Cenizas, escombros, dudas

“Nuestro límite es el cielo” (Emilio Botín)

Invierno de 2016 sin gota de agua. Metáforas del frío y la sequía. “Y date prisa, que el horror madruga”, escribiría Benedetti. Afinidades selectivas de indigesta revista de prensa semanal: 62 tipos que tienen la misma riqueza que la mitad de la humanidad -¿para cuándo el combate contra la extrema riqueza?-, 47.000 pisos vacíos -dicen, dicen, dicen- en manos de la banca, el drama de Lesbos a la intemperie gestionado por las izquierdas que debían ser y Dinamarca despojando a los desposeídos, en el Evangelio según San Lucas: ‘a quien más tiene, más se le dará; a quien poco tiene, nada le quedará’. Siglo XX, Cambalache. Tiempo de canallas, alertaba Vinader. Aviso de hundimiento en medio del retablo corruptible de gota malaya: Alfonso Rus detenido, Iberpotash investigada por ayudas ilegales y una niña en el banquillo. Los ricos, un 15% más ricos en 2015: la anunciada recuperación de los que nunca pierden y siempre ganan. Palabra palabrota del jesuita Ignacio Ellacuría: “La violencia más grave, y la raíz misma de toda violencia, es la violencia estructural; es decir, la violencia de la civilización del capital que mantiene a la inmensa mayoría de la humanidad en condiciones biológicas, culturales, sociales y políticas absolutamente inhumanas: esta es la violencia estructural fundamental”.

En cualquiera de los casos, ¿cómo se da la vuelta al diseño del horror? ¿Cómo se deconstruye la arquitectura del miedo? ¿Cómo se esboza la ingeniería de la impunidad? ¿Cómo se desobedece la industria planificada de la desigualdad? ¿Cómo se cambia el futuro? Ni ucrónicos ni utópicos: apenas estrictamente realistas de lo que hay. Porque dicen los que saben que siempre se reconstruye desde las cenizas, desde los escombros o desde las dudas. Y ahora toca hacerlo desde el paisaje devastado que deja la crisis. Con el proceso -a veces, procesión- pasa exactamente igual. Algunos no es que hagan oídos sordos a ciertas respuestas; es que se niegan, ojos cerrados y alma ciega, a escuchar las preguntas. Los últimos cuatro meses han condensado también las contradicciones del país que somos y del que no somos aún: con un sesgo y una fractura generacional de largo alcance que algunos se resisten a leer y entender. Desde la indignación del 15-M, hay toda una generación, fuera del mapa, que desconoce cómo será la incertidumbre que vendrá y que se niega abiertamente a recibir en dote la factura de la parranda de nuestros próceres.

Preguntan y no encuentran respuesta. Y cuando no salen los cuentos no cuadran las cuentas. 5.300 millones de euros en recortes antisociales desde 2010. Drástica poética bancaria, los beneficios netos de La Caixa y el Sabadell, en el mismo periodo de tiempo, son 5.300 millones. Así pita la contabilidad casera, como una bofetada. Junto a las demás cuentas, elocuentes, que esbozan -y destrozan- la ausencia de soberanías. Desde 2010, diezmo feudal neoliberal, hemos abonado en intereses de la deuda 10.730 millones de euros, el fraude fiscal catalán anual linda los 16.000 millones y el agujero dejado por las cajas catalanas asciende a 15.000 millones. Guinda de pastel que hay que repetir cada vez, el patrimonio de los 10 catalanes más ricos ha crecido y ya toca los 23.300 millones de euros, casi cinco veces los recortes. Equivalencias salvajes al viento. Y bagaje heredado afroamericano: el problema no radica especialmente en lo que hace una minoría singularmente cruel sino en lo que hacemos o dejamos de hacer la mayoría, con nuestra indolencia o con nuestras resistencias.

¿Por dónde -y quién y cómo- nos roban la soberanía, por dónde se hipoteca el futuro, por dónde se escapa la posibilidad de democracia? El esquema de la libertad política y la autodeterminación social catalana afronta hoy la triple recuperación de la soberanía política -ante un Estado demofóbico-, de la soberanía económica -ante unos mercados globales carroñeros- y de la soberanía popular -ante las élites extractivas propias y ajenas-. Rehacer, reconstruir, retejer: abrir por abajo entre muchos lo que pocos quieren cerrar por arriba. Bajo un marco sureuropeo devastador y análogo, claro: la orgía inmobiliaria española, como el pesebre catalán, es el mismo fraude portugués, el ‘loop’ especulativo irlandés -¿recuerdan a David Madí reflejado diciendo que el modelo era Irlanda?- O el casino griego. Cerdos en el lodazal, decía The Economist. ¿Cómo podemos salir de él? Abran juego, que se aceptan protestas y propuestas de cómo salir de nuevo. De los escombros, las cenizas y las dudas.

Dialéctica contradicha, sin embargo, todo es más difícil de lo que parece y menos imposible de lo que algunos braman, imponen y ordenan. Ni autocomplacencia ni formales radicalismos banales, pues, ni letal resignación fatal. La fórmula mágica, el ahora o nunca o la píldora ‘que-todo-lo-soluciona’ al día siguiente -como el “no hay nada que hacer” o el “no te pongas así”- no son más que un prototípico relato mítico, irreal e irrealizable. Lucha sin fin, ciclos en bucle y poema sin terminar, desengañémonos: toda la vida tendremos que estar regando las plantas, limpiando los cristales y cuidando las vidas. “La perfección es fascista”, nos ha dejado dicho Hac antes de irse.

Nada cambia nunca si nada cambia nunca. Y en medio del desierto de la degradación democrática, de la anomalía de la inercia del horror cotidiano, del desorden del expolio social diario, hay que seguir batallando en la escombrera. Contra los que apenas pretenden ponerse la camisa del régimen, hay que seguir sudando la camiseta. Y sí, siempre ha sido así: se reconstruye siempre desde las cenizas, los escombros o las dudas. Las cenizas (del régimen del 78), las ruinas (de la crisis) y las dudas (lo que hay que hacer y de cómo hacerlo aquí y ahora). Objetivo inmanente permanente, local y global: hacer que la barbarie sea una distopía lejana. Expulsarla. O Mad Max acabará llamando al timbre, abriendo la puerta y arrasando las cosas, rompiendo los cuerpos y truncando las vidas.

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30-G. Cerremos los CIE. Ceguera deliberada y complicidad acumulada, durante años nos hemos permitido convivir con una permanente anomalía jurídico-penitenciaria: el Centro de Internamiento de Extranjeros. Zona sin derechos, represión clasista y espacios de impunidad para un racismo de Estado institucionalizado. Pero tenemos una calle que reclamaba el cierre y un Parlamento que, desde julio pasado, lo exige. Y es así, sólo así, como se desmonta el horror cotidiano. Paso a paso, palmo a palmo, palabra a palabra.

ARA