El próximo 25 de julio hará ciento treinta años de un acto que podríamos considerar como momento fundacional del independentismo catalán. Ese día se celebró en Barcelona el llamado “Mitin del Novedades”, un acto en el que, por primera vez, se articuló un discurso claramente soberanista. Y lo curioso es que se hizo ante un gran público transversal que, según todos los indicios, reaccionó con entusiasmo. Ciertamente, cuando se conocen los detalles y su alcance mediático, extraña que no sea reconocido ese acto como un potente antecedente del actual Proceso.
El momento estelar del mitin, según todas las crónicas, fue cuando se leyó una comunicación escrita por el farmacéutico y columnista Josep Narcís Roca i Ferreras. Creó un enorme revuelo dentro y fuera de la sala. Como trasfondo político, le acompañaban muchos de los ingredientes que han marcado el conflicto Madrid-Cataluña de los últimos 130 años. Si hoy vemos cómo un Gobierno envía cien tanques a Sant Climent Sescebes, con una indudable voluntad intimidatoria, el de entonces también desplazó buques de guerra al puerto y una compañía de la Guardia Civil a las proximidades del teatro. El mitin -sobre el texto de Roca- provocó la misma oleada de bilis a la que nos tiene acostumbrados la prensa madrileña de hoy. Leyendo las crónicas, podrían ser extractos literales de las de La Razón o ABC actuales.
Es interesante repasar la carta de Roca (encargada por Àngel Guimerà y leída por un médico amigo de Roca), por su gran vigencia hoy. Y también por el entusiasmo que concitó en el Teatro Novedades, lleno de autoridades, sociedad civil y representantes de todos los sectores sociales y económicos del país. Aunque el acto tenía una intención marcadamente económica y antilibrecambista, con el ánimo de buscar protección para la industria textil catalana, la primera frase del texto ya rompía todos los esquemas estratégicos del acto. No sólo descartaba Roca en la misma cualquier solución meramente económica al problema creado, sino que apunta a que éste es endémico en un régimen anticatalán como el español desde tiempos de Felipe V.
La originalidad del diagnóstico que hace Roca es que es radical y netamente político. “Sin independencia -dice- hemos llegado a donde estamos: a ser Cataluña, oficial, legalmente, un solo nombre geográfico como Polonia, a ser una conquista aburrida y pisada como Irlanda, a ser unas provincias artificiales y malhabladas por lo más pesado, odioso y absurdo de la centralización y la uniformidad”. Habla de dar a España un fuerte vuelco que permita conseguir “nuestra independencia nacional”. Habla de crear una realidad marcada por “las cuatro barras sobre las puertas de las embajadas”, imagen que llegaría a ser ‘leitmotiv’ de muchos de sus artículos en los principales diarios catalanes de la época. “No pensemos más en mercados para nuestra industria ni con protección arancelaria bajo la unidad nacional”, insiste. Y remacha: “Bajo la unidad nacional perdemos pan y trabajo”. Y sigue: “Pensemos en la vida moral y los derechos de Cataluña tanto políticos legislativos y judiciales, como administrativos o económicos”. Y por si pudiera quedar alguna duda respecto al marcado tono independentista del discurso, fijémonos cómo la termina: “Libertad y fraternidad debe ser nuestro lema, catalanes; independientes y hermanados. ¡Viva Cataluña, viva la independencia nacional!”.
Una de las lecciones que debemos aprender hoy de este discurso, y del mitin donde se leyó, es que resulta absurdo que se pretenda que el actual Proceso sea una ocurrencia del presidente Mas o de la ANC de hoy. Igualmente, el enorme éxito que tuvo en la sala, donde los aplausos que concitó fueron favorablemente recogidos en casi toda la prensa catalana, nos deja bien claro que no había rechazo de la sociedad civil a la idea de independencia. Al contrario.
Lo que sí resulta diferente hoy, sin embargo, es que ya no tenemos esa sensación de salto en el vacío que se desprende del mensaje de Roca, que parece que nos diga: “No tenemos nada que perder haciéndonos independientes”. Hoy ya no tenemos ese sentido de “mal menor” sino la constatación de que la independencia significará un avance incontestable. Hoy pocos economistas solventes e imparciales dudan de los efectos positivos que tendría dar el paso. Librarnos de una economía que debe anualmente el 100% de su PIB y apostar por la progresiva inmersión de la economía catalana en el mercado global, con la realidad de un nuevo mundo para nuestras exportaciones, son hechos que anulan la incertidumbre que por fuerza limitaba la valiente visión de Roca. Es el gran avance que ha podido hacer el soberanismo, hoy mayoritario, respecto al grito esperanzado que lanzó Roca i Ferreras, el primer federalista que dijo públicamente que una federación con España era imposible. El primero en dar el paso al independentismo ya en aquel lejano 1886. Un hecho que este mes de julio haríamos bien en recordar.
EL PUNT-AVUI





