Tiempo de cursilería perversa

Miro hacia atrás: veo cada vez más lejos aquella URSS y no sé cómo situarla en la historia. ¿Era un país o fue un sueño? No creo que podamos saber aún lo que fue ese experimento, que duró setenta y tres años y que parecía que ofreciera una alternativa al curso de la historia.

La historia a partir de un momento determinado -ya hace unos siglos- es el capitalismo. Quizá deberíamos dejar de llamar capitalismo lo que ya es la única civilización planetaria. El TTIP, el tratado llamado de una manera insultante “de libre comercio”, no es un caballo de Troya sino la autorización para que la apisonadora nos pase por encima definitivamente. Un derrotado filósofo judío, Walter Benjamin, entendió que la historia son ruinas, y otros vencedores pensadores judíos, Hayek y Friedman, proclamaron el triunfo de la historia. Las cosas se ven de diferente manera si estás bajo el rodillo o si conduces la apisonadora.

Benjamin queda para artistas y personas melancólicas, y el neoliberalismo nos quema la vida en combustión tan rápida que nos deja sin alternativas. Aquí el PP de Rajoy ya ha realizado el programa neoliberal: en un par de años veremos cómo cambiaron la estructura de la sociedad estos cambios políticos. Y ningún programa político de los que se presentan a las elecciones generales se propone revertir estos cambios sociales, porque no se puede; si hubiera un verdadero debate, sin demagogia, deberíamos reconocerlo. Pero no nos enfademos, porque no vale la pena: todo el debate político flota sobre un mar de infantilismo.

Quizás un día nos podamos parar a hablar con calma de este momento de impotencia que, paradójicamente, está empapado de cursilería y falsedad. Cuando Pablo Iglesias prometió y ofreció a sus seguidores a través de los mass media “asaltar el cielo” y luego no lo desmintió y lo dio por bueno, Podemos situó el lenguaje político y social en un lugar nuevo. Las promesas de los políticos hasta ese momento se tomaban con relativismo pero en ese momento un político que concurría por el poder frente a los otros prometía un absoluto, la revolución. Hacía muchos años que nadie hablaba de hacer una revolución. Meses después le regalaba a Felipe VI una caja de DVDs de una serie de televisión estadounidense fantástica y le solicitaba audiencia. En principio uno piensa que hay mucha distancia entre una cosa y otra y que se ha recorrido la distancia a mucha velocidad, pero es un error: no hay distancia, todo está en el mismo lugar, la falta de respeto a las palabras, la manipulación del lenguaje con absoluta soltura. Por no decirlo de otra manera.

Personalmente, deseo con verdaderas ganas que el PP pierda las elecciones y que se forme un gobierno simplemente menos cruel y que intente reparar en la medida de lo posible los destrozos sociales de los últimos años, pero sé que ni el PSOE ni la coalición de Podemos con izquierda Unida con el apoyo de partidos catalanes, vascos, valencianos… pueden hacer que la sociedad vuelva a la situación de hace cinco o seis años. Los últimos meses han desnudado mucho cinismo. Si hace unos meses había sectores sociales que se atrevieron a tener expectación, ahora la fatiga y lo que hemos visto les conduce a la decepción. Si se quedan en la decepción será una lástima, porque la abstención será el puente por donde la derecha volverá al gobierno.

Sin embargo, la evidencia es que la política española no es capaz de plantear ningún cambio serio. La prueba más evidente es la aceptación de la monarquía por parte de todos. El único cambio profundo lo plantea Cataluña, el resto es palabrería mentirosa a gritos. No hay planteado un cambio social, sólo hay planteado un cambio nacional. Aunque una cosa esté relacionada con la otra y que el cambio que plantea la nación catalana afecte a la nación española.

Los cambios colectivos tienen costos e implicaciones profundas en los intereses económicos y personales, por eso si se pretenden de verdad no soportan la palabrería y piden prudencia y números antes de emprenderlo. Pero en el caso español si algo se ha puesto a prueba y se ha demostrado es que el Estado, o sea, el Madrid de los poderes e intereses, no suelta nada y sigue incansablemente acumulando poder y absorbiendo energías de su periferia. La dialéctica del Estado autonómico ya mostró sus posibilidades y sus límites, y aceptando este marco no podrá haber ninguna otra relación que la que hay, sometimiento a esta metrópoli. España es Madrid, y aquí el resto somos sus provincias.

En el caso catalán quien ensayó, a su manera pero con todas sus posibilidades, el juego autonómico fue Jordi Pujol. El descrédito actual de su figura no impide ver los pros y contras de su intento. La crisis tras la humillante sentencia del Tribunal Constitucional, que marcó los límites definitivos del juego, obliga por lógica a concluir que aceptar esta relación de sumisión no es posible a menos que se acepte el ahogamiento. Entiendo que es muy razonable la conclusión mayoritaria de la sociedad catalana que debe reclamar su soberanía para decidir el tipo de relación o encaje que quiera tener con España, al igual que entiendo que España sólo aceptará una nueva relación que se vea obligada a aceptar. Me parece que la única política tan digna como democrática es la que negocie desde una soberanía previa.

Aquí es donde veo que está el dilema para el sector de la política catalana agrupado alrededor de Ada Colau y que forma parte de lo que es Podemos. Las candidaturas y los grupos parlamentarios de ámbito estatal lo que hacen es reproducir y mantener el Estado autonómico actual. Reconocen la soberanía que define la Constitución vigente: “el pueblo español”, el único pueblo reconocido jurídica y políticamente. Esta manera de participar desde el punto de vista nacional catalán es un retroceso respecto de la época Pujol, con independencia de las diferencias de modelo de sociedad y derechos sociales y de su aceptación del sistema autonómico; Convergencia era una organización políticamente soberana y, por tanto, mostraba y representaba un sujeto político propio catalán.

Me parece un retroceso político tan evidente que es difícil de defender razonadamente en público. Es por ello que para ostentar posiciones tan débiles en realidad es necesario envolverlo con la fantasía de las proclamas mágicas e invocaciones al cielo.

No debe tardar en llegar un tiempo en que sintamos mucha vergüenza de este tiempo de infantilismo y falta de medida que sepulta la realidad y sólo esconde la impotencia y la incapacidad. Hay que pedir a los políticos que no prometan nada que no puedan volver a prometer dentro de seis meses.

ARA