Sumo intérprete

El concepto de unidad de España es sagrado para el nacionalismo español. Así es ahora y así ha sido siempre, desde no se sabe exactamente qué período prerromano, como repiten alterados cada vez que hablan. El nacionalismo español, como todos los nacionalismos oficiales de Estado, no se reconoce como tal. Por eso las tropas rebeldes del 36, que tenían “la patria” como valor referencial, reverencial y absoluto, se hacían llamar “nacionales”. Son “nacionales”, pero no “nacionalistas”. Los nacionalistas son los otros, porque ellos, aunque tengan las vísceras patrióticas más alteradas que nadie, no aceptan sufijos de irritación. Su nación es sagrada. No tienen que reivindicar nada. Sólo cumplen los designios de Dios.

Dios y patria han sido dos conceptos relacionados y mezclados en la historia de España. “Por Dios, por la patria y el rey”, cantaban los requetés. “Por la gracia de Dios”, proclamaban las monedas durante la dictadura franquista. Como lo habían hecho siempre durante los períodos de monarquía absoluta.

Dios ata a la patria porque ambos son conceptos sagrados. ¿Quién mejor que Dios, que es eterno, para eternizar la patria? Por ello, el nacionalismo español actual, que no se reconoce como tal pero que es heredero de toda esta sagrada tradición, afirma, una y otra vez, sea de derechas o de izquierdas, que ningún parlamento del mundo puede deshacer lo ha hecho sagrado la historia. La prehistoria. No sólo el Parlamento de Cataluña, ni siquiera el Parlamento español puede cuestionar la unidad de la patria. Por ello, la Constitución reserva a las fuerzas armadas, el ejército, la defensa de la integridad de la patria. Porque, más allá de las constituciones, está la fuerza coactiva de las armas. Otro valor quizás no tan sagrado pero sí efectivo.

Todo esto es historia de España y todo esto es España. Y en nombre de todo esto, como gran burla, los defensores de las esencias sagradas se atreven a tachar a los discrepantes de “totalitarios”, de “fascistas” o de “nazis”. Fueron los nazis quienes entregaron a los totalitarios españoles al presidente de la Generalitat de Cataluña para que fuera fusilado. Cambiar la historia de manera tan grotesca les debería dar vergüenza.

Pero no la tienen. Por ello, en la propuesta de reforma de la ley 21/1979 que regula el funcionamiento del Tribunal Constitucional y que acaba de presentar el Grupo Popular del Congreso se puede leer: “Nuestra Constitución encomienda al Tribunal Constitucional la función de ser sumo intérprete y garante”. La Constitución no dice nada de eso. No es laica, pero sí es aconfesional y no habla de “sumos intérpretes y garantes”. A estos señores de tiro sagrado y, por tanto, autoritario, se les va la mano. Como siempre. Efectivamente, ellos son los que recuerdan los años treinta. En el papel estricto de verdugos.

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