En ‘Refundar el cosmopolitismo’ (UB) el filósofo tunecino Yves Charles Zarka, a pesar de ser consciente de que las fronteras no son ni naturales ni racionales, sino fruto de la historia a menudo violenta, las defiende. Ve en ellas un sentido positivo. “Una frontera no es sólo lo que separa o discrimina, sino también lo que permite el reconocimiento y el reencuentro con el otro”, tanto a nivel psicológico como ético o político. “Lo que hay que combatir son los muros, pero no las fronteras”, precisa. Los primeros son unilaterales, las segundas hoy las tenemos que entender como una forma de reconocimiento mutuo. “Un mundo sin fronteras sería un desierto homogéneo, sin diferencias colectivas”. Zarka lo dice desde su idea de un cosmopolitismo que “impone perentoriamente la aplicación de una política de hospitalidad contra una política de hostilidad”, un cosmopolitismo que es la otra cara de la mundialización o globalización. Sí, la hospitalidad de la que ya hablaba Kant, como fundamento de “la paz perpetua”, una hospitalidad que la Europa actual, y la España de Fernández Díaz en particular, parecen haber olvidado. “El derecho de todo extranjero a no ser tratado como enemigo en el país a donde llegue”, decía Kant.
¿Tenemos, pues, derecho a construir una frontera catalana, una frontera que sea hospitalaria? Zarka cree que el humanismo cosmopolita debe surgir de las nociones de pertenencia a un lugar y a una cultura, por una parte, y de la responsabilidad respecto al conjunto de culturas y lugares (es decir, del respeto a la diversidad humana y a la natural, de la madre Tierra), por otra. “Conducir al hombre a su verdadera condición significa hacerle volver a bajar a tierra”, en el sentido concreto y global a la vez. Dice más: “Lo que es cosmopolita debe ser regulador de lo político, no sustituirlo”. De nuevo un sí a las fronteras.
Dentro de este discurso suyo, hay otra idea muy interesante: “La Tierra no es sólo un lugar de residencia”. O de paso. Es ‘el’ lugar. Es la condición previa de nuestra existencia, es un lugar, además, a compartir. Y ahora sabemos que es un lugar vulnerable, finito. Por eso hay que tener cuidado, preservarlo y respetarlo. Y lo mismo ocurre con nuestro sitio particular, nuestra ciudad o país. No puede ser, tampoco, un mero lugar de residencia. No podemos vivir como turistas, ajenos a la cultura y a la lengua del lugar que nos acoge, metidos en nuestra burbuja. Ante el falso cosmopolita, la condición cosmopolita de Zarka nos exige el arraigo local. No se puede ser sólo global, no se puede ser un hombre en abstracto. “Cada hombre lleva dentro la forma completa de la condición humana”, escribía Montaigne.
Y, por último, ¿cómo conseguimos poner una frontera sin violar la democracia española de la que formamos parte? Remontándose a Antígona, pasando por Buchanan, Milton y Thoreau, el autor tunecino formula “el derecho cosmopolita de resistencia”, que es, dice, metapolítico, y que, por tanto, no puede ser concedido por nadie. “Es un derecho del ciudadano del mundo”, que tiene “el derecho legítimo a resistir en virtud de la responsabilidad universal de la que está dotado”. ¿Resistiremos los catalanes en nuestro afán de ir solos por el mundo? ¿Seremos capaces de otorgar la máxima libertad a nuestra polis? ¿Tendremos el valor de convertirnos plenamente en cosmopolitas?
ARA









