La privatización del sentimiento nacional

El presidente Salvador Illa celebrará la víspera de Sant Jordi charlando sobre “la tradición y la cultura” con el escritor Javier Cercas; pero en realidad no es el escritor, a quien ha invitado, sino al columnista de El País. Este gobierno está cohibido porque pretende transformar cosas estructurales sin causar fricciones, hito imposible en democracia; sabe que, en materia nacional, cualquier minucia puede rodar como una bola de nieve, y procura no pasar del gesto ni de la estética. Por eso, el acto de Sant Jordi es una provocación mayor de lo que parece. En un gobierno que evita decir las cosas que de verdad piensa, la elección de Cercas sirve para comunicarlas simbólicamente, por boca ajena. Al fin y al cabo, el escritor encarna muy bien todo lo que también es Illa: un radical disfrazado de moderado, un apologeta recalcitrante del Estado español en Cataluña.

Los socialistas hacen equilibrios para disimular la herencia de Ciutadans y tratan de vender que ya vuelven a ser catalanistas, pero por dentro siguen siendo quienes se quedaron, sin embargo, cuando los catalanistas históricos abandonaban el partido asustados de la deriva. Cercas tiene un artículo muy ilustrativo en el que narra un encuentro con una amiga suya, una vieja militante socialista, indignada por la muchedumbre de oportunistas que ahora tratan de parasitar al PSC de Illa. “Ahora, sobre todo desde que gobernamos la Generalitat, todo ha cambiado: las asambleas del partido están llenas a rebosar y más de una vez me ha parecido reconocer entre la gente a quienes nos insultaban y nos asediaban, y sobre todo los peores, quienes se desentendían, quienes decían que no eran ni de unos ni de otros; …” Illa y Cercas entienden a esta amiga: ellos también estaban en las horas más bajas del PSC.

La perspectiva de la anécdota es fascinante: ahora todo el mundo vuelve, pero cuando tuvimos que alinearnos con la extrema derecha para suspender la autonomía de Cataluña y justificar la represión –esto lo omite, claro–, éramos cuatro gatos. El clímax del proceso es una herida de guerra que muchos socialistas viven con resentimiento porque el Primero de Octubre demostró que su proyecto nacional –la pertenencia de Cataluña a España, más o menos adornada– no se fundamenta en el consenso libre, como siempre habían pretendido, sino en la amenaza de la violencia. Por eso hay muchos que –como Miquel Iceta o el propio Cercas– defendían el referéndum y ya no lo defienden: hay que purgarlo del debate, porque ilumina demasiado bien que, al final de la discusión, siempre habrá alguien que sacará la porra por ellos. De ahí nace tanta rabia contra el independentismo; una rabia que Illa esconde, porque debe gobernar, pero Cercas, no.

Bajo la piel del cordero maltratado por el proceso, Cercas tiene una hemeroteca incendiaria que hace pensar en el manifestante de Societat Civil Catalana que Illa guarda bajo la piel de presidente aburrido. No es ningún moderado ni ocupa centralidad alguna en Cataluña: no es partidario del referéndum; se opone vivamente a la amnistía; defiende la aplicación del artículo 155; está en contra incluso de la financiación singular; ha estado callado como un muerto ante la represión contra el independentismo mientras vociferaba porque le queríamos arrebatar “el derecho de ciudadanía”; tacha a los independentistas represaliados de “desdichados que se envenenaron de mentiras, furia y fanatismo”; y considera a Junts un partido ya no de extrema derecha, sino de ultraderecha, y Puigdemont un neopopulista, y el neopopulismo, “una máscara posmoderna del fascismo” pero aún “peor”.

Cualquiera de estas posiciones, y el lenguaje con el que las apuntala, merecerían artículos independientes, pero la tesis más interesante de Cercas es la más escandalosa, y precisamente la que más converge con el proyecto de Illa: “La privatización del sentimiento nacional”. Cercas sostiene , en la línea del president cuando habla de normalidad y de no perderse “en discusiones estériles” o “en debates nominalistas”, que debemos avanzar hacia un escenario “postnacional”, en el que las identidades y los sentimientos culturales sean relegados a la esfera privada. Es decir: si quieres ser catalán, sólo en tu casa. “Ni las creencias ni los sentimientos deberían formar parte del debate público, porque se puede discutir sobre razones, pero no sobre creencias o sentimientos”, dice. Todo es fruto de la herida del proceso: si el debate nos molesta porque nos empuja a reprimir, a legitimar la represión o a arriesgarnos a perder, entonces anularemos el debate.

Dice el escritor: “No se trata de suprimir el sentimiento nacional como la vieja Ilustración no pretendió suprimir el sentimiento religioso; se trata de reducirlo a la esfera privada, que se convierta en cosa de cada uno, no de los estados, que deberían ser nacionalmente neutros, imparciales”. Ésta es la carcasa ideológica de la Cataluña de Illa, mientras TVE se prepara para narrar en catalán los partidos de la selección española. Pero el silencio nacional no es idea ilustrada alguna, como Cercas pretende, sino un marco de represión que suscribiría cualquier régimen autoritario. Basta con recordar cómo Ciudadanos reclamaba que se retiraran los lazos amarillos de los edificios públicos en nombre de la neutralidad mientras, cómo no, seguía ondeando la bandera española. Un Estado siempre etiqueta de neutralidad lo que impone: quien no se da cuenta es que comulga con ello.

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