Me ha caído en las manos un libro de 1929 titulado ‘El pensamiento de Primo de Rivera’ (Miguel, no Jose Antonio) ‘Sus notas, artículos y discursos’ y me ha gustado comprobar que en realidad Francisco Franco no se inventó nada. El partido único, el militarismo, el anticatalanismo o la admiración por los fascismos contemporáneos ya eran banderas de su predecesor en el cargo.
Y es que el franquismo está claramente sobrevalorado, sobre todo para muchos de los que lo combatieron. No digo que no fuera oscuro y terrible, que no merezca la más severa de las reprobaciones, sino que su existencia no es una trágica excepción histórica sino la continuación de lo que había sido pasado durante casi todo el siglo XIX y principios del XX. Por razones vitales muy comprensibles, pero también por intereses políticos, se ha querido dar un carácter excepcional y una trascendencia excesiva por completo al régimen del general Franco. Hay que tener en cuenta que la gente que los últimos treinta años han llevado al país son, por lógica generacional, los nacidos durante o después de la guerra pero que ya eran adultos en 1975. Para ellos el franquismo (y en algunos casos la antifranquismo) es su juventud y no es extraño que tiendan a magnificarlo. Nada que decir, todos idealizamos la propia juventud y las luchas y luchitas en las que tomamos parte.
Hay, sin embargo, una lectura política interesada y muy extendida en esta visión excepcionalista del franquismo. Así, por ejemplo, se habla mucho de la persecución del catalán durante esta dictadura pero se tiende a obviar que en 1939 ya llevábamos más de 200 de imposición del castellano (y del francés). Se insiste en asociar represión política, tortura, prisión y ejecuciones con los cuarenta años que sucedieron la guerra y se olvida demasiado a menudo que esta fue la triste realidad durante la mayoría de regímenes monárquicos de la España contemporánea. De esta manera se producen situaciones paradójicas como cuando se quieren quitar de la calle las divertidas placas del ‘Instituto Nacional de la Vivienda’ con el ‘Yugo y las flechas’, pero no se presta atención al enorme escudo del imperio español que preside la entrada del edificio histórico de la Universidad de Barcelona, por ejemplo. Y se insiste en pedir la nulidad del juicio a Companys o Puig Antich pero no se hace lo mismo con el de Ferrer i Guardia o el de tantos otros ejecutados por motivos políticos con anterioridad a 1936. En realidad, esta obsesión política por el franquismo está al servicio de un relato histórico muy concreto en el que el proceso de cohesión y modernización de España sería una historia básicamente de éxito sólo interrumpido por los 40 años de lamentable dictadura. Frente a esta visión digamos optimista estamos los que pensamos que el Estado español no es tanto un país en lenta construcción sino un imperio en violenta descomposición liderado siempre por los mismos: la monarquía, el aparato coercitivo del Estado y la oligarquía cercana a la corte. Para los unos, superando definitivamente el franquismo se abriría una nueva oportunidad para hacer una España moderna y atractiva. Para los demás, para el independentismo, España como proyecto útil para la mayoría de catalanes es una iniciativa en quiebra y por lo tanto la única opción razonable es una república que quede al margen de ella.
LLIBERTAT.CAT
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