Este lunes de pascua hará cien años de la revuelta de pascua irlandesa, la famosa ‘easter rising’, sublevación armada para proclamar la independencia de Irlanda. En realidad, fue el 24 de abril de 1916, pero la fecha importante no es la del calendario civil, sino religioso, cambiante arriba y abajo, coincidente con domingo de resurrección, aunque se tuvo que retrasar un día. Los hechos tuvieron lugar, casi en exclusiva, en Dublín, cuando dirigentes del Sinn Fein y la Irish Republican Brotherhood, al frente de unos 1.200 voluntarios mal armados, ocuparon la estación central de correos y proclamaron allí la República de Irlanda. Los dirigentes de la revuelta fueron el poeta y promotor de la Gaelic League en defensa de la lengua, Patrick Pearse, y James Connolly, dirigente obrero y representante de un independentismo popular y progresista del que tenemos en catalán la obra ‘Nacionalismo y socialismo’ (1979). El levantamiento fracasó, sus líderes fueron fusilados tras resistir una semana el cerco militar británico y el alboroto comportó alrededor de 1.300 muertos y un millar largo de heridos. Aún hoy llama la atención ver el impacto de las balas de calibre diverso en la fachada del edificio, testigo viviente de un episodio que hizo de revulsivo en el interior de la sociedad irlandesa y que causó un gran impacto a nivel internacional, por el carácter inesperado del suceso y el final trágico que lo acompañó. Los protagonistas de la revuelta de pascua han pasado a la historia como héroes románticos, capaces de dar la vida por la causa de la liberación nacional de su país y, hoy todavía, conservan la aureola propia de todo mito. Es normal encontrar en las librerías irlandesas libros que recuerdan aquel evento, biografías de los mártires que este ocasionó, así como reproducciones plastificadas de la declaración de independencia que hicieron, con la firma de sus protagonistas: “Declaramos el derecho del pueblo de Irlanda a la posesión de Irlanda, y al control sin trabas de los destinos irlandeses, a ser soberanos e inalienables. (…) Ante el mundo proclamamos la República Irlandesa como estado soberano”. Hace años, no me resistí a la tentación de adquirirla, con un puñado de libros y ese punto de emoción que siempre me han generado ciertos gestos. Exactamente, la misma sensación que tuve al visitar las tumbas de Michel Collins y Eadmond de Valera, en el cementerio dublinés, siempre cubiertas de flores.
Uno de los lugares donde el ‘easter rising’ tuvo un eco destacado fue aquí. Pero, en realidad, la huella irlandesa ya se había hecho notar antes , cuando en 1870 Ángel Guimerá fundó la primera entidad propiamente catalanista, de tono radical y romántico, llamada La Joven Cataluña, a semejanza de la Young Ireland creada en 1842. La entidad catalana tuvo como órganos periodísticos ‘La Gramalla’ y, más, tarde, ‘La Renaixença’. Es aquí donde Sebastià Farnés, abuelo de Maria Aurèlia Capmany, publicaba versos encendidos sobre los luchadores irlandeses: “Un hijo de Cataluña te saluda / un amante de la Patria Catalana / cuyo grito existirá mientras su pecho alientos / ¡Viva Irlanda!”. J.N. Roca i Ferreras publicó artículos de apoyo claro a Irlanda, sobre todo los aparecidos en 1887 en el periódico el ‘Arco Iris’ y, un año antes, un grupo de catalanes habían dirigido un ‘Mensaje a Irlanda’, cuando parecía cercano un cierto régimen de autonomía para ese país. Ya en el siglo XX, fue Antoni Rovira i Virgili quien más de cerca, con más regularidad y de manera más documentada siguió todo el proceso de emancipación nacional irlandés y así lo trasladó a sus artículos, con comentarios que siempre tenían algún tipo de paralelismo o aplicación en Cataluña, como cuando asegura: “el otorgamiento de la autonomía ha venido por fin. Pero se ha hecho tarde. Ahora la mayoría del pueblo irlandés se ha adherido al Sinn Fein y exige la República Irlandesa independiente”. Y obras teatrales como ‘Jordi Erin’ (1906), del dramaturgo Josep Burgas, con un patriota irlandés como protagonista, triunfaban en nuestros escenarios para su exaltación patriótica, tanto aquí como entre los círculos independentistas catalanes en Cuba.
Sin embargo, la revuelta de pascua sorprendió a los sectores más catalanistas que, en general, no apoyaron aquel sacrificio de vidas humanas , considerado inútil e innecesario, por heroico que fuera. Hubo, sin embargo, dos excepciones notables: Daniel Cardona, el más irlandés de los independentistas catalanes, que en 1931 había de fundar la organización ‘Nosaltres Sols’ (‘Nosotros Solos’), traducción libre de Sinn Fein, y el socialista Manuel Serra i Moret que aseguraba: “Los irlandeses se defienden contra la muerte”. Cuatro años más tarde, otro hecho conmocionó a la opinión pública catalana y mundial. El alcalde de Corcaigh por el Sinn Fein, Trayloc Mac.Subine, moría en una cárcel de Londres, tras 74 días de huelga de hambre. R.Negre y Ballet publicó el libro ‘Irlanda, el alcalde de Cork y Cataluña’, con una introducción de Rovira i Virgili, Ventura Gassol le dedicó el poema ‘Glossa’ (“Espíritu de Mac Sweney, hermano nuestro / ¡oh, si también nos abrieras la cárcel!”) y Josep Carner en ‘La muerte del héroe’ (“Qué orgullo, bajo las húmedas nieblas, / frente de los despojos del leal, / tener una bandera prohibida / para ponerla a media asta” , mientras varias organizaciones catalanistas pedían a los ciudadanos ponerse un lazo negro en la solapa, en señal de duelo, se organizaban actos de protesta en muchos lugares y también misas para su alma, con asistencia de las primeras autoridades, como la que organizó en Molins de Rei, como primera de sus actividades, los Pomells de Juventud, promovidos por J.M. Folch i Torres.
En nuestro país, el interés por Irlanda no se limitó sólo al territorio del Principado , ya que la revista perpinyanesa ‘Tramontane’ , nacida en 1919, le dedicó páginas especiales, como lo hizo también la prensa mallorquinista. En el País Valenciano, ya en 1920 la Agrupación Escolar Nacionalista (AEN) y la Juventud Valencianista organizaban actos de “simpatía hacia Irlanda”, donde intervino Adolf Pizcueta y V. Tomàs i Martí, el mismo que en La Correspondencia de Valencia publicaba la artículo ‘Dios salve a Irlanda’ y como presidente de la AEN dirigía un telegrama al primer ministro británico D. Lloyd George, protestando por el “lento asesinato” del alcalde irlandés en huelga de hambre. Muerto éste, las entidades valencianistas dirigieron una carta de solidaridad a su viuda, reproducida en la prensa local. En mayo de 1921, Eduard Buil creaba la Juventud Nacionalista Obrera, teniendo como referencia a los obreros irlandeses, “activos defensores de la independencia de su pueblo esclavizado”. Más adelante, ya en el exilio parisino, Francesc Macià entrará en contacto con el movimiento irlandés, incluso visitará la isla por san Patricio y se entrevistará con De Valera. En 1932, Joan P .Fàbregas, cenetista independentista y futuro consejero de Economía en 1936, publica ‘Irlanda y Cataluña’. Paralelismo político-económico y, después de los hechos de octubre de 1934, algún independentista catalán acabará refugiándose en Irlanda. Esta ya es, sin embargo, otra historia. Ahora, hay que recordar aquel gesto épico que, cien años atrás, conmovió al mundo y convirtió a sus protagonistas en los héroes pioneros de una patria que quería ser libre. En 1949, finalmente, Irlanda se convertía en un Estado totalmente independiente del imperio británico, sin relación de dependencia de éste en ningún ámbito, y seis años después ingresaba como miembro de la Organización de Naciones Unidas.







