Hace 14 años Unicef informaba de que un barco llamado Etireno había zarpado el 30 de marzo de 2001 de un puerto de Benin cargado con 250 niños que debían ser vendidos como esclavos. El 15 de abril se hizo pública una orden internacional de busca y captura. Al cabo de sólo 24 horas se descubrió que la literaria, magnífica, historia de los niños esclavos era falsa: en el Etireno viajaban familias de inmigrantes indocumentados a quienes nadie había forzado a subir al barco. En cualquier caso, el material no se podía desaprovechar. La mayoría de periódicos ilustraron las últimas migajas informativas del episodio con fotografías que insinuaban la veracidad de lo que acababa de ser desmentido por los hechos. Sólo se veían soldados con niños en los brazos. Se trataba de exprimir el entramado argumental hasta el final, como si fuera un jugoso limón que la realidad se había empeñado en marchitar demasiado prematuramente. El componente más desconcertante de todo este lío, sin embargo, lo aportó un responsable de Unicef, Nicolas Pron: se mostró “satisfecho” por todo lo que había pasado, “porque de esta manera la comunidad internacional se ha dado cuenta del hecho” (¿¡de qué “hecho”!?).
En 2004 el esquema se repitió fielmente. Resulta que en Mampula, una remota región de Mozambique a 700 kilómetros de la capital, Maputo, había vuelto el hombre del saco. A los niños los secuestraban y, después de engordarlos en una especie de granjas, los asesinaban y les extirpaban ojos, riñones, hígado, etc. ¿Y quien los compraba? ¿No lo adivinan? Pues, evidentemente, “ricos ciudadanos de Israel”. De nuevo, los judíos. Como sus antepasados medievales, que se comían niños tras celebrar una misa negra, los judíos actuales practican nuevas y perversas versiones de canibalismo infantil. ¿Pruebas? Lean con atención esta frase: “Las Siervas de María no pueden asegurar que lo que está pasando se deba a la acción de una mafia de tráfico de órganos, pero lo intuyen” (El Mundo, 15 de febrero de 2004).
La semana pasada la ONG ‘Save the Children’ anunció el hundimiento de una embarcación donde, supuestamente, habrían muerto 400 inmigrantes subsaharianos, “con muchos niños a bordo”. Todos los periódicos se hicieron eco de ello. Fueron pasando los días y no se encontró ninguna evidencia, por pequeña que fuera, de una tragedia de estas dimensiones: 400 muertos son muchísimos muertos, y es imposible que no dejaran ningún rastro. Poco después, la historia se complementó con un estremecedor relato de tiburones que devoraban personas. Los responsables de esta ONG insistían, a la vez, que el problema (absolutamente real) de la inmigración ilegal masiva en las costas italianas persistía, pero como “ya había perdido interés informativo”, ahora nadie le hacía caso. De manera simultánea, propagaban un rumor que ocupó muchas portadas de periódicos. La confluencia de los dos hechos resulta extraordinariamente sospechosa. El pasado viernes, a última hora de la tarde, un servidor de ustedes se puso en contacto con esta ONG. Una señora -amabilísima- me explicó que no había ninguna prueba de la tragedia, y que ellos sólo se hacían eco de lo que les habían explicado ciertas personas (que tampoco aportaban ninguna evidencia sobre el hecho). El domingo por la noche se recogió el testimonio de un superviviente de Bangladesh que hablaba nada más y nada menos que de 950 desaparecidos en un segundo gran naufragio…
En todo caso, en el Mediterráneo hay muchos cadáveres flotando. Demasiados. No han sido 400, ni por supuesto 950, pero aún así son demasiado. Supongamos que estas exageraciones están justificadas porque permiten concienciarnos de problemas muy graves que, si no, ignoraríamos. Supongamos, incluso, que en ningún caso son deshonestas ni interesadas, que todo es producto de la confusión. Pues bien, a pesar de ello, aquí hay algo que chirría. Porque si se trataba de alertar a la opinión pública, aunque fuera por la vía de la hipérbole o la teatralización, lo que se consigue es apenas el efecto contrario: transformar un drama real en algo que puede llegar a rozar la categoría de leyenda urbana. Ahora mismo en el Mediterráneo hay un problema terrible que no se puede resolver con la lógica edulcorada de la corrección política. Explicando determinadas cosas, o bien no rectificando informaciones que se habían publicado días antes sin ninguna prueba, como un naufragio con 400 muertos, no conseguiremos suavizar la tragedia, sino empeorarla. La Unión Europea -ni Italia, ni ningún otro país concreto- tiene un problema que exija soluciones urgentes y seguramente drásticas. Sin embargo, tener un problema no significa haberlo causado.
ARA








