Puede sorprender que, cuando los avances de la ciencia y la lucha contra la superstición nos han llevado a las cotas más avanzadas de la civilización humana, todo tipo de supercherías campen con tanta tranquilidad. Y no sólo por caminos ocultos, sino descaradamente, a la luz pública, a menudo con el apoyo de los mismos medios públicos. La gravedad del caso ha planteado la posibilidad de obligar a la vacunación en nombre de la salud pública. He aquí un gran dilema, porque la prohibición aún daría más vuelo a las teorías conspiracionistas.
Y es que el combate contra la credulidad es titánico. En primer lugar, porque no es fácil distinguir entre creencia y credulidad. La creencia no se fundamenta en la certeza incontestable, sino en la duda. Como decía el filósofo Joan-Carles Mèlich en una entrevista reciente en La Vanguardia, la religión bien entendida es investigación y misterio, no dogma y dominación. Creemos cuando reconocemos que no sabemos, cuando lo hacemos desde la duda, desde la búsqueda insaciable de sentido. Por el contrario, cuando rehuimos la incertidumbre, cuando no aceptamos mirarla a los ojos, nos refugiamos en lo que consideramos incontestable. Ya había advertido G.K. Chesterton que la causa del conservadurismo es el descreimiento: “Dejen que las creencias se desvanezcan rápidamente si desean que las instituciones permanezcan sin cambios” (Orthodoxy, 1908).
Ene segundo lugar, el combate contra la credulidad es durísimo porque tampoco se suele entender que el conocimiento científico no se fundamenta en la acumulación de verdades incontestables sino en la capacidad de hacer buenas preguntas. Lo dice el título de uno de los libros de aforismos de Jorge Wagensberg, ‘Si la naturaleza es la respuesta, ¿cuál era la pregunta?’ (Tusquets, 2003). Y es que cada pequeño avance científico es resultado de cientos, de miles de preguntas sin respuesta, hasta que se encuentra la que nos acerca un poco más a la realidad. (Por cierto, para evitar engaños, no deje de consultar www.infopseudociencia.es (http://infopseudociencia.es/), del Grupo de Investigación en Comunicación Científica de la UPF.)
No debe extrañar que la llamada a la desconfianza hacia las farmacéuticas haya encontrado la máxima aceptación cuando se ha hecho vistiendo el hábito de monja, para muchos señal de inocencia y de proximidad al Absoluto. Ni tampoco debe extrañar que la crítica al sistema se suela vestir de candidez, de bondad, llevando el debate más hacia el terreno de las superioridades y las certezas morales que hacia el de la duda, que es desde donde históricamente se ha construido el progreso y el bienestar.
El desatascador de todo lo volvemos a encontrar en Chesterton. En la misma obra antes citada afirma: “El hombre está hecho para dudar de sí mismo, no para dudar de la verdad, y hoy se han invertido los términos”. Dicho de otro modo, sólo si dudamos de nosotros, si aceptamos con humildad nuestra frágil condición humana, nos podremos apasionar en la durísima búsqueda de la verdad. En cambio, cuando queremos escapar de la duda es cuando nos refugiamos en una credulidad arrogante, la de las falsas verdades conseguidas renunciando a hacerse preguntas arriesgadas.
ARA









