España tiene un problema

Cada día que pasa es más claro, por si no lo era bastante hasta ahora, que España tiene un problema, un problema gravísimo, que no es Cataluña y que se llama franquismo. La Transición supuso el acceso a un sistema democrático convencional, con monarquía incorporada sin pasar por ningún referéndum, la amnistía para los presos y exiliados antifranquistas y el olvido de los crímenes y la represión de la dictadura. Ser franquista, en el Estado español, pues, no es ni ha sido nunca ningún delito y nadie ha comparecido nunca ante un tribunal por este hecho, pero sí, durante cuatro décadas, por ser antifranquista. Al contrario, la Fundación Francisco Franco, destinada a mantener viva la memoria del viejo asesino, ha recibido recursos públicos y las donaciones que se le hacen desgravan a Hacienda, en pleno siglo XXI. Más de 600 mandos de las fuerzas armadas españolas, retirados, si bien algunos todavía en la reserva, han firmado un manifiesto reivindicando respeto por la memoria de Franco. La nieta más famosa del dictador es estrella habitual de la prensa del corazón y es recibida con naturalidad y simpatía, como si nada, en programas y concursos de las televisiones públicas y privadas, por el simple hecho de ser quien es y no por ningún mérito concreto conocido. El gobierno socialista -¿socialista? – acaba de revalidar el título nobiliario a la nieta en cuestión, como la cosa más normal y lógica del mundo. Y ha habido que esperar 43 años -casi medio siglo- para exhumar los restos del tirano y empezar a desmontar el carácter de santuario inexpugnable del franquismo para el Valle de los Caídos. Las banderas españolas con la simbología franquista, así como el saludo habitual de los jerarcas y partidarios de este régimen, son frecuentes en el espacio público y el yugo y las flechas campan, con toda impunidad, en un gran número de edificios, formando parte del paisaje de nuestra cotidianidad.

En algunos libros de texto, aprobados por la autoridad educativa correspondiente, el franquismo es definido como un sistema de carácter autoritario -democracia orgánica- y no como dictadura. El amigo y periodista vasco Jesús Barcos es quien me pasa ahora una información valiosa. Es esta: diez años después de la muerte del general en cuestión, figura que ya en plena democracia, y coincidiendo con el año de ingreso de España en la Unión Europea, el diario ABC, dirigido entonces por Luis María Ansón, publicaba un editorial donde afirmaba que Franco, “además de un gran militar español, era hombre de un profundo patriotismo y por esas dos razones debe figurar en la historia de nuestra nación en un marco de respetabilidad”. Estoy convencido de que no son pocos, precisamente, los que en España siguen pensando exactamente lo mismo.

Hay, en muchas ciudades españolas, vías públicas, centros educativos y dependencias sanitarias con nombres de militares vinculados al golpe de estado que originó la guerra del 36 y el inicio de la dictadura el 39. Los partidos del régimen (PP-PSOE CS) se niegan a revisar los crímenes del franquismo y, todos sin excepción, actúan con una especie de temor mal disimulado, precaución cobarde y prudencia inexplicable, a la hora de hacer frente a cualquier cosa relacionada con el régimen franquista. Van con pies de plomo y un respeto que no se han merecido, hasta ahora, todos los antifranquistas asesinados, cuyos despojos reposan en los arcenes de una carretera cualquiera.

En España, pues, la sombra del franquismo es alargada sobre la sociedad, empapa todos los estamentos y explica algunas conductas y hábitos adquiridos,inconscientemente reproducidos aquí y allá, empezando por la a menudo inexistente división de poderes, un tirón ancestral hacia la uniformidad en todo y la incomodidad absoluta con toda idea diversidad (lingüística, cultural, nacional, religiosa, etc). De los tres regímenes dictatoriales, genocidas y fascistas de la Europa de los años 30 y 40, sólo la memoria de la dictadura española goza de un estatus de impunidad y protección. Todo lo que acompaña en España a la figura del dictador Franco, así como el seguimiento de los privilegios que aún goza, es impensable por completo en el caso de sus homólogos europeos, Adolf Hitler y Benito Mussolini. En resumen, está prohibido y perseguido, mientras en el Estado español campa libremente como quien se encuentra en casa del suegro, desde el convencimiento de que no pasará nada a nadie que reivindique su memoria, hechos y símbolos. La herencia del franquismo en el seno de la sociedad española ha resultado ser más profunda de lo que nos temíamos. Y si España aspira, un día, a ser otra cosa en el mundo democrático, debe renunciar a esta herencia sin vacilación. España tiene un problema, un problema gravísimo, que no es Cataluña y que se llama franquismo. Y es de este problema del que cuelgan todos los demás.

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