El desconcierto fraternal

La caída en barrena del PSOE ha dejado eso que solemos llamar a la izquierda plurinacional en una situación que parece que no saben ni cómo gestionar. Dado que en estos últimos siete años han renunciado a su horizonte político para poder participar en el poder español, ahora que este poder se derrumba se encuentran alarmados y sin proyecto propio.

La pregunta es evidente: ¿qué es ERC, hoy, sin la posibilidad de condicionar a un gobierno español y hacer titulares exagerados, de vez en cuando, a cuenta de lo que van a conseguir? ¿O qué es Bildu sin la sensación de ser imprescindible en Madrid, sin la homologación que le da el PSOE? ¿Y qué es Compromís? Y, no hace falta ni decirlo, ¿qué caramba es Sumar –qué son los Comunes, en definitiva–, ahora que descubren que han gobernado en la cueva de Alí Babá?

En cualquier caso, la respuesta es incómoda.

Durante la era Pedro Sánchez, todos estos partidos han construido su estrategia política en torno a una idea: que podían vivir a base de ser el socio menor pero imprescindible del PSOE. Y que así, desde sus territorios, podían condicionar la política española y llevarla a objetivos más progresistas –social o nacionalmente. Ésta era una ilusión reconfortante y muy práctica a corto plazo. Pero al final era eso: una ilusión.

Y la descomposición acelerada de Sumar lo ilustra perfectamente. Esta plataforma que debía ser la alternativa domesticada de Podemos –fabricada y teledirigida desde la Moncloa, no nos olvidemos– se ha convertido en el ejemplo más claro de lo que ocurre cuando tu proyecto político depende exclusivamente de poder participar en el gobierno español de la mano del PSOE. Que cuando este gobierno comienza a hacer aguas, la coalición se resquebraja. Es la lógica del parasitismo político.

ERC lo ejemplifica, también, perfectamente. Durante décadas, Esquerra supo construir un discurso independentista sólido y llegó a ser la alternativa de los socialistas. No hace tanto, los republicanos presentaron unas elecciones como el proceso definitivo de sustitución del PSC por ellos. Pero estos últimos años han cambiado la posición de forma tan brusca para la posibilidad de ser determinantes en Madrid, que ahora ya no son determinantes ni en Cataluña. Han pasado de querer la independencia y de estar en condiciones de dirigir la configuración del nuevo Estado a conformarse con hacer frases mágicas para justificar el apoyo a los socialistas. Como esta gloriosa de hace pocas horas que dice que la financiación singular puede ser extrapolable a otros territorios. Parece mentira que haya que aclarar algo tan sencillo: lo que es singular no lo puede tener nadie más.

Bildu, por fin, ha seguido el mismo camino, quizás en el caso más increíble de todos, dada la historia de lucha intensa y represión que ha vivido. El discurso ‘abertzale’ se ha ido difuminando a medida que se convertían en una pieza clave de la gobernabilidad española y que se volvían tan tan moderados que, incluso, la gente del PNV podía llegar a votarles. Un día Sortu –Sortu es, en teoría, el núcleo duro de Bildu– dijo que hacía falta Pedro Sánchez durante muchos años y yo me tuve que ir a lavarme la cara de estupefacción.

En cuanto a Compromís, el valencianismo político parece estar a punto de ser reducido a una marca territorial del sanchismo. Una suerte de franquicia autonómica con pedigrí nacional del PSOE. Después del grave error de entrar dentro de Sumar, cabe decir, sin embargo, que esta vez ni siquiera han sabido reaccionar pasando al grupo mixto antes de que la caída les arrastrara a ellos también.

Yo creo que el problema de fondo es que todos estos partidos han confundido la táctica con la estrategia. Han llegado a creerse que participar en el poder español –participar, de alguna forma, en el poder en Madrid, ser bien tratados– era un medio para avanzar en sus objetivos, pero en realidad esto se ha convertido en su único objetivo. Han renunciado a tener un proyecto político propio, emancipador, a cambio de tener influencia en la capital del Estado e ir gestionando todo aquello que al final del recorrido no han sido sino migajas. Porque las cárceles del País Vasco siguen teniendo demasiados presos de ETA, Cataluña no tiene ni tendrá Cercanías ni financiación singular ni el ‘sursum corda’. Y al País Valenciano no es que se le escape la financiación singular, es que ni siquiera pueden llevar a Pedro Sánchez a explicarse en la comisión sobre la gota fría.

Así que ahora que Pedro Sánchez ya no les necesita –porque lo que necesita no se lo pueden dar, ellos– ERC, Bildu, Compromís y el resto (con la excepción espectacular del BNG) descubren que se han quedado, como quien dice, sin nada. Sin proyecto que sea nítidamente suyo, sin horizonte que no dependa de un personaje que podría acabar perfectamente en prisión, sin razón de ser más allá de la nostalgia por un poder que ellos pensaban que era compartido, pero que sólo era subsidiario y al que ya le cantan el responso.

Querían formar parte del club. Muy bien. Pero, ahora que se les acaba la fiesta, no saben hacia dónde tirar.

PS. Todo esto podría aplicarse a Junts y, hasta cierto punto mucho menor todavía, al PNV. Pero es evidente que ni el entusiasmo puesto en la causa ni el fervor expresado por el proyecto del PSOE plurinacional pueden compararse.

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