El estado turco pierde los papeles

Estaba cantado que Obama no diría ni una palabra sobre el centenario del genocidio Armenio para no irritar a Turquía, flanco oriental de la OTAN. Tampoco la Casa Blanca ha querido incomodar a Azerbaiyán, la antigua república soviética de cultura turcomana plena de puntos de extracción de gas y de petróleo, algunos de los cuales son propiedad de grandes compañías estadounidenses. Azerbaiyán es un satélite atlantista con el que hay que procurar estar en buenas relaciones y no cuestionarle la soberanía del Alto Karabaj, aunque los que viven allí sean armenios. En Washington han pesado más los intereressos geopolíticos que el reconocimiento de un crimen que afecta a decenas de miles de armenios ciudadanos de los Estados Unidos. Y también ha pesado el hecho de que la república de Armenia sea una especie de protectorado ruso. Es decir, un Estado que ha ido a parar a la digamos vertiente que no tocaba de la confrontación geoestratégica entre occidente y la Rusia de Putin.

Con todo, el silencio de Obama sobre el genocidio no ha podido apaciguar el malestar del Estado turco y de su presidente Recep Tayyip Erdogan que, impotente, ha tenido que contemplar como empezaba a perder la batalla mediática en el momento mismo que el Papa Francisco, con dolor y solemnidad, se hacía eco del genocidio Armenio. Acto seguido el régimen turco comenzaría a perder los papeles en el sentido más literal. Erdogan pensó que trasladando la celebración de la batalla de Gallípoli al 24 de abril, haciéndola coincidir con la fecha del centenario, restaría al genocidio proyección mediática, pero la maniobra se le volvería en contra. De acuerdo con que Armenia no tiene suficiente potencial diplomático como para llevar el genocidio -como sí lo querría- a las Naciones Unidas. Pero Turquía no sólo no ha podido imponer su relato histórico: a partir del gesto del Papa Francisco le ha sido imposible cerrar el paso a tres soportes básicos para la causa armenia: el reconocimiento del crimen por el Parlamento Europeo; la presencia del presidente francés François Hollande y del ruso Vladimir en Ereván, en la capital de Armenia, para participar en la ceremonia del memorial, y la rúbrica puesta por el presidente alemán Joachim Gauck, un hombre de Merkel, al sumarse al pésame y a las condenas.

La aparente superioridad moral turca expresada durante los días previos a la conmemoración expresa de hecho el malestar y la rabia propios de la impotencia. Unos cuantos periodistas y profesores universitarios hemos tenido la oportunidad de comprobarlo a pequeña escala. La entrevista al periodista Xavier Moret autor del libro ‘La memoria de Ararat’, publicada en el diario Ara, provocaría una carta de protesta al diario del Consulado de Turquía en Barcelona, que tampoco asumió nada bien el artículo “El crimen que inspiró a Hitler” del profesor Joan B. Culla, publicado al cabo de unos días. Pero el episodio más denso de la diplomacia turca en Barcelona sería escenificado el 13 de abril en el Colegio de Periodistas durante la presentación de los actos sobre los 100 años del genocidio. Un funcionario turco adscrito al consulado exigió leer un nota oficial que, como era de esperar, negaba el Genocidio. Desde la mesa accedimos a darle unos minutos para que se expresara libremente. El diplomático turco sólo hablaba inglés, y se dio el hecho de que la ayuda para hacerse entender la dispensaría amablemente una profesora armenia, intérprete de oficio, que lo tradujo al catalán. Terminada la intervención, el representante del consulado quiso seguir hablando sobre la “infamia” del exterminio, mientras desde la mesa le pedíamos, por favor, que nos permitiera continuar el acto como estaba previsto. El hombre acabaría perdiendo los papeles, -al igual que le pasó a Erdogan con el Vaticano- y se tuvo que callar, al tiempo que se le advertía que se le podría echar fuera. El funcionario se levantó y salió de la sala visiblemente alterado. Y es que la negación no se improvisa sino que está incorporada al imaginario nacional, forma parte de la ideología de Estado. Hace cien años, a más de un millón y medio de armenios les quitaron la vida, y durante un siglo les han robado también la muerte. Niegan que te hayan matado y hasta te niegan que hayas existido. La negación no es una estrategia para ocultar el exterminio sino que forma parte: es, de hecho, la fase final.

 

EL TEMPS