“¿A ti qué te dice esta pintura?” Se lo escuché hace unos días, a una chica, que se lo preguntaba a un chico que la acompañaba, en la Fundación Tàpies. Estaban plantados ante un cuadro fabuloso de Lucio Fontana, una tela con sus habituales incisiones, violentas, que resquebrajan la pintura, dejándola herida. Es una pregunta que escuchamos a menudo, y que incluso nos hacemos, ante algunas obras de arte contemporáneo. Inquietos por la ausencia de motivos figurativos, fácilmente identificables, que permitan entrar en su sentido de manera inmediata, nos preguntamos, cuando no están, qué es lo que dice una pintura. El filósofo Hans-Georg Gadamer de ello dedujo el silencio característico del arte contemporáneo, que identificaba con la mudez.
Y sin embargo toda obra de arte, desde los inicios hasta ahora, incluso la que pueda parecer más hermética, siempre ‘dice’ algo. Por eso no podemos esconder una sincera decepción cuando, ante alguna, escuchamos que no nos dice nada. Porque esperamos que lo haga y sin embargo, a veces, nos parece que no lo hace. Pero esto no es una novedad de ahora. Ya Platón, en un diálogo, le hacía decir a Sócrates: “Es impresionante, Fedro, lo que pasa con la escritura y por lo que parece de verdad a la pintura. Porque también esta presenta sus productos como seres vivos, pero si le preguntas algo, entonces calla muy altivamente”. Y es cierto, siempre: porque, por mucho que preguntemos, nunca contesta. O no lo hace verbalmente.
El neurólogo Oliver Sacks explicaba, en uno de sus últimos libros, “The mind’s eye” (2010), el caso de una paciente suya, Pat. Debido a una apoplejía que le había paralizado medio cuerpo, ya no podía expresar sus sentimientos y pensamientos con palabras, se había quedado muda, aunque podía leer perfectamente y entender lo que leía. Sufría afasia, no podía hablar de manera coherente y era incapaz de comunicarse a través de las palabras. Como compensación, sin embargo, desarrolló una extraordinaria habilidad mímica para expresarse a través de gestos prodigiosamente elocuentes y sutiles.
Un día, visitando las salas de arte egipcio del Louvre, al fondo de la galería de las momias, topé con una estatuilla maravillosa de barro, desatendida prácticamente por todos, hecha hace más de tres mil años. Rota y descabezada, permite todavía ver el busto de una joven que, con el brazo derecho alzado, se toca la cabeza, por encima de los cabellos. Desde que la descubrí y me la llevé a casa en una fotografía no he dejado de hacerme preguntas. ¿Qué manos moldearon esta figurita de barro, más de dos mil años antes de que los pintores de los Pirineos comenzaran a decorar iglesias románicas? ¿Qué manos la pintaron, pulieron, cubrieron, a la orilla del Nilo, y con qué objetivo lo hicieron? ¿Quien acertó a fijar el gesto de desconsuelo en la mano alzada que se acaricia la cabeza? ¿Es Isis llorando a Osiris? Y si no, ¿quién es? ¿A quién veían los primeros ojos que la miraban? Estos ojos vacíos, que ahora vemos nosotros, han visto cosas, perdidas para siempre, que ya nunca podremos imaginar. Y sin embargo aquí tenemos la belleza enigmática de esta figurita, resistente al paso del tiempo y diciéndonos cosas que, quizás, nunca acabaremos de entender. ¿No es este, siempre, el misterio inagotable de la infinita elocuencia del arte? ¿No habla con más intensidad el gesto de la mano de esta desconocida de lo que podrían hacerlo las palabras, si abriera la boca y se nos dirigiera? ¿La afasia de las obras de arte no es, paradójicamente, la razón de su más perturbadora elocuencia? ¿Las grandes obras de arte no son, precisamente, las que, a pesar de no disponer de palabras, no dejan de decirnos cosas?
ARA








