En los años treinta del siglo XIX, Alexis de Tocqueville encontraba desacertado comparar la situación política francesa con la monarquía de Enrique IV o de Luis XIV. La monarquía de julio establecida por el golpe de estado de Louis-Philippe no se ajustaba a aquellos referentes al régimen prerrevolucionario. Tocqueville, buen conocedor de la historia, miraba más lejos y veía a las naciones europeas reducidas a la alternativa entre la libertad democrática y la tiranía de los Césares. Treinta y pico años más tarde, Karl Marx, en la segunda edición de “El 18º de Brumario de Louis Bonaparte”, rechazaba esta comparación, confiando en que su obra contribuiría a desprestigiar la frase sobre el supuesto cesarismo enseñada en las escuelas, sobre todo en Alemania.
Sin embargo, Tocqueville no se engañaba en lo relativo al futuro de los países europeos, que contemplaba con catalejos históricos, y tenía tanta razón como Marx en rechazar las comparaciones acríticas para analizar situaciones inéditas. La endeblez de los conocimientos de historia, sumada al valor casi teológico que el nazismo ha alcanzado en el imaginario colectivo, le han convertido en el baremo absoluto de la crítica política. Para las inteligencias educadas por el cine y la cultura popular, no hay nada tan clarificador como reencontrar el nazismo en cualquier conducta que se desvíe de la aceptada dentro de un marco de opinión rígido y al mismo tiempo cambiante. Hoy todo el mundo puede convertirse en nazi en un abrir y cerrar de ojos. Da igual que se llame Ayuso o que se llame Puigdemont.
Hace dos semanas, el título de mi artículo sobre los desmanes de Donald Trump hacía referencia a una pieza teatral de Bertolt Brecht: ‘La resistible ascensión de Arturo Ui’. La referencia era transparente y los lectores no tuvieron dificultad para captarla. Pero identificar a Trump con Hitler mediante un tercero era una falacia en la lógica del silogismo. Si todo A es B y todo B es C, se sigue que todo A es C. La deducción, en este caso era un ‘non sequitur’, aunque Brecht, efectivamente, quería que el público identificara a Arturo Ui con Adolf Hitler. Para facilitarlo, en la histórica producción de Heiner Müller en el Berliner Ensemble, que pude ver en otoño de 1995, el director había peinado a Arturo con el flequillo inconfundible del dictador. Ahora, deducir su equivalencia con el aprendiz de brujo de Washington es un error categorial, por de pronto porque el Hitler de Brecht no era exactamente el nuestro. Se puede discutir que la agenda de Hitler ya se conocía desde la publicación de ‘Mein Kampf’, pero lo cierto es que en 1941 Brecht no disponía de la información que acabaría modelando el icono diabólico en el que se ha convertido el personaje. Brecht trabajaba al revés de nuestros expertos en metáforas. En vez de acercar la realidad a las expectativas, la desfamiliarizaba. Practicaba la ‘ostranenie’ (‘extrañamiento’ o ‘desfamiliarización’), el método estilístico del formalista Víktor Xklovski, para sustraer al público del confort de la rutina.
Por eso Brecht no sitúa la acción en Berlín de 1941 ni en el Munich de los primeros años 30, sino en el Chicago de los años 20. Arturo Ui “es” Al Capone, el gángster que reinó siete años durante la prohibición del alcohol. Y, así como Brecht sabía el final de aquel reinado gracias a la perspectiva que le daba la distancia de diez años, a la vez insinuaba que el imperio de mil años de los nazis sería mucho más corto de lo que pensaban. El símil y la metáfora funcionan por aproximación, no por identificación, de cosas dispares. En este caso, los elementos de comparación eran la baja estofa y los métodos criminales con los que los mandatarios alemanes habían accedido al poder. Pero ni el Arturo Ui de la pieza era Hitler literalmente, ni lo es Donald Trump, por más paralelismos en que incurra una imaginación hambrienta de analogías.
Sin duda, el estilo de gobierno de Trump recuerda a las tiranías populistas. Que admira a los líderes autoritarios tampoco es ningún secreto. Aunque sufre de un narcisismo sin sombra alguna del superego. Pero hay aspectos de su personalidad que le alejan del Führer. En cualquier caso, mi intención poniéndolo en relación con la pieza teatral de Brecht era situar la comparación en el contexto literal de la obra: Estados Unidos en una época de crisis social, que incluía la quiebra de la bolsa y la pujanza del crimen organizado. Desde el juicio por el caso Stormy Daniels, Trump es formalmente un criminal, condenado sin castigo por el juez Juan Merchan diez días antes de inaugurarse la presidencia. Los métodos de su gobierno son típicos del gangsterismo: extorsión, coacciones, amenazas, desafío de los jueces, exploración y explotación de los márgenes y los agujeros de la ley, persecución de los rivales y expansión del terror contra cualquiera que se atreva a oponerse o simplemente criticarlo. Pero del fascismo le diferencia, por ahora, la falta de acción expansionista. Las bravatas sobre anexionar Groenlandia y Canadá no tienen sentido más allá de presionar a gobiernos considerados débiles para conseguir tratados beneficiosos. La invasión militar no tendría apoyo popular y sería el desatascador definitivo de un gobierno que se sostiene con una minoría muy escasa, conseguida con un electorado que ya empieza a arrepentirse.
Al contrario de lo que supone el antiamericanismo clásico, con Trump se inicia la retracción de Estados Unidos, que inexplicablemente ceden influencia geopolítica e incluso comercial con la mirada puesta en el enemigo doméstico. En los dos meses de actividad febril de esta presidencia, no ha habido otra acción militar que enviar tropas a la frontera sur, en una costosa maniobra de espantapájaros, y atacar puntualmente a los hutis de Yemen para reabrir la navegación del mar Rojo. Aparte de esto, hasta ahora la acción exterior de Trump se ha limitado a negociar con Putin el alto el fuego en Ucrania y enajenar a los aliados con una política errática de aranceles para, supuestamente, crear los puestos de trabajo prometidos como prenda de su popularidad. Al Capone, con una política filantrópica, se convirtió en un gángster muy reputado entre las clases populares de Chicago.
En el citado artículo, arriesgué una referencia al nazismo sugiriendo que Elon Musk combina la riqueza industrial de un Gustav Krupp y el poder propagandístico de Joseph Goebbels. No quería insinuar que el propietario de Tesla emplea mano de obra esclava, a pesar de las rigurosas condiciones de los trabajadores en sus fábricas. Sólo pretendía llamar la atención sobre los efectos perniciosos de unir el poder económico y el propagandístico en una persona que goza de acceso ilimitado al poder político. Pero las diferencias cuentan tanto como las afinidades. Krupp puso su industria a disposición de Hitler para conservarla y seguramente también para ampliar sus beneficios. Alfried Krupp, hijo de Gustav, lo explicó durante su juicio en Nuremberg: “Nosotros, los Krupp, nunca nos interesamos mucho por las ideas políticas. Sólo queríamos un sistema que funcionara y nos permitiera trabajar sin obstáculos. La política no es nuestro negocio”. El apoliticismo no le sirvió de excusa. Krupp fue expropiado y condenado a doce años de cárcel, de los cuales cumplió cuatro antes de recuperar la empresa en 1953.
Musk no sólo tiene ideas políticas, sino que se aplica con pasión en desmantelar el gobierno federal y se involucra en las elecciones, aportando millones a la campaña de Trump y a elecciones locales, como la del tribunal supremo del estado de Wisconsin. Musk ya ha invertido millones de dólares, regalándole uno a Scott Ainsworth a cambio de firmar una petición en contra de los “jueces activistas”, es decir, quienes se oponen a las maniobras de Trump. Por añadidura, el domingo entregó dos premios por el mismo importe a dos personas que se han comprometido a hacer propaganda de la petición, y ha ofrecido pagar veinte dólares a todo el que vote por Brad Schimel, el candidato de Trump. Schimel es un juez en el que Musk ha invertido ya veinte millones de dólares con el objetivo de obtener una sentencia favorable en su litigio contra Wisconsin. Por si no fuera suficiente financiando campañas y sobornando a los electores, Musk se cura en salud declarando que, si gana la candidatura liberal, las elecciones habrán sido fraudulentas. Ha tomado buena nota de la táctica de conculcar los resultados que tanto servicio hizo a Trump.
La injerencia de los intereses económicos en la política no es ninguna novedad. En Estados Unidos la influencia del dinero en la legislación siempre ha formado parte del sistema. La novedad radica en la desvergüenza con la que lo practican los nuevos apoderados. Lo inédito es que lo hacen no para fortalecer el Estado y asegurar la continuidad del país como una gran potencia geopolítica, sino para reducirlo a la impotencia, sustituyendo la política pública por los intereses financieros. Todo ello con una apariencia de legalidad apoyada en un poder legislativo cautivo y en realidad emanada de la voluntad de alguien que dispone de los medios para competir con el Estado. Las analogías fáciles no ayudan a entender la realidad histórica cambiante, y quienes analizan la aparición de nuevas formas de dominación con los conceptos políticos de un siglo atrás hacen como los generales que se preparan para combatir la guerra anterior. Los Krupp querían más o menos lo que quiere Musk, esto es un sistema que les permitiera trabajar sin impedimentos, pero el dueño de Tesla y de X se diferencia de los magnates del acero alemán por el hecho de haber convertido la política en uno más de sus negocios.
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