La dinámica de fragmentación del anticuado estado británico vaticinada por Tom Nairn hace 30 años ya parece estar alcanzando velocidad de crucero igual que el trasbordador Challenger. “Grandes cosas están ocurriendo en el Reino Unido; y son imparables; estamos al inicio del fin de la unión;”, dijo Martin Mc Guinness, el diputado de Sinn Fein, y ex líder del Ejército republicano irlandés que entiende más que nadie las fuerzas centripetales que Londres, la capital de la elite global, genera desde la megacrisis. Eso no es exactamente lo que Cameron pretendía cuando –ganando la admiración de Catalunya entera- optó estratégicamente por consultar al pueblo siguiendo la noble tradición de la democracia más añeja del mundo.
Quizás la definición de la locura de nuestras elites sea la einsteniana repetición de lo fracasado. Pero estos son tiempos muy complicados para un tory de los prósperos home counties en los bucólicos alrededores de Londres, pese a todas las apariencias tras las elecciones del pasado jueves. La rabia anti establishment se palpa en muchas calles de Inglaterra tanto como las escocesas. Hay que hacer algo. Es más, Cameron es vástago del rey Guillermo IV, nieto del primer baronet de Wasing y ex alumno de Eton, así que confía en que el pueblo siempre acabe portándose como debe. Para eso sirve la democracia.
De modo que pronto convocará un segundo referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE. Se celebrará con toda probabilidad en el 2017. Pero los tories corren un grave riesgo de agravar la crisis política del establishment en una campaña en la que el único partido que apoya la salida de la UE será otro de los nuevos nacionalismos de la post crisis, este mucho más feo: el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) que quizás irá acortando su acrónimo en los próximos para convertirse en EIP (el lector perspicaz ya habrá deducido cual es el significado de la E en tiempos de desmembramiento de la unión)
John Lanchester, un astuto comentarista sobre la economía y las elecciones, me comentó durante una merienda en el centro de Londres que “estamos atravesando una situación en Europa en la que los grandes partidos establecidos jamás dicen lo que para gran parte del electorado son obviedades y esto es muy peligroso”. Se refiere a la impunidad de la banca, la corrupción endémica e institucional en la relación entre los poderes empresariales y los políticos (busque en Wikipedia: Tony Blair), la injusticia de la desigualdad extrema, y, hay que decirlo, la utilización del libre movimiento de mano de obra en la UE como una estrategia de nivelación de los salarios hacia abajo.
UKIP pronto se va a convertir en el único partido que se enfrenta a ese establishment (tories, laboristas, liberal-demócratas) en una larga campaña sobre el Reino unido y la UE. Esto pese a que en el Reino Unido y otros países europeos, gran parte de la indignación por la crisis y su resolución injusta, se está canalizando hacia un euroescepticismo radical en amplios segmentos de la población. En los tiempos de la pos crisis, ser el abanderado de las causas tabú contra el establishment es un espacio político privilegiadísimo. Y Cameron está a punto de entregárselo en una bandeja de planta del baronet a Nigel Farage y al UKIP.
Es probable (aunque no es seguro) que los poderes del establishment con el apoyo de miles de millones de libras de la City financiera y las empresas multinacionales europeistas, lograrán, al igual que en el caso escocés, que la mayoría de los británicos voten en contra de la salida de la UE. Lo que me preocupa a mí, -escribiendo en el norte de Inglaterra, donde el laborismo se agarra desesperadamente a sus feudos del pasado como a un clavo ardiendo- es lo que puede venir después.
Farage, un político astuto que, con toda seguridad, volverá a liderar el partido tras coger unas vacaciones en verano( la retirada y el regreso degaulista debe de ser estratégico), sabrá rentabilizar ese monopolio durante la campaña del referéndum de la gran clase de excluidos británicos, más mutilada aún que ahora por unos 15.000 miles de recortes al gasto público que los tories pretenden llevar a cabo en los próximos cinco años. Solo hay algo más preocupante para el status quo británico que un Ukipper que piense que puede ganar un referéndum y es un Ukipper que acaba de perder un referéndum, probablemente por un estrecho margen, contra todas las fuerzas del establishment.
Esto, me temo, puede resultar devastador para el laborismo y para la moderada democracia británica. Sobre todo aquí en el norte. Si UKIP aprende de Marine Le Pen y gira hacia la izquierda en su programa económico, puede rentabilizar la desesperanza de millones de trabajadores de salario mínimo y contratos cero horas, económicamente excluidos desde hace décadas y ahora excluidos de la representación política desde el hecatombe del laborismo escocés y el inicio del fin de la Unión. Según cualquier lectura sensata de la situación (como la de Owen Jones), los laboristas deberían convertirse también en un partido radical, indignado y anti establishment. Pero todo indica que el mensaje que los ineptos neo blairistas de los think tank y spin doctor laboristas han sacado de esta derrota es que el partido es demasiado de izquierdas.
La estrategia de UKIP de buscar el segundo puesto en los feudos laboristas del norte ha dado frutos. Registró fuertes subidas en ciudades postindustriales como Newcastle, Sunderland, o Hartlepool. En Sheffield ha salido segundo en tres escaños. “Estamos sacando segundos puestos de cara a las elecciones del 2020”, dijo Paul Nuttall, euro diputado de UKIP, oriundo de Liverpool. O sea que el segundo referéndum de Cameron puede acabar en el 2020 con un terremoto protagonizado por UKIP no menos estremecedor que el terremoto protagonizado el jueves por el SNP.







