¿Qué fue de aquellos doscientos agentes del CNI que el gobierno español envió a Cataluña en el año 2013, a raíz del Proceso independentista, y que se alojaron en el número 666 de la Diagonal de Barcelona y en otros lugares de la ciudad? ¿Qué hacen en nuestro país desde entonces? ¿Se pasean por nuestros parques y jardines? ¿Toman el sol sentados en un banco? ¿Dan de comer a las palomas? ¿O se pasan el día dando vueltas en el avión del Tibidabo? Puede que hagan todo esto, pero deben haber venido a hacer algo más, ¿verdad? Deben tener alguna misión que cumplir, no?
El CNI es uno de los instrumentos al servicio de las cloacas del Estado español para hacer, a escondidas, el trabajo sucio que su gobierno no se atreve a hacer a cara descubierta. De cara a la galería, como hemos visto en el Mobile World Congress (MWC), envían reyes y ministros, pero no es para que sientan suyo el evento, sino para intentar que Cataluña, en la imagen internacional, parezca España. Es decir, que, para que el presidente Puigdemont y la presidenta del Parlamento, Carme Forcadell, no se queden solos ni un momento, el Estado envía autoridades españolas a aguantar la vela. Se puede pensar que es absurdo que el Estado no sienta suyo el MWC, dado que saca buen provecho de los ingresos que genera, pero también genera ingresos millonarios el Barça y no por ello lo considera un club español. Una cosa es la consideración administrativa y otra la simbólica.
Es el mismo caso de tantísimas obras de arte que, a pesar de estar compradas con dinero público, van a parar a los museos de Madrid y no a los de Barcelona. Incluso en casos singulares como el del ‘Guernica’, de Picasso, Madrid se apropia de ellos. La pregunta es: ¿qué hace el ‘Guernica’ en el Museo Reina Sofía, en vez de estar en la población de Gernika o en el Museo Picasso de Barcelona? Pues, además de la rapiña, impedir que el cuadro salga del territorio español. El País Vasco y Cataluña son posesiones españolas, pero no son España. Recordemos, en este sentido, la negativa del gobierno del PSOE, en 1992, a permitir que el cuadro fuera exhibido en Barcelona, en la inauguración de los Juegos Olímpicos, y la negativa del gobierno del PP, en 1998, a permitirlo en Bilbao en la inauguración del Museo Guggenheim. El cuadro se había exhibido en Londres, París, Amsterdam, Copenhague, Estocolmo, Munich, Oslo, Milán, Bruselas, Los Ángeles, San Francisco, Chicago, Sao Paulo…, pero no podía ni puede hacerlo en Barcelona o Bilbao.
Hay que separar, por consiguiente, los discursos oficiales, en los que se dice lo que toca decir, de los hechos que los acompañan. Básicamente porque los segundos desenmascaran los primeros. Y del mismo modo que el Estado vive como un drama que el F.C. Barcelona sea el mejor equipo del mundo, en lugar del Real Madrid, también se muere de rabia por que el MWC convierta a Barcelona en la capital mundial de la telefonía móvil, en lugar de serlo Madrid. Sobre todo ahora, que, en pleno proceso independentista, el Estado necesita torpedear toda posibilidad de proyección internacional de Cataluña.
¿Y qué haríamos nosotros, si fuéramos ellos y pensáramos como ellos? No hace falta encontrar ningún Watson para explicar algo tan elemental. Haríamos lo que ellos han hecho siempre: que se consiga el efecto sin que se note el cuidado. Y, para conseguirlo, infiltraríamos nuestros topos en los partidos, en los sindicatos, en los comités sindicales y en las coordinadoras de gremios específicos -realmente curioso que un sector más bien soberanista, como el de las farmacias, se plantara en Barcelona, ante el gestor, y no en Madrid, ante el expoliador- y aprovecharíamos determinados conflictos políticos o laborales para sembrar cizaña, manipular a los trabajadores, enardecer tensiones, extremar posiciones o aguijonear reivindicaciones que transmitieran una imagen negativa de Cataluña y del su gobierno. Una imagen cuanto más caótica mejor, que pareciera propia de un país bananero. Por ejemplo, colapsando Barcelona. Haríamos que la presidenta de la Comunidad de Madrid -muerta de envidia, todo hay que decirlo- pidiera el Mobile para la Villa y Corte y pararíamos los metros y los autobuses, especialmente la nueva línea de metro al aeropuerto, durante todos los días del MWC, para generar en él un desorden y un cabreo generalizados que ensuciaran el nombre de Cataluña en las crónicas que los corresponsales y enviados especiales harían llegar a sus países. Buscaríamos, en definitiva declaraciones como estas de los congresistas extranjeros recogidas por los telediarios de TV3:
• Mats Carlsson: “Es un buen momento para los que tienen que negociar. No creo que sea bueno para Barcelona”.
• Tanaka Takayuki: “No está bien [servicios mínimos del Metro]. Hay demasiada gente”.
• William Bishop: “Es una vergüenza. Es un congreso importante y es lamentable que no haya suficientes trenes circulando”.
• Célio Rosa: “Del transporte no se ocupa nadie. están las huelgas y todo eso. El Mobile World Congress se debería llevar a otro lugar, lo que crearía competencia entre las ciudades y mejoraría la logística de estos eventos. Es un desastre. la próxima edición del Mobile no debería hacerse en Barcelona”.
Hay un montón de conflictos de los que se puede sacar provecho exacerbándolos a lo largo de las cincuenta y dos semanas del año, pero hay efectos que sólo se pueden conseguir en una concreta. O dos, o tres… El Salón Alimentaria podría ser también un buen escenario, ¿verdad? Sin embargo, ruego al lector que no comente nada de esto. Hay cosas que no se pueden decir. Oficialmente, los agentes de las cloacas del Estado sólo han venido a Cataluña a dar vueltas en el avión del Tibidabo.
EL MÓN








