De un tiempo a esta parte, el relato enfebrecido de la catalanidad de Cristóbal Colón ha conseguido salir de las catacumbas académicas donde había germinado inicialmente para adquirir, quizás al amparo del procesismo, un crédito insospechado. A modo de ejemplo, se defiende, con la vehemencia propia de los conversos, la pertenencia del ‘Almirante de la Mar Océana’ al linaje barcelonés de los Colom i Bertran, se asegura que la segunda expedición colombina salió del puerto de Pals (y no de Palos, en Huelva) o que el grueso de su tripulación procedía del Principado. Ciertamente, a nosotros no nos corresponde dirimir la veracidad de una teoría controvertida, que al menos parece justificar el victimismo y al mismo tiempo las demandas de reconocimiento de una nación que habría sido engañada durante siglos. Sí que nos corresponde, en cambio, interrogarnos por el interés casi obsesivo que todavía hoy suscita la figura del Descubridor, centrarnos en lo que hace de Cristóbal Colón un objeto preciado y en disputa, una pieza de caza mayor en este safari que es la memoria oficial de las naciones y los estados.
Entretanto, sin embargo, las efigies del navegante se encuentran repentinamente en disputa. No sólo las suyas, claro. También las de reyes, presidentes, comerciantes y demás personajes hasta ahora ilustres, benefactores de sus ciudades natales, prohombres de la patria, acusados ahora de fomentar o de tener complicidad con los regímenes coloniales iniciados por las metrópolis europeas y culminados en sus colonias. Quizás el asesinato a sangre fría de George Floyd en Minneapolis, la enésima víctima de una violencia policial que en todas partes -también aquí; lo acabamos de ver- parece segregar racialmente sus abusos, ha sido el trueno que ha despertado todos los demonios escondidos en la retahíla de figuras ensalzadas en sus escabeles. Las estatuas, que hasta ahora quedaban mudas o incluso muertas, sumidas en la indiferencia ciudadana, se han reavivado y ahora empiezan a confesar sus pecados. Y parece una ola irresistible, con una primera víctima hundida hace un par de años, la efigie al negrero Antonio López, el célebre Marqués de Comillas. Se ha desatado, en efecto, un debate planetario sobre la conveniencia de conmemorar la imagen de un mecenas si acumuló su fortuna traficando con esclavos entre África y América, o la de un escritor de renombre si se aprovechó de su condición de militar de un ejército colonial para vejar a una menor. La épica triunfal de la patria, que idolatraba a sus genios, ha quedado repentinamente al descubierto, y una corriente de indignación colectiva tiende a desnudar uno a uno estos personajes. Esto que ahora vemos es, en fin, lo que siempre había estado oculto, lo que no nos habían enseñado pero que tampoco habíamos hecho ningún esfuerzo por ver: los crímenes y miserias asociados al proyecto colonial en toda su crudeza.
Es evidente que Colón forma parte de este selecto club de la infamia. De hecho, hay asume un papel de protagonista, a juzgar por la cantidad de esculturas que le han dedicado en todas partes y por el empeño en apropiarse la celebridad internacional para que se convirtiera en un motivo de orgullo local. Todos hemos oído hablar desde muy pequeños de una multitud de teorías que lo hacían genovés, mallorquín, mujer, judío converso o una pura invención. Ahora toca que sea catalán. Bien mirado, ese deseo de conquista de una figura egregia como la de Cristóbal Colón para el panteón nacional sólo se explica por la familiaridad que los barceloneses y por extensión los catalanes mantenemos con el personaje desde que, en junio de 1888, hace 132 años, se inaugura la estela con motivo de la Exposición Universal. Desde entonces, el dedo enigmático del almirante siempre nos ha acompañado cada vez que caminamos Rambla abajo en dirección al puerto viejo. Es una imagen cercana, que quizá forma parte de nuestra educación sentimental. Reivindicar ahora su catalanidad no es sino poner de manifiesto lo que todos intuíamos desde hace generaciones: que Colón es, en definitiva, uno de los nuestros.
Pues bien. Si es uno de los nuestros, quizás ha llegado el momento de hacérnoslo mirar. De revolver el cajón donde permanecen nuestros antepasados ilustres a fin de construir una política de conmemoraciones que no se convierta en un insulto a la memoria de un número cada vez mayor de ciudadanas y ciudadanos de nuestro país. De afrontar sin rodeos nuestro pasado más oscuro y hacer pedagogía crítica, en lugar de participar en una competición inútil para integrar a una caterva de figuras turbias de las que ahora todo el mundo quisiera desembarazarse. Ciertamente, Colón no es -asumiendo el afán de imaginarlo catalán- el único ancestro de quien no deberíamos sentirnos orgullosos: hay más, como el general Joan Prim o el empresario Joan Güell, que permanecen rígidos en las calles de Barcelona con la misma impunidad que el primer virrey de las Indias. Tampoco es casual que todas estas figuras se convirtieran en objeto de conmemoración de una manera casi simultánea, en las postrimerías del siglo XIX, en torno a la operación de embellecimiento urbano consagrada en virtud de la Exposición Universal de 1888. Para contextualizar el hito, hay que recordar tal vez que la Conferencia de Berlín, en la que las potencias europeas decidieron coordinarse antes de proceder al saqueo definitivo de África, se hizo tan sólo tres años antes, en 1885. Es obvio que los delirios imperiales iban de la mano de un capitalismo burgués ansioso de encontrar nuevos mercados a mayor gloria de una raza blanca que parecía ungida para gobernar el mundo. Está claro que Prim, así como Joan Güell y el marqués de Comillas, son hijos de su época, y no sería suficientemente justo interpretar los homenajes de que fueron objeto únicamente desde el punto de vista actual. Quizás haya que emplear sus monumentos como una vía de acceso al periodo al que pertenecen, como una ventana abierta a un pasado incómodo que tenemos la obligación de revisar si no queremos caer de bruces en los mismos errores.
Ahora, es cierto que ninguno de estos personajes tiene el protagonismo que la historia ha concedido a Cristóbal Colón, y que ninguno de los homenajes respectivos que decidió la ciudad de Barcelona tiene el impacto sobre la fisonomía urbana que arrastra la estatua del descubridor de América. Colom es, a la vez, el símbolo más emblemático de una manera de entender el pasado y de hacer ciudad. Ahora que todo el mundo habla del derecho de la ciudad, tal vez haríamos bien hecho en recordar que este derecho es inseparable del derecho a la memoria, y que no podemos permitir por más tiempo que nuestros monumentos emitan siempre el mismo mensaje de gloria a los vencedores y de indiferencia por los vencidos.
Andrés Antebi, Manuel Delgado Ruiz y Alberto López Bargados (‘Barcelona, metrópoli colonial’ y GRECS-UB)
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