No sé hasta qué punto la gente es consciente de que, históricamente, los debates identitarios han llenado los vacíos que dejaba la carencia de un proyecto de país ambicioso. Y menos gente todavía, quizás, es consciente de que hubo un plan deliberado para llenar también el vacío que dejaba el abandono de la lucha por la independencia por parte del govern de Pere Aragonès. Que hayan conseguido arrastrar al debate de la identidad a tanta gente que inicialmente no tenía este plan, pues, no es muy buena noticia.
No quiero decir que haya que añorar ese independentismo que había cuidado vaciar de contenido identitario el proyecto de país. De hecho, el mal llamado independentismo no-nacionalista es uno de los diversos inventos conceptuales que ha dado el proceso que no echaremos de menos. Está claro que su desaparición, para ir bien, no debería poner de manifiesto que sus defensores no sólo no eran nacionalistas sino que tampoco eran independentistas.
Es evidente que el independentismo no identitario no se aguanta por ninguna parte. Porque ningún territorio se plantea separarse del Estado al que pertenece si no se concibe como un sujeto o un ente diferente. Diferente en el sentido de distinguible del resto de comunidades que conviven bajo el propio gobierno. Por eso la identidad es inseparable de un proyecto político de liberación. Es un ingrediente imprescindible.
Sin embargo, un movimiento independentista no es esencialmente identitario. Lo es en el sentido de que normalmente se trata de una nación que quiere disponer de un Estado para, entre otras cosas, asegurar la supervivencia de la propia identidad. Alcanzar la plena soberanía es principalmente una cuestión de poder. Es innegable que construir una nueva comunidad política estatal supone decidir quién formará parte, y esto tiene mucho que ver con la identidad, pero sin poder no existes políticamente.
Entonces, habría que preguntarse, ¿por qué la inmensa mayoría de entidades, partidos, pensadores, opinadores, etc. que se reclaman independentistas parecen sumergidos en debates identitarios? Realmente, después de lo que ha alcanzado y de lo que tiene pendiente nuestro movimiento de liberación nacional, ¿la prioridad deben ser estos debates? ¿Son parte del camino que debemos hacer, o son síntoma de que no estamos haciendo camino alguno?
Si damos por bueno lo que decía al principio, el hecho de que haya tal inflación de debates identitarios (algunos más constructivos que otros, obviamente) se debe a la falta de una estrategia para avanzar hacia la independencia. De hecho, es seguramente una forma de repliegue defensivo o de regreso a los cuarteles de invierno. Es de hecho un fenómeno que ha ocurrido en otras naciones después de intentar liberarse sin éxito. Me viene a la cabeza, por ejemplo, el caso de Quebec.
Para cuando queramos volver a intentarlo, pues, al independentismo le harían más provecho debates sobre el poder. Acerca de cómo conquistar, ejercer y defender el poder. Pero también sobre cómo lo ejerce (y abusa) el Estado para impedirnos tener nuestro propio poder. De hecho, para mí es innegable que si el primer intento de hacer la independencia nos ha llevado hasta dónde nos ha llevado es porque nos falta una mejor comprensión del poder.
Tampoco se trata de dar por buena cualquier noción de poder. Y menos adoptar una visión que no sea coherente con nuestros valores como país. Sobre todo, no debería imitarse la forma española de concebir y ejercer el poder. Ni que decir tiene que no es la única ni la mejor forma de entenderlo. Hacer un país nuevo también vale la pena si ese país no es una reproducción a menor escala del Estado que sufrimos.
En cualquier caso, existe una razón básica para centrarnos más en el poder que en la identidad. Regenerar y reconstruir el movimiento independentista después del 1-O significa enfocarnos en hacer efectivo el mandato vinculante del referéndum. Votando decidimos ser independientes. Nos ganamos el derecho a serlo. Todos nosotros. Seamos quien seamos, hablemos como hablemos, o votemos quien votemos. Para terminar el trabajo, para ser efectivamente independientes es condición necesaria y suficiente que el nuevo nosotros le quite el poder al Estado.
EL MÓN









