Hablar de generaciones es algo muy propio de esta generación. Pero la idea de que las personas nacidas en el mismo período e influidas por los mismos hechos históricos tienden a tener valores y actitudes comunes no es nueva. De hecho, que compartir un conjunto de condiciones económicas, sociales políticas o históricas configuren una determinada forma de pensar no debería ser sorprendente.
Más controvertida, pero también más fascinante, es la teoría de que las sociedades occidentales se mueven en ciclos de entre 80 y 100 años, a la vez divididos por generaciones. La teoría sostiene que en cada generación predomina una actitud colectiva determinada, un espíritu influido por la economía, el contexto histórico o los grandes cambios sociales, tecnológicos o culturales. No sólo esto, sino que históricamente estos ciclos se sucederían con ciertos patrones comunes.
En estos ciclos, continúa la teoría, se pueden distinguir hasta cuatro períodos de 20-25 años asociados cada uno al dominio sucesivo de una generación concreta. La primera generación protagoniza la reconstrucción después de una gran crisis en un ambiente de orden y consensos sociales. La segunda generación crece en un ambiente de estabilidad y protagoniza la emergencia de movimientos críticos y revuelta cultural. La tercera generación ya es un período de menos consensos, más individualismo y desconfianza creciente hacia las instituciones. Por último, la cuarta generación es la que vive una crisis sistémica –económica, política, militar o institucional– que conlleva un cambio radical del orden establecido. Y vuelta a empezar.
Como decía, ésta es una teoría controvertida, pero en nuestro país nadie niega que quienes vivieron la guerra, quienes crecieron durante el franquismo, los nacidos en democracia o quienes ya se han criado con las pantallas, son generaciones con rasgos culturales, valores y actitudes diferentes pero claramente identificables. Es, por tanto, una visión del mundo que resulta intuitivamente plausible.
Según esa visión, la realidad que vivimos en estos momentos se identifica claramente con la cuarta generación. Estamos sin duda en un momento en que el orden establecido, aquel que se construyó después de las guerras del siglo XX, se tambalea en multitud de frentes. Y la noción de que vivimos un período de convulsiones políticas y sociales que no han vivido ninguna de las tres generaciones anteriores es difícil de discutir.
Los paralelismos y las semejanzas con el anterior período de crisis sistémica (el período de entreguerras de hace cien años) también son inquietantes. De hecho, basta con constatar cómo muchos de los discursos y análisis de aquel tiempo sirven o resuenan también para el momento presente. La descomposición del orden moral e institucional es de una magnitud equiparable, aun cuando nuestro conocimiento de la historia debería permitirnos evitar un desenlace equivalente en muerte y destrucción.
El hecho es que esta cuarta generación vive los impactos acumulativos de la creciente desigualdad, la erosión de las democracias liberales, el populismo, la crisis climática, la pandemia de COVID-19 y el estallido de conflictos armados de alta intensidad como la invasión de Ucrania. Asimismo, se observa una creciente desafección política y una caída en picado de la confianza ciudadana en partidos y gobiernos, medios de comunicación, judicatura o instituciones en general.
Es un lugar común que la siguiente generación al asumir el poder, la nacida ya en el postfranquismo, se encontrará con un mundo que objetivamente será más inestable e incierto. Y desde el punto de vista del progreso material, claramente peor. Pero por las razones expuestas es probable que sea también la generación llamada a reconstruir el orden social, económico y político. Los jóvenes de esta cuarta generación serán la clase dirigente de la próxima generación, que tendrá que gestionar unos retos gigantescos.
Cataluña afrontaría mucho mejor este cambio de ciclo histórico si la cuarta generación hubiera aprovechado la oportunidad de hacer la independencia. Pero ahora ya es evidente que no la liderará. Nadie imagina el día de hoy un escenario en el que la misma clase dirigente que nos falló en 2017 pueda enderezar al país. La inauguración de un nuevo ciclo histórico quizá no sea inminente, pero cada vez es más indudable que requiere dejar paso a la nueva generación que debe protagonizarla.
EL MÓN









