Hace un par de semanas participé en un programa de una emisora de radio española hostil al proceso político que se vive en Cataluña, pero donde fui tratado con cordialidad. En ese momento, por supuesto, nadie sabía que los partidos abierta y explícitamente partidarios del sí obtendrían 72 diputados el 27 de septiembre y los partidarios claros del no (C ‘s, PP y PSC) sólo 52. Cabe decir también que entonces las encuestas hacían un diagnóstico muy, muy diferente de los resultados que finalmente se han producido (por ejemplo, varias prospecciones demoscópicas otorgaban al PSC entre 8 y 9 diputados). En todo caso, en ese contexto los resultados exactos del 27-S resultaban algo superfluos, porque el tema era exactamente otro. Traté de explicar que lo que está pasando en Cataluña no resulta comprensible a través de la ridícula teoría del “desafío de Mas”, según la cual una sola persona, una, había hipnotizado a los pobres catalanes llevándoles a hacer lo que en realidad no querían. Insistí igualmente en el hecho de que las consecuencias de la crisis económica del 2008 tampoco permitían explicar un hecho, el del catalanismo político, que puede remontarse al menos hasta el 1885, con el Memorial de Greuges. Fue justamente en este punto cuando se me preguntó por qué, si el recorrido del nacionalismo catalán era tan largo, el secesionismo no se había manifestado con claridad justo después de la muerte del general Franco.
En 1975 la gente que había combatido en la Guerra Civil con 18 o 20 años tenían entre 55 y 60. La inmensa mayoría estaban vivos, y las heridas no se habían cauterizado. Ubicada a la derecha de la ultraderecha, la cúpula militar era todavía la de los que habían ganado la guerra. Impensable, pues, plantear más que una descentralización administrativa. En segundo lugar, en 1975, antes de las políticas de integración lingüística y de las medidas urbanísticas para erradicar un barraquismo fomentado por quienes habían pagado y ganado la guerra, había un considerable porcentaje de la población absolutamente ajena a la realidad del país. En tercer lugar, y éste es en mi opinión el punto más importante, la presencia de la mentalidad democrática era casi nula. Conste que digo “mentalidad”, no “cultura democrática”, que es otra cosa; las mentalidades son extraordinariamente difíciles de cambiar. En 1975, el discrepante -fuera del tipo que fuera- era casi un delincuente, y las divergencias ideológicas o de cualquier otra índole se asociaban aún a la confrontación violenta. La aspiración básica de la democracia liberal, en cambio, se puede resumir en una sociedad donde el ser impopular no equivalga a estar en peligro. Parece sencillo, pero se trata de un hecho bien infrecuente en el mundo.
En el año 2015 las cosas no son como en 1975, evidentemente, pero están situadas encima mismo de aquellos sedimentos precarios. Venimos de donde venimos, y no hay que darle muchas vueltas. Por eso el proceso supone, tanto para Cataluña como para el conjunto de España, e incluso de Europa, un test de madurez democrática. Ahora comprobaremos si, efectivamente, a lo largo de estos 40 años redondos que van de 1975 a 2015 se ha producido un verdadero cambio de mentalidad que nos homologa a las viejas democracias liberales del norte de Europa o bien todo era una ilusión para tapar un horizonte tenebroso de pañuelos con cuatro nudos, bares con serrín en el suelo, ignorancia y muchas moscas. Ahora veremos si realmente esto ha quedado atrás o sólo estaba bajo la alfombra, expectante.
Visto desde esta perspectiva, el problema no radica en el hecho de que haya personas a favor o en contra de algo -sea lo que sea-, sino en la vivencia colectiva de esta discrepancia. La disensión, la confrontación de pareceres, la divergencia, existe ahora y continuará existiendo, por una razón o por otra. Lo que puede llegar a variar -o no- es la manera de gestionarla. Es entonces cuando sabremos si entre todos hemos superado un test de madurez política que no todo el mundo aprueba. Sin ir más lejos, la actitud autoritaria e intolerante que aún pervive en antiguos países comunistas -sea hacia los homosexuales en Rusia o hacia los inmigrantes sirios en Hungría- deja ver con claridad que la miseria moral del socialismo real ha obtenido una preocupante prórroga generacional . El franquismo puede haber atravesado quizás dos generaciones, aunque sea con un cambio cosmético de lenguaje político y de indumentaria gestual, de manera puramente superficial. Me gustaría pensar que no; pero cuando veo que ni siquiera se reconocen los resultados electorales del día 27, lo dudo seriamente.
ARA






