meridional”, al estar al límite entre la literatura y el ensayo, con una prosa lírica y a la vez intelectualizante. Precisamente es su humanismo y su ficción ensayística plena de referencias a la filosofía, la historia, la ciencia y el arte lo que más nos inspira.
En sus grandes novelas no pasa nada, y al mismo tiempo ocurre todo: están atravesadas por el espíritu del tiempo. El ‘Zeitgeist’ de medio siglo, un compendio exquisito de la cultura occidental. En ‘La montaña mágica’ (1924), Mann ofrece un exhaustivo caleidoscopio de los momentos precedentes a la Gran Guerra y su complejo desarrollo. Es una clase magistral de geopolítica combinada con reflexiones filosóficas y artísticas. Un curso de retórica de la mano del joven Hans Castorp y Lodovico Settembrini, el racionalista ilustrado. En el sanatorio Berhof, en los Alpes suizos, se constata el contraste entre la ‘Natur’ y la ‘Kultur’, la naturaleza y la civilización, el “allá arriba” y el “allá abajo” en un no-lugar y en un no-tiempo. Mann da muy pocos detalles sobre el espacio físico para centrarse en la psicología de los personajes, y sus disertaciones son el único verdadero anclaje para estos y para el lector. Las conversaciones y las digresiones del narrador describen el tiempo como una eternidad llena de instantes tan fugaces como plenos de ‘pathos’.
La música toma un relieve preeminente respecto a las otras artes en las reflexiones de Settembrini. En uno de sus ‘excursus’ sobre el tiempo, el escritor expone el carácter ético de la música como forma de goce refinada y preciosista que despierta el espíritu. En el Berhof, el espacio y el tiempo convergen en una especie de ‘topos’ metafísico, como en la serie dodecafónica de Adrian Leverkühn.
Si bien el tiempo en el ‘Doktor Faustus’ ( 1947) se convierte en una cuenta atrás desde el pacto con Mefistófiles, la narración de Mann ilustra los instantes goethianos de entusiasmoso contemplativa del enfermizo y endemoniado Adrian a través de la voz de su amigo, Serenus Zeitblom. El tiempo –junto al sonido– es el material de la música, y así se manifiesta en la concepción del método de doce tonos, concebido, ficticiamente, por Adrian. Sus conocimientos en este campo vienen del propio Adorno, quien participaría en los análisis musicales de la novela, y también conoce el “método de doce tonos” de primera mano, como discípulo de Arnold Schönberg, en el que Mann se basó para retratar la naturaleza del artista del siglo XX. El compositor austríaco se tomó de forma ofensiva la iniciativa de Mann y ambos acabaron enemistados públicamente en el exilio californiano. Mann argumentó que con Leverkühn no quería usurpar la propiedad intelectual de Schönberg, sino realizar el retrato de una época, a partir de la caricatura de un artista que representa el “mártir de nuestro tiempo”.
La música fue esencial para la creación literaria de Mann desde el inicio. En 1912 publicaba ‘La muerte en Venecia’ y, en este caso, bebió del alma de Gustav Mahler, fallecido en 1911. No en vano, la banda sonora de Visconti es el icónico Adagietto de su Quinta Sinfonía. Gustav von Aschenbach –nombre nada arbitrario– es un escritor maduro que viaja a Venecia para encontrar la inspiración, cuando queda fascinado por Tadzio, un joven andrógino por el que tiene una obsesión estética y emocional tan profunda que, pese a sufrir la ciudad una epidemia de cólera, Gustav permanece en Venecia hasta que acaba muriendo en la playa, solo.
Esta muerte es un intento de liberación que le acerca a Mahler, que trata a menudo la cuestión como tránsito hacia una posible redención espiritual. De modo similar, Aschenbach parece buscar en la contemplación de la belleza una trascendencia que le conduce, paradójicamente, a la quietud eterna, como la que necesita Adrian, y que nunca obtendrá. En el ‘Doktor Faustus’, Mann presenta un antihéroe que pacta con Mefistófeles para alcanzar la máxima aspiración del artista: la libertad creadora en un estado perenne de inspiración –que será letal–. ¿Está el artista del siglo XXI destinado también a la autodestrucción? ¿O quizás tiene la oportunidad de convertirse en un héroe moral para deshacer el pacto con el diablo que ha sellado Occidente, y convertirse en una herramienta de transformación social para un mundo más justo?
EL PUNT-AVUI










