Henry Kissinger, judío-alemán de origen, tenía 15 años cuando su familia huyó de la persecución nazi a los Estados Unidos. Obtuvo la nacionalidad americana pero, precisamente por haber nacido en el extranjero, nunca pudo optar a la presidencia de aquel país, lo que no le impidió ser secretario de Estado de los presidentes Nixon y Ford. Confieso que nunca ha sido santo de mi devoción. Como asesor de Seguridad Nacional, se comportó al modo de aquel a quienes los americanos denominan “un halcón”, un duro entre los duros. Durante su vida política pública (1968-77), no hubo conflicto derivado de la guerra fría, como los de Vietnam, Laos o Camboya, en el que no estuviera azuzando. Su visión del mundo era por entonces maniquea, todo lo reducía a un enfrentamiento entre las fuerzas de la luz, las democracias occidentales, y las de la oscuridad, los soviéticos y sus aliados. La gente de mi generación se dividía a partes desiguales en la valoración que hacía sobre el personaje: para unos era el mal necesario; para otros, el mal a secas. Me encuentro entre estos últimos, pero hago una matización: la maldad a secas, aunque sea solo porque el mal desenmascarado tal como es, y no disfrazado como el paso necesario hacia algo superior, siempre me resulta más entendible, un alivio. No fue, pues, extraño que cuando obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1973, tal reconocimiento diera pie a una gran controversia: Kissinger, ¿ángel o demonio?
EL EFECTO SAN ESTEBAN
Los americanos tienen un rasgo característico muy interesante: se adaptan en masa a cualquier novedad que se le ocurra a alguien. Cuando Kissinger proclamó su “Doctrina de Seguridad Nacional”, que sirvió para justificar golpes de Estado en países como Chile, Uruguay o Argentina, en los que la guerrilla o el gobierno local comprometían los intereses de Washington, los americanos experimentaron el efecto del rey húngaro Istvan, San Esteban, quien después de recibir el bautismo, ya que estaba, bautizó a Hungría entera. Kissinger, a su manera, ofició de bautista de la opinión pública americana. Por ello, no es posible concebir la política internacional de los 70 del pasado siglo sin su impronta, incluida su exitosa política de apertura de relaciones con la República Popular China de Mao Ze Dong, primer estrangulamiento de la URSS que, dos décadas después, tras su fracaso en la competición armamentística con EE.UU. que le llevó a la ruina económica, terminó -segunda vuelta de tuerca- con el desplome del imperio soviético.
En su día leí las monumentales memorias de Kissinger, dos mil páginas de apretada letra. Me parecieron el mayor ejercicio de auto-justificación que ha pasado por mis manos. Por mi oficio de abogado criminalista, he aprendido que los testimonios sobre uno mismo carecen de base fidedigna. Entre la deliberada mentira y la tácita enmienda, entre el simple error y la sofisticada escenificación del mismo, las fronteras son difíciles de trazar. Henry Kissinger, a día de hoy 92 años, preside una consultoría internacional que ha contado con clientes como Pinochet, Menem, Fujimori o, en la actualidad, Putin; imparte conferencias y sigue escribiendo mucho. Acaba de publicar su último libro, titulado Orden Mundial y editado en castellano este mismo mes por Debate. ¿Que qué me parece? Un prodigio intelectual, un despliegue de erudición que discurre a través la historia, la geografía y la política; una explicación, muchas veces originalísima, de los campos de fuerza que se mueven alrededor de las decisiones políticas y los acontecimientos históricos; por ejemplo, cuando concluye que Napoleón fue derrotado en España y tuvo que retirarse de Rusia porque los recursos naturales de ambas eran insuficientes para abastecer a un ejército numeroso de ocupación.
Sostiene Kissinger que la crisis que sufre el mundo no es consecuencia de una derrota militar o del desequilibrio de recursos, aunque opine que ese será el siguiente paso, sino de la imposibilidad de comprender la naturaleza del desafío que debemos afrontar. Este es, por cierto, un dictamen que ha hecho fortuna entre los dirigentes conservadores mundiales: la prioridad radica en identificar en todo momento los peligros “existenciales” que amenazan directamente nuestra cultura o modo de vida. Según las conclusiones de Kissinger, el previsible nuevo “orden mundial” tendrá como pilares a Estados Unidos, Rusia y China. Europa queda descartada como protagonista.
VISIÓN PESIMISTA DE EUROPA
La pretensión europea de trascender -superar- la estructura de Estado y crear una política exterior basada principalmente en el poder blando y los valores humanitarios es ya un fracaso. Dicho de otro modo, las reivindicaciones de legitimidad separadas de cualquier concepto de estrategia -es decir, una autoridad sin fuerza armada- dudosamente pueden sostener un orden mundial. Su visión sobre la Unión Europea es pesimista. Puesto que Europa todavía no se ha otorgado a sí misma atributos estatales, no es un Estado a la manera convencional y por ello se ve inmersa en un vacío de autoridad interna. Así lo atestiguan los debates sobre la falta de legitimidad democrática de las instituciones europeas que denuncian el Reino Unido, Polonia y otros estados. Además, permanecen sin resolver las reclamaciones subestatales, entre las que cita los casos bávaro, catalán y escocés pero curiosamente no el vasco. A este vacío se le añade el desequilibrio de poder en sus fronteras, como en Ucrania, Oriente Próximo, Libia y Túnez. La redimensión de las capacidades militares europeas, reduciendo ejércitos y presupuesto de gastos militares, deja a Europa con poco margen para responder cuando se desobedecen las normas universales. El caso de Siria constituye un ejemplo radical. Sin fuerza militar relevante, la política exterior de Europa le sugiere a Kissinger la actualización del famoso dicho de los Habsburgo: “Deja la guerra para otros; tú, feliz Austria, ¡cásate!”. El riesgo de esa estrategia está conduciendo a la UE a una política de actuaciones intermitentes y alianzas contradictorias que a la postre le dejan sin espacio propio.
Para Kissinger, Rusia es un caso bien distinto. Parte de una afirmación axiomática: “En la experiencia histórica rusa, las restricciones al poder eran sinónimo de catástrofe”. Con un Vladimir Putin investido de poderes irrestrictos, con una visión clara de lo que quiere y un pueblo que mayoritariamente le apoya, Rusia ha vuelto a codirigir el mundo. Su posición geográfica, a horcajadas entre Europa y Asia, le favorece, pues el Océano Pacífico es el gozne de América-Asia, sustituto del anterior Atlántico, que conformaba el eje líder Europa-América. China se ha vuelto más activa en la escena mundial. Todos los foros buscan su opinión y apoyo como la economía potencialmente más grande del mundo, que lo sigue siendo a pesar de su actual crecimiento menguante.
Tras la crisis económica iniciada en 2009, los ganadores -definidos por Kissinger como los que pueden capear la tormenta dentro de un periodo razonable- tienen pocas reservas respecto a las bondades del sistema capitalista. Sin embargo, los perdedores -a quienes identifica como la franja meridional de la Unión Europea (Grecia, Portugal, España)-, buscan remedio en soluciones que niegan, o al menos obstruyen, el funcionamiento del sistema global. Porque Kissinger, al contrario de quienes opinan que el mundo está ya dirigido por las grandes corporaciones económicas y financieras, opina que los gerentes económicos de la globalización tienen pocas oportunidades de involucrarse en procesos políticos. También que los gerentes de los procesos políticos tienen pocos incentivos para arriesgar su apoyo interno anticipando problemas económicos o financieros cuya complejidad escapa a la comprensión de todos, exceptuando a los expertos. Visto así, la tan temida ocupación del espacio político por parte de los gestores económicos, la privatización del espacio público, no parece ser tan inmediata ni fácil. El diagnóstico final de Kissinger es que no encaramos un sistema de multipolaridad de poder sino un mundo de realidades crecientemente contradictorias caracterizado por los ataques islamistas contra la frágil estructura de Oriente Próximo.
Recomiendo la lectura de ‘Orden Mundial’, particularmente a quienes tengan vocación o interés por la política, aun más si son políticos en ejercicio. Procuren olvidarse del autor, aunque no tengan más remedio que reconocer -esa ha sido mi experiencia- que por medio de su lectura se adentran en las reflexiones de una mente fuera de lo común. Porque, como dijo Ralph Waldo Emerson: “Si un hombre escribe un libro mejor, predica un sermón mejor, o construye una ratonera mejor que su vecino, aunque levantara una casa en mitad del bosque, el mundo acabará por trazar un camino hasta su puerta”. Aun si esta es la de una consultoría.
DEIA








