Si Alexis de Tocqueville quisiera escribir ‘La Democracia en América’ hoy, en lugar de en 1831, le haría ir a Jones Beach. Le recomendaría que cogiera el ferrocarril en Penn Station, en el centro de Manhattan, y compartiera con las masas los 48 minutos de trayecto hasta Freeport. De allí, un autobús le llevaría al otro lado del puente que une Long Island con la isla Jones Beach, apenas un banco de arena de 16Km, como una pincelada larga y estrecha, que acoge cada año hasta seis millones de cuerpos neoyorquinos dispuestos a tostarse de cara del Atlántico. Pero si insiste en ir en coche, debería prevenirle contra el desasosiego que causa contemplar las 15 mil plazas de aparcamiento, sobre todo si están ocupadas.
Instalados en la arena le haría notar que los blancos son extremadamente minoritarios y que abundan las familias mixtas de negros e hispanos. La playa es inmensa pero no hay ni un palmo libre, las puntas de las toallas XXL se tocan, y los grupos se sientan en corros irregulares de cinco, diez y hasta quince personas. Imagino que me preguntaría por los muebles: todo el mundo los lleva. Sillas, mesas, toldos, tumbonas, pufs, sombrillas, neveras, e incluso pipas de agua. Se agradece este humo dulce de tabaco turco, Alexis, que modera el olor a pollo frito, gambas rebozadas, crema solar y marihuana. Ahora levanta los ojos y mira a los miles de familias pacificándose al sol: ¿qué más ves, Alexis?
El pueblo nunca se calla
“¿Ver algo? Primero quiero hablar del sonido. “De acuerdo. En cada círculo hay un altavoz. Predominan los de la marca Bose, sin hilos, conectados por bluetooth a los móviles, pero de vez en cuando todavía se ven trastos enormes, que interpreto como un ejercicio nostálgico de reivindicación del radiocassette loro. Todos los volúmenes al límite, la arena amortigua la vibración. Nadie, Alexis, está dispuesto a renunciar a su derecho individual a emitir la música de su preferencia. Sí, Alexis, la mezcla de todos los sonidos forma un estruendo indescifrable. Como la libertad, el volumen de unos termina donde empieza el volumen de los demás. La ironía de la igualdad: la mayoría de las canciones son más o menos, versiones de los mismos ritmos, armonías y letras, brother.
Se escucha también la lengua de este pueblo, mezcla de inglés, ‘ebonics’ (la variante dialectal negra) y ‘spanglish’: “Quieres un tan, nigger?” “I ain tellin you no mo, nigazz is nigazz?”(“¿Quieres crema bronceadora, colega de raza afroamericana?”. “No te lo pienso repetir, los negros ya somos negros”) O el esfuerzo pedagógico de la abuela de la niña de cinco o seis años que menea el culo eróticamente: “¿Estás haciendo twerking? ¡Para inmediatamente! ¡Eres demasiado pequeña para ser tan fresca!”. Lo único que no se escucha es el océano. Ni se ve, oculto tras un skyline de sombrillas. Parecería que un pueblo en éxodo se ha detenido un momento en medio del desierto.
Control social
Verás que la mayoría de cuerpos pertenecen a eso que se llama clase obrera y que en la práctica significa que son empleados de los restaurantes, bares, tiendas, peluquerías, talleres, aparcamientos y cualquier servicio, público o privado, que necesite de trabajadores poco cualificados. Viven lejos de Manhattan, seguramente en el Bronx, en el este y el norte de Harlem, al sur y al este de Brooklyn o el norte y el centro de Queens. Viven en pisos pequeños de pocas habitaciones que en verano se convierten en hornos microondas. Los niños no tienen escuela y los campamentos son caros y duran sólo unos días. Hay centros, pero sólo entre semana.
Las estadísticas dicen que las familias no son muy estables, y esto hace que se agrupen primos, primos segundos, vecinos y falsos parientes alrededor de las abuelas, que lo aguantan todo y te ganarían cualquier pelea, verbal o física. Son ellas las que encargan las bandejas de aluminio llenas de pollo, gambas y arroz. Son ellas las que eligen el lugar donde hay que poner el mobiliario. Son ellas las que vigilan que los pequeños no órbiten demasiado lejos del núcleo irradiador.
Jones Beach es resumen de la democracia americana, Alexis, el paisaje conquistado, el recreo imprescindible de las masas, la expresión de sus límites y de sus derechos, la mezcla irrefrenable, el ruido, el humo, el juego. Convivencia y paz, Alexis, pero por si acaso, está prohibido beber alcohol.
La Vanguardia








