La performance diplomática fallida que protagonizó Felipe VI para colocar a Obama en medio de la campaña de las elecciones catalanas -ni una sílaba, ni una, en ningún diario estadounidense- merece una reflexión que va más allá del carácter puramente coyuntural del hecho. En ese acto rutinario había algo muy arcaico y alguna otra cosa de rabiosamente postmoderna. La segunda es la más obvia: el mensaje es el medio. El monarca y el presidente sonriendo juntos en la pantalla de la tele, mientras la gente come y una voz en off enumera matices filológicos sobre el adjetivo unido. Parpadeos efímeros en una pantalla, descontextualización, confusión, rapidez: pura posmodernidad catódica. Junto a esta esfera mental, sin embargo, un acto ancestral, antiquísimo: un sometimiento feudal en el sentido literal de la expresión. El señor local se desplaza al corazón del imperio, expone sus razones y obtiene el apoyo de alguien que está muy por encima suyo. La apelación a la autoridad universal del imperio, por supuesto, no forma parte sólo de la estrategia del gobierno español. Todos aspiramons a ello, incluidos los catalanes, que hemos acabado constatando que la diplomacia y la paradiplomacia son cosas muy, muy diferentes, por lo menos desde la perspectiva de la efectividad.
Felipe VI fue a escenificar la semana pasada la ‘inmixtio manum’ con el primer presidente estadounidense de raza negra; su padre, Juan Carlos I, hizo algo parecido con el primer embajador de Estados Unidos en España de origen afroamericano. Es probable que el nombre de Terence Todman no les suene mucho, aunque es uno de los personajes más enigmáticos del intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981. Muchos creen que estaba informado de lo que se estaba preparando desde de al menos una semana antes. De hecho, hasta el año 2009 no se supo que Todman había visitado por sorpresa el rey Juan Carlos en la Zarzuela la noche del 23-F. Cuento esta anécdota, muy turbia y aún hoy rodeada de misterio, para recordar a los más ingenuos que los países, abstractamente, no son “amigos” o “enemigos”, sino que tienen intereses comunes que los hacen colaborar o bien objetivos divergentes que los confrontan. Cuando en 1953 Franco y Eisenhower muestran al No-Do su ‘inmixtio manum’ (que en este caso es literal, tal como se puede ver en las fotografías de la época) los intereses de ambos estados coincidían. No coincidían, en cambio, cuando en 1898 la moderna marina de los Estados Unidos hundió todos los barcos españoles (todavía de madera) en la Cuba colonial, que ocupó hasta 1902. He aquí cómo funcionan las cosas. Uno de los libros más extraordinarios que he leído sobre la cuestión, y que les recomiendo sin lugar a dudas, es ‘Diplomacy’, del astuto Henry Kissinger, un trabajo denso y extensísimo que vale la pena para entender la mayoría de cosas que pasaron después de la Segunda Guerra Mundial… y algunas que están pasando ahora mismo. ¿Países amigos, países enemigos? No me hagan reír.
A menudo, los Estados Unidos han generado turbulencias en países terceros cuando sus intereses particulares así lo aconsejaban. En otros, en cambio, han hecho todo lo posible para mantener el statu quo y preservar la estabilidad (he aquí la palabra clave). En estos precisos momentos, 23 de septiembre de 2015, consideran que el mantenimiento de la estabilidad pasa por apoyar públicamente a Felipe VI. En otra circunstancia que no me atrevo concretar por prudencia, la estabilidad podría pasar justamente por otra apuesta política que resulte más razonable y, sobre todo, más rentable a medio plazo. Imaginemos, por ejemplo, que, a pesar de haber apoyado explícitamente a Cameron, Obama hubiera constatado una mayoría independentista abrumadora en Escocia. ¿Alguien cree, aunque sea por un instante, que no se habría adaptado pragmáticamente a la nueva situación en cuestión de horas? ¿Qué pasaría si el día 27 el sí a la independencia obtuviera un resultado claro e inequívoco? Pues lo mismo, evidentemente. En este caso, el cambio de parecer no se produciría en cuestión de horas, porque las situaciones que estamos comparando no son iguales en muchos aspectos; pero tarde o temprano la realidad se acabaría imponiendo, como ha ocurrido siempre. Cabe decir -no sea que alguien se anime y empiece a hacer volar palomas antes de hora- que este mismo argumento no puede aplicarse directamente en el caso de la Unión Europea. Esto no significa, sin embargo, que la realidad no se acabe imponiendo igualmente, sea en cuestión de meses o de años. No se trata, por tanto, de que el domingo gane el sí -esto no serviría de gran cosa- sino que la victoria resulte indiscutible, llamativamente clara.
ARA







