“Un nuevo informe del ministerio de la Defensa que circula por el Kremlin afirma que la prueba fallida de la fuerza aérea estadounidense del 24 de marzo con el Sistema de Defensa de Área de Láser Líquido de Alta Energía (Hélade) que intentaba abatir un misil simulado de la Federación Rusa tuvo como resultado la destrucción del avión de Germanwings, con 150 personas a bordo. La prueba se volvió a realizar el viernes 27 de marzo. Esta vez, sin embargo, ocasionó una catastrófica apagón eléctrico en el norte de Holanda, incluyendo la ciudad de Ámsterdam “. La tontería que acaban de leer es un resumen de un -ejem- trabajo de periodismo alternativo que pueden encontrar en esta dirección: http://whatdoesitmean.com . Si son de los que piensan que ya lo han visto todo, les recomiendo que la visiten: podrán chapotear en el lodazal aceitoso de la información antisistémica, sección conspiraciones-de-poderes-ocultos-que-nos-gobiernan-y-manipulan. La extensión de esta zona pantanosa y fétida de las verdades escondidas es enorme. Lo más preocupante, sin embargo, es que ya no pertenece en exclusiva a los frikis de toda la vida, sino que forma parte de una cierta normalidad periodística. No creo exagerar: ahora mismo, cualquiera de ustedes puede localizar, por ejemplo, referencias conspirativas sobre el Club Bilderberg en periódicos serios. En relación a este tema siempre se explican dos cosas que no acaban de encajar: a) que se trata de una especie de sociedad secreta ultrahermètica que hace todas las reuniones a puerta cerrada y no publica nunca sus conclusiones; b) que ese año han decidido esto y lo otro (lo que se explica con todo detalle).
En el magnífico ensayo ‘Bajo sospecha’ Boris Groys afirma que la realidad ya no es lo que era porque su flujo es -o parece que es- cada vez más dependiente de los diferentes planes de signos superpuestos que segregan ininterrumpidamente los medios de comunicación de masas. Entre un texto escrito y su lector potencial también existía, obviamente, un juego equívoco de distancias y de cercanías interpretativas, pero en ningún caso la sensación de confusión sistemática entre la realidad de lo que se lee y la realidad en sí misma. Con la televisión o internet las cosas cambian: todo lo que se nos muestra es percibido como sospechoso, como una superficie manipulada y recubierta por infinitas aglomeraciones de signos, capas de imágenes descontextualizadas, migajas recompuestas de fotografías ignotas o textos de autores inciertos o incluso inexistentes. La duda mediática se convierte así en un simple supuesto, casi una costumbre: una especie de escepticismo banal en forma de resorte. Es aquí donde hace su aparición triunfal la figura del desconfiado crédulo, la persona que, a fuerza de sospechar de cualquier información que considere oficial o propia del sistema, acaba siendo un pobre ingenuo que se traga las gilipolleces más inverosímiles. Esta contradictoria incredulidad crédula puede tener un precio social muy alto, como veremos ahora.
En 1998 un médico llamado Andrew Wakefield publicó un estudio en el que se establecía una correlación entre la administración de la triple vírica y el autismo. Muchos padres decidieron no vacunar a sus hijos. El problema es que el estudio de Wakefield era un fraude científico premeditado y motivado sólo por dinero. La estafa fue tan escandalosa, y tan grave, que el Reino Unido retiró a Wakefield la licencia para ejercer la medicina, y la revista The Lancet suprimió el artículo y pidió disculpas. ¿Qué había pasado? Dos años antes este médico había entrado en contacto con un abogado del movimiento antivacunes llamado Richard Burr, que quería demandar a las farmacéuticas alegando la martingala del autismo, pero, obviamente, no disponía de ninguna prueba. El encargado de proporcionarla fue Wakefield. Las ganancias potenciales en indemnizaciones basadas en esa falsificación científica eran incalculables.
¿Por qué mucha gente opta por este tipo de historias? Pienso que porque es más fácil aceptar un accidente aéreo intencionado, basado en un ataque premeditado y calculado, que a asumir el ciego azar que lleva a un demente a estrellar justo aquel aparato, como lo habría podido hacer con cualquier otro al día siguiente. Los relatos sobre las conspiraciones-de-poderes-ocultos-que-nos-gobiernan-y-manipulan tienen un componente sedante, por no decir narcótico, en la medida que transforman una desgracia casual -sea un accidente aéreo o una enfermedad congénita- en una historia que, por lo menos, tiene un entramado argumental, un nudo y un desenlace. Y siempre es más agradable una buena historia falsa que un hecho real sin sentido.
ARA







