No me detendré, sin embargo, en valorar las declaraciones durísimas del uno, refiriéndose a la deriva política de Podemos como “salvoconducto para la mentira, el engaño, la traición y las malas artes”. Ni a las palabras contemporizador de otro, que justificaba la “dimisión” del primero asegurando que la política exige una “flexibilidad” que, entendía, el intelectual no tiene. Y no lo haré porque me las tendría que tomar como expresión de opiniones francas, y más bien me parecen propias de una confrontación de tácticas electoralistas, de personalismos inconfesables y de ganas de huir de estudio para minimizar la crisis. Sería absurdo, pues, pensar que detrás de estas declaraciones a los medios hay un planteamiento argumental riguroso que haya que discutir.
Sin embargo, de la diatriba verbal y del intento de reconducción condescendiente, me interesa un aspecto de fondo. Me refiero a la necesaria -según mi parecer- tensión colaborativa entre el político de acción y el intelectual crítico. Porque entre el intelectual orgánico de Gramsci, al servicio de la justificación de unos intereses de clase o partido, y el que vive encerrado en la torre de marfil celoso de preservar la asepsia de su pensamiento, también cabe la del ‘intelectual independiente de criterio y a la vez comprometido con la verdad y libertad universales y la justicia y el bienestar particulares, un modelo cercano al defendido por Mannheim.
De la dificultad del papel del intelectual crítico y a la vez comprometido ya había escrito con acierto Jean-Paul Sartre en ‘Plaidoyer pour les intellectuels’ (Gallimard, 1972), publicado en catalán con el título ‘Defensa dels intel.lectuals’ (PUV , 2006). Sartre pone el acento en la “soledad” del intelectual, un “hombre de más” y con un papel “inasimilable”, “sospechoso para las clases trabajadoras, traidor para las dominantes”. Y recuerda que “el poder, sea cual sea, quiere usar los intelectuales para su propaganda, pero se desconfía y siempre empieza las purgas por ellos”. Y en este “sea cual sea”, pongamos el poder político, el económico, el mediático o el de una ONG o la sociedad civil en general.
Sostengo, pues, que si bien es cierto que la relación entre pensamiento y acción, entre intelectual y político, es inevitablemente tensa, es esa misma dialéctica la que garantiza el compromiso del primero y la autocrítica del segundo. Y sostengo que es una muy mala noticia que esta tensión no se sepa buscar y mantener. En el caso de Iglesias y Monedero, la ruptura ha sido explícita y radiada en directo. Pero en la mayoría de otros partidos, existe de manera más o menos soterrada. La crítica de una acción política envía al intelectual a las listas negras, con la misma celeridad que una aprobación los convierte en propagandistas sin habérselo propuesto.
La ruptura de la tensión entre Iglesias y Monedero, pues, es síntoma de retroceso de Podemos hacia la vieja política. Un lugar del que, los que ya están en ella, tampoco dan señales de saber o querer salir.
ARA









