Ni Cameron ni Miliband

Salvo que las encuestas se equivoquen por completo, ni conservadores ni laboristas obtendrán una mayoría en el Parlamento de Westminster este jueves. Los conservadores no han conseguido del todo dar la vuelta a la economía. Y los laboristas, a pesar de su giro hacia la izquierda, no han podido detener la revuelta de su electorado en Escocia.

Desde que Cameron gobierna, el Reino Unido ha creado 1,6 millones de puestos de trabajo en términos netos. En todo el resto de Europa, por el contrario, se han destruido más de medio millón -muchos más si excluimos Alemania-. Tener una moneda propia y una política monetaria autónoma ha salvado al Reino Unido del encorsetamiento del euro. Pero este dinamismo laboral no ha tenido ningún efecto real sobre los ingresos de los británicos.

La renta per cápita el año pasado fue idéntica a la de principios del 2007. Detrás hay un problema de productividad: la producción por hora trabajada ha caído casi un 2% entre 2008 y 2014, y esto hace difícil pagar salarios más altos. En todo caso, esta evolución no es exclusiva de la economía británica. La gran mayoría de los países avanzados sufren el mismo problema estructural. El empleo industrial se ha contraido, en parte por cambios tecnológicos que reducen la demanda de mano de obra, en parte por la competencia de las economías asiáticas. Y los nuevos empleos generados en el sector de servicios no pagan necesariamente más -al menos no en hostelería, turismo o servicios domésticos-. España es un ejemplo extremo de ello.

En el Reino Unido hay un elemento idiosincrásico que agrava esta sensación de estancamiento: la distribución desigual del crecimiento y de la población. Al norte, hay una lenta espiral de decadencia. Al sur, Londres se ha convertido en una megaciudad o, más bien, una megarregión que gira alrededor de la City financiera y de todas las empresas (de publicidad, espectáculos y servicios) que viven del estatus del inglés como lengua franca de todo el mundo. El primer efecto de esta densidad demográfica son unos precios de la vivienda estratosféricos, inalcanzables para la clase media: el precio medio por metro cuadrado es el segundo más alto del mundo (después de Mónaco). El segundo efecto es la ansiedad diaria que produce desplazarse cada día de casa al trabajo y viceversa. Cojan el tren a primera hora de la mañana desde un condado cualquier alrededor de Londres y después el underground hacia la City: la multitud de gente en los vagones, los andenes y los pasillos produce la misma sensación que debe experimentar un corte de carne cuando lo pasan por una trituradora para hacer hamburguesas.

Los candidatos no parecen tener el talento o el estómago para resolver estos retos. Cameron es pura élite británica: pasado por una escuela privada como Eton, con el punto torturado de internado inglés, exquisitamente distante de las masas, creíble, patriótico y sensato. Le separa de la élite del siglo XX, sin embargo, el sufrimiento impuesto por las dos guerras mundiales. Esto le hace incapaz de proyectar cualquier misión trascendental. Su mejor momento fue el referéndum en Escocia. Y su gran victoria, haber fagocitado a los liberales.

En cuanto a Miliband, al principio hubo dos, David y Ed, ambos hijos de un sociólogo marxista, nacido en Bélgica de familia judía huída del Holocausto, y con una cierta llamada en los setenta. David, que estudió en el MIT, era moderado y fue ministro de Exteriores con Blair. Ed, el radical, se quedó con el partido laborista después de una guerra fratricida con David. Ed Miliband, que subió en las encuestas cuando el Daily Mail lo intentó ridiculizar publicando la lista de todas sus exnovias, a veces parece obsesionado sobre todo con vengarse de la sombra de Tony Blair. O quizás es simplemente que al actual líder laborista no le gusta la economía de mercado. Sin eso, sin embargo, no es posible ganar el centro y, por supuesto, generar crecimiento económico.

De Clegg, el líder liberal, tengo poco que decir. Tiene cara de pescado hervido. Su señora es española. Y su muerte electoral estaba cantada una vez no pudo cambiar el sistema electoral. Los liberales ya cometieron el mismo error en 1923 y eso les condenó a quedarse fuera del gobierno durante más de ochenta años.

Farage, el líder del Partido de la Independencia del Reino Unido, es tan inglés como todos los demás. Su forma, sin embargo, es más explosiva. Como miembro del Parlamento Europeo, su causticidad ayudó a animar una cámara que parece un templo calvinista, por sus maneras estrechas, y a la vez bizantinas. Su patriotismo, sin embargo, es exhibicionista y crudo: cercano al de aquellas señoras inglesas que, sin sujetador, llevan una camiseta con la inscripción “tea + pub = England” en una playa cualquiera de los Países Catalanes. En todo caso, Farage capta la versión británica de la malaise (malestar) que se ha extendido por una Europa que se siente en declive.

Y finalmente queda Escocia, que decidida a no convertirse en el apéndice provinciano de Londres, ahora tiene todos los números para acabar gobernando Inglaterra de la mano de Miliband. No nos extrañe que todo termine con un gran pacto confederal -una imposibilidad metafísica en España- que salve el Reino Unido.

ARA