En el caso de las elecciones autonómicas y municipales españolas se puede decir algo parecido: la sacudida ha sido importante, y en algunos casos incluso espectacular, pero eso no significa de ninguna manera que se acerque un gran cambio político. El PP y el PSOE han recibido varias palos y alguna patada en la espinilla, de esas que hacen tanto daño, pero están más o menos donde estaban. Quiero decir, lisa y llanamente, que todo esto no tiene nada que ver con lo que pasó en octubre de 1982, cuando la irrupción del PSOE supuso la desaparición de la UCD. El domingo no se produjo ningún cambio de este tipo, ni parece imaginable que pase a corto plazo. Iglesias y Rivera tienen buenas expectativas, ciertamente, pero cuesta creer que alguno de los dos será el próximo presidente del Gobierno. No olvidemos que, en el mejor de los casos, los de Podemos siempre han quedado los terceros a nivel estatal… Ruido mediático, todo lo que quieran. Los resultados reales y tangibles, en cambio, son otra cosa muy diferente.
Dicho esto, y precisamente con la intención de matizar lo que acabamos de decir, hay que constatar la desconcertante volatilidad ideológica de un cierto electorado, que no permite hacer muchas previsiones ni a corto ni a largo plazo. Hay muchas ciudades españolas donde a finales de la década de los 70 ganaba por mayoría abrumadora la UCD y donde después,en los 80, los socialistas arrasaron, hasta que a partir del 94 el PP obtuvo victorias totales. Este hecho resulta más bien raro en Cataluña. Desde finales de la década de 1970 han pasado muchas cosas, pero las corrientes subterráneas profundas -las que provienen, de hecho, del siglo XIX, como es el caso del catalanismo político- están exactamente dónde estaban, después de dos dictaduras y variadas peripecias. Zaragoza, por poner un ejemplo cercano, ha hecho el clásico recorrido UCD-PSOE-PP, y por tanto no es descartable que ahora vote alguno de los partidos emergentes. No se puede decir lo mismo de las grandes ciudades catalanas, donde la alternancia no ha tenido nunca nada que ver con esta evanescencia política.
Los cambios inviables, sin embargo, no acaban aquí. Hasta hace poco, muchos -incluido un servidor de ustedes- dábamos por supuesta la hegemonía numérica del soberanismo. Descartada la lista de país que permitía escenificar un plebiscito el próximo 27 de septiembre, esta hegemonía se ha ido marchitando. El catalanismo dio un enorme paso adelante desde aquella multitudinaria manifestación del julio del 2010 contra la sentencia sobre el Estatut, y alcanzó una enorme victoria simbólica el 9-N. Pero algunas cosas han cambiado. El momento más significativo de la pasada campaña electoral se produjo en el debate de TV3. No se trató de ninguna frase lapidaria, sino de un expresivo silencio. ¿Lo recuerdan? Fue cuando Alberto Fernández Díaz le preguntó a Ada Colau si era o no era independentista. Después de aquel silencio, no es necesario añadir nada más para entender el estado actual de las cosas. Ahora si nos queremos entretener engañándonos a nosotros mismos, adelante.
ARA






